Wednesday, April 11, 2007


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John Milton

 

El Paraíso Perdido

 

PRIMERA PARTE

 

ARGUMENTO

 

Este primer libro contiene, en breves palabras, la exposición o asunto de todo el Poema: La Desobedie n -

 

cia del Hombre; y como consecuencia de ella, la pérdida del Paraíso donde moraba. Indícase también que el

 

primer móvil de su caída fue la Serpiente o más bien Satanás, personificado en ella; el cual, rebelándose

 

contra Dios y atrayendo a su partido numerosas legiones de ángeles fue, por disposición divina, arrojado

 

del cielo y precipitado con toda su hueste al profundo abismo.

 

Terminada esta exposición el poema prescinde de los demás antecedentes y representa a Satanás con sus

 

ángeles sumidos ya en el infierno, que se describe aquí no como si estuviese situado en el centro del mundo

 

(porque debe suponerse que ni el cielo ni la tierra existían aún y por tanto no podían ser mansión de répr o -

 

bos) sino en un lugar de extrañas tinieblas, llamado más propiamente caos. Lanzado allí, Satanás con todos

 

los suyos, en medio de un lago ardiente herido del rayo y anonadado vuelve por fin en sí como al despertar

 

de un sueño, llama al que yace junto a él, que es su segundo en poder y jerarquía, y ambos discurren sobre

 

su miserable estado. Evoca el príncipe infernal a todas sus legiones, hasta entonces tan abatidas como él.

 

Levantándose a su voz unas tras otras: su número, su orden de batalla y sus principales jefes, cuyos no m -

 

bres son los de los ídolos conocidos después en Canaán y las comarcas circunvecinas. En un discurso que

 

Satanás les dirige, los alienta con la esperanza de recobrar el cielo, anunciándoles por último la creación de

 

un nuevo mundo y de un nuevo ser conforme a una antigua profecía o tradición que se conserva en el cielo,

 

pues era opinión de algunos Santos Padres que los ángeles existían mucho tiempo antes que este mundo

 

visible.

 

Para averiguar la verdad de esta profecía y lo que en su consecuencia debiera hacerse, junta en consejo a

 

los principales. El Pandemonio palacio de Satanás construido de pronto, surge del abismo, y en él tienen su

 

consejo los próceres infernales.

 

Canta celeste Musa la primera desobediencia del hombre. Y el fruto de aquel árbol prohibido cuyo f u -

 

nesto manjar trajo la muerte al mundo y todos nuestros males con la pérdida del Edén, hasta que un Ho m -

 

bre, más grande, reconquistó para nosotros la mansión bienaventurada. En la secreta cima del Oreb o del

 

Sinaí tú inspiraste a aquel pastor que fue el primero en enseñar a la escogida grey cómo en su principio s a -

 

lieron del caos los cielos y la tierra; y si te place más la colina de Sión o el arroyo de Siloé que se deslizaba

 

rápido junto al oráculo de Dios, allí invocaré tu auxilio en favor de mi osado canto; que no con débil vuelo

 

pretendo remontarme sobre el monte Aonio al empeñarme en un asunto que ni en prosa ni en verso nadie

 

intentó jamás.

 

Y tú singularmente ¡Oh Espíritu! que prefieres a todos los templos un corazón recto y puro, inspírame tu

 

sabiduría. Tú estabas presente desde el principio y desplegando como una paloma tus poderosas alas c u -

 

briste el vasto abismo haciéndolo fecundo, ilumina mi oscuridad; realza y alienta mi bajeza para que desde

 

la altura de este gran propósito pueda glorificar a la Providencia eterna justificando las miras de Dios para

 

con los hombres.

 

Di ante todo, ya que ni la celestial esfera ni la profunda extensión del infierno ocultan nada a tu vista, di

 

qué causa movió a nuestros primeros padres, tan favorecidos del cielo en su feliz estado, a separarse de su

 

Creador e incurrir en la única prohibición que les impuso siendo señores del mundo todo. ¿quién fue el

 

primero que los incitó a su infame rebelión? la infernal Serpiente. Ella con su malicia animada por la env i -

 

 

 

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dia y el deseo de venganza engañó a la Madre del género humano. Por su orgullo había sido arrojada del

 

cielo con toda su hueste de ángeles rebeldes y con el auxilio de éstos, no bastándole eclipsar la gloria de sus

 

próceres, confiaba en igualarse al Altísimo si el Altísimo se le oponía.

 

Para llevar a cabo su ambicioso intento contra el trono y la monarquía de Dios, movió en el cielo una

 

guerra impía, una lucha temeraria que le fue inútil. El Todopoderoso lo arrojó de la etérea bóveda envuelto

 

en abrasadoras llamas; y con horrendo estrépito y ardiendo cayó en el abismo de perdición, para vivir entre

 

diamantinas cadenas y en fuego eterno, él que osó retar con sus armas al Omnipotente.

 

Nueve veces habían recorrido el día y la noche, el espacio que miden entre los hombres desde que fue

 

vencido por su espantosa muchedumbre, revolcándose en medio del ardiente abismo aunque conservando

 

su inmortalidad.

 

Condenado quedaba empero a mayor despecho, toda vez que habían de atormentarle el recuerdo de la f e -

 

licidad perdida y el interminable dolor presente. Dirige en torno funestas miradas que revelan inmensa pena

 

y profunda consternación, no menos que su tenaz orgullo y el odio más implacable; y abarcando cuanto a

 

los ojos de los ángeles es posible contempla aquel lugar, desierto y sombrío, aquel antro horrible cerrado

 

por todas partes y encendido como un gran horno. Pero sus llamas no prestan luz y las tinieblas ofrecen

 

cuanto es bastante para descubrir cuadros de dolor, tristísimas regiones, lúgubre oscuridad, donde la paz y

 

el reposo no pueden morar jamás, donde no llega ni aún la esperanza, que dondequiera existe. Allí no hay

 

más que tormentos sin fin, y un diluvio de fuego alimentado por azufre, que arde sin consumirse.

 

Tal es el lugar que la Justicia eterna había preparado para aquellos rebeldes; y allí ordenó que estuviera

 

su prisión en las más densas tinieblas, tres veces tan apartada de Dios y de la luz del cielo, cuanto lo está el

 

centro del universo del más lejano polo. ¡Oh! ¡Qué diferencia entre esta morada y aquella de donde cay e -

 

ron!

 

Presto divisa allí el Arcángel a los compañeros de su ruina envueltos entre las olas y torbellinos de una

 

tempestad de fuego. Revolcábase también a su lado uno que era el más poderoso y criminal después de él,

 

conocido mucho más tarde en Palestina con el nombre de Belcebú. El gran Enemigo en el cielo, rompiendo

 

el hosco silencio, con arrogantes palabras comenzó a decir:

 

«Si tú eres aquel… pero ¡oh! ¡cuán abatido, cuán otro del que adornado de brillo deslumbrador en los f e -

 

lices reinos de la luz, sobrepujaba en esplendidez a millones de espíritus refulgentes…! Si tú eres aquel a

 

quien una mutua alianza, un mismo pensamiento y resolución, e igual esperanza y audacia para la gloriosa

 

empresa, unieron en otro tiempo conmigo como nos une ahora una misma ruina… mira desde qué altura y

 

en qué abismo hemos caído por ser El mucho más prepotente con sus rayos. Pero, ¿quien había conocido

 

hasta entonces la fuerza de sus terribles armas? Y a pesar de ellas a pesar de cuanto el Vencedor en su p o -

 

tente cólera pueda hacer aún contra mí, ni me arrepiento, ni he decaído, bien que menguada exteriormente

 

mi brillantez, del firme ánimo, del desdén supremo propios del que ve su mérito vilipendiado y que me i m -

 

pulsaron a luchar contra el Omnipotente, llevando a la furiosa contienda innumerables fuerzas de espíritus

 

armados, que osaron despreciar su dominación. Ellos me prefirieron oponiendo a su poder supremo otro

 

contrario; y venidos a dudosa batalla en las llanuras del cielo, hicieron vacilar su trono.

 

«¿Qué importa perder el campo donde lidiamos? No se ha perdido todo. Con esta voluntad inflexible,

 

este deseo de venganza, mi odio inmortal y un valor que no ha de someterse ni ceder jamás ¿cómo he de

 

tenerme por subyugado? Ni su cólera ni su fuerza me arrebatarán nunca esta gloria: humillarme y pedir

 

gracia doblada la rodilla y acatar un poder cuyo ascendiente ha puesto en duda, poco ha, mi terrible brazo.

 

Y pues según ley del destino no pueden perecer la fuerza de los dioses ni la sustancia empírea, y por la e x -

 

periencia de este gran acontecimiento vemos que nuestras armas no son peores, y que en previsión hemos

 

ganado mucho, podremos resolvernos a empeñar con más esperanza de éxito, por la astucia o por la fuerza,

 

una guerra eterna e irreconciliable contra nuestro gran enemigo triunfante ahora, y que en el colmo de su

 

júbilo impera como absoluto ejerciendo en el cielo su tiranía.»

 

Así habló el Ángel apóstata, aunque acongojado por el dolor; así se jactaba en alta voz, más poseído de

 

una desesperación profunda; y de este modo le contestó enseguida su arrogante compañero: «¡Oh príncipe!

 

¡Oh caudillo de tantos tronos, que bajo tu enseña condujiste a la guerra a los serafines en orden de batalla, y

 

 

 

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que mostrando tu valor en terribles trances pusiste en peligro al Rey perpetuo del cielo, contrastando su s o -

 

berano poder, débase éste a la fuerza, al acaso o al destino! Harto bien veo y maldigo el fatal suceso de una

 

triste y vergonzosa derrota que nos arrebató el cielo. Todo este poderoso ejército se halla en la más horrible

 

postración, y destruido hasta el punto que pueden estarlo los dioses y las divinas esencias, pues el pens a -

 

miento y el espíritu permanecen invencibles y el vigor se restaura pronto, por más que esté amortiguada

 

nuestra gloria y que nuestra dichosa condición haya venido al más miserable estado. Pero, ¿y si el vencedor

 

(forzoso me es ahora creerlo todopoderoso, pues a no serlo no habría conseguido avasallarnos), nos conse r -

 

va todo nuestro espíritu y fortaleza para que mejor podamos sufrir y soportar las penas, para aplacar su

 

vengativa cólera, o prestarle un servicio más rudo en el corazón del infierno, trabajando en medio del fu e -

 

go, o sirviéndole de mensajeros en el negro abismo? ¿De qué nos ha de servir entonces conocer que no ha

 

disminuido nuestra fuerza, ni se ha menoscabado la eternidad de nuestro ser para sufrir un cast i go eterno?»

 

A lo que con estas breves palabras replicó el gran Enemigo: «Humillado Querubín, vileza es mostrarse

 

débil, bien en las obras, bien en el sufrimiento. Ten por seguro que nuestro fin no consistirá nunca en hacer

 

el bien; el mal será nuestra única delicia, por ser lo que contraría la Suprema Voluntad a que resistimos. Si

 

de nuestro mal procura su providencia sacar el bien debemos esforzarnos en malograr su empeño, buscando

 

hasta en el bien los medios de hacer el mal; y esto fácilmente podremos conseguirlo, de suerte que alguna

 

vez lo enojemos, si no me engaño, y nos sea posible torcer sus profundas miras del punto a que se dirigen.

 

Pero mira irritado el vencedor, ha vuelto a convocar en las puertas del cielo a los ministros de su persec u -

 

ción y de su venganza. La lluvia de azufre que lanzó contra nosotros la tempestad, ha allanado la encresp a -

 

da ola que desde el principio del cielo nos recibió al caer; el trueno, en alas de sus enrojecidos relámpagos y

 

con su impetuosa furia, ha agotado quizá sus rayos, y no brama ya a través del insondable abismo. No d e -

 

jemos escapar la ocasión que nos ofrece el descuido o el furor ya saciado de nuestro enemigo. ¿Ves aquella

 

árida llanura, abandonada y agreste cercada de desolación sin más luz que la que debe al pálido y medroso

 

resplandor de estas lívidas llamas? Salvémonos allí del embate de estas olas de fuego; reposemos en ella, si

 

le es dado ofrecernos algún reposo, y reuniendo nuestras afligidas huestes, vemos cómo será posible host i -

 

gar en adelante a nuestro enemigo, cómo reparar nuestra pérdida sobreponiéndonos a tan espantosa calam i -

 

dad, y qué ayuda podemos hallar en la esperanza, si no nos sugiere algún intento la desesperación.»

 

Así hablaba Satán a su más cercano compañero, con la cabeza fuera de las olas y los ojos centelleantes.

 

De desmesurada anchura y longitud, las demás partes de su cuerpo, tendido sobre el lago, ocupaba un esp a -

 

cio de muchas varas. Era su estatura tan enorme, como la de aquel que por su gigantesca corpulencia se d e -

 

signa en las fábulas con el nombre de Titán, hijo de la Tierra, el cual hizo la guerra a Júpiter, y cual la de

 

Briareo o Tifón, cuya caverna se hallaba cerca de la antigua Tarso; tan grande como el Leviatán, monstruo

 

marino a quien Dios hizo el mayor de todos los seres que mandan en las corrientes del océano. Duerme

 

tranquilo entre las espumosas olas de Noruega, y con frecuencia acaece, según dicen los marineros, que el

 

piloto de alguna barca perdida lo torna por una isla, echa el ancla sobre su escamosa piel, amarra a su co s -

 

tado, mientras las tinieblas de la noche cubren el mar, retardando la ansiada aurora. No menos enorme y

 

gigantesco yacía el gran Enemigo encadenado en el lago abrasador, y nunca hubiera podido levantar su c a -

 

beza, si por la voluntad y alta permisión del Regulador de los cielos, no hubiera quedado en libertad de ll e -

 

var a cabo sus perversos designios, para que con sus repetidos crímenes atrajese sobre sí la condenación al

 

fraguar el mal ajeno, y a fin de que en su impotente rabia viese que toda su malicia sólo había servido para

 

que brillase más en el hombre a quien después sedujo, la infinita bondad, la gracia y la misericordia y en él

 

resaltasen a la par su confusión, sus iras y su venganza.

 

Se enderezó de pronto sobre el lago, mostrando su poderoso cuerpo; rechaza con ambas manos las llamas

 

que abren sus agudas puntas, y que rodando en forma de olas, dejan ver en el centro un horrendo valle; y

 

desplegando entonces las alas dirige a lo alto su vuelo y se mece sobre el tenebroso aire, no acostumbrado a

 

semejante peso, hasta que por fin desciende a una tierra árida, si tierra puede llamarse la que está siempre

 

ardiendo con fuego compacto, como el lago con fuego líquido. Tal es el aspecto que presentan, cuando por

 

la violencia de un torbellino subterráneo se desprende una colina arrancada del Perolo o de los costados del

 

mugiente Etna, las combustibles e inflamadas entrañas que, preñadas de fuego, se lanzan al espacio por el

 

violento choque de los minerales y con el auxilio de los vientos, dejando un ardiente vacío envuelto en h u -

 

mo y corrompidos vapores. Semejante era la tierra en que puso Satán las plantas de sus pies malditos. S í -

 

guele Belcebú, su compañero y ambos se vanaglorian de haber escapado de la Estigia por su virtud de di o -

 

ses, y por haber recobrado sus propias fuerzas, no por la condescendencia del Poder supremo.

 

 

 

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«¿Es ésta la región, dijo entonces el preciso Arcángel, éste el país, el clima y la morada que debemos

 

cambiar por el cielo, y esta tétrica oscuridad por la luz celeste? Séalo, pues el que ahora es soberano, sólo

 

puede disponer y ordenar es lo que justo se contempla; lo más preferible es lo que más nos aparte de él; que

 

aunque la razón nos ha hecho iguales, él se nos ha sobrepuesto por la violencia. ¡Adiós, campos afortun a -

 

dos, donde reina la alegría perpetuamente! ¡Salud, mansión de horrores! ¡Salud, mundo infernal! Y tú, pr o -

 

fundo Averno, recibe a tu nuevo señor, cuyo espíritu no cambiará nunca, ni con el tiempo, ni en lugar alg u -

 

no. El espíritu vive en sí mismo, y en sí mismo puede hacer un cielo del infierno, o un infierno del cielo.

 

¿Qué importa el lugar donde yo resida, si soy el mismo que era, si lo soy todo, aunque inferior a aquel a

 

quien el trueno ha hecho más poderoso? Aquí, al menos, seremos libres, pues no ha de haber hecho el O m -

 

nipotente este sitio para envidiárnoslo, ni querrá, por lo tanto, expulsarnos de él; aquí podremos reinar con

 

seguridad, y para mí, reinar es ambición digna, aun cuando sea sobre el infierno, porque más vale reinar

 

aquí, que servir en el cielo. Pero, ¿dejaremos a nuestros fieles amigos, a los partícipes y compañeros de

 

nuestra ruina, yacer anonadados en el lago del olvido? ¿No hemos de invitarlos a que compartan con nos o -

 

tros esta triste mansión, o intentar una vez más, con nuestras fuerzas reunidas, si hay todavía algo que rec o -

 

brar en el cielo, o más que perder en el infierno?»

 

Así hablaba Satán; y Belcebú le respondió así: «¡Caudillo de los ínclitos ejércitos, que por nadie sino por

 

el Todopoderoso podían ser vencidos! Si otra vez oyen esa voz, seguro vaticinio de su esperanza en medio

 

de sus temores y peligros, esa voz que ha resonado con tanta frecuencia en los trances más apurados, ya en

 

el crítico momento del combate, o cuando arreciaba la lucha, y que era en todos los conflictos la señal i n -

 

dudable de la victoria, recobrarán de pronto nuevo valor y vida, aunque ahora giman lánguidos y postrados

 

en el lago de fuego, y tan aturdidos y estupefactos como ha poco lo estábamos nosotros. Ni esto es de e x -

 

trañar, habiendo caído desde tan funesta altura.»

 

No bien había acabado de decir esto, cuando el réprobo Príncipe se dirigió hacia la orilla. Pesado escudo

 

de etéreo temple, macizo y redondo, pendía de sus espaldas, cubriéndolas con su inmenso disco, semejante

 

a la luna, cuya órbita observa por la noche a través de un cristal óptico el astrónomo toscano, desde la cima

 

del Fiésole o en el valle del Amo, para descubrir nuevas tierras, ríos y montañas en su manchada esfera. La

 

lanza de Satán, junto a la cual parecía una caña el más alto pino cortado en los montes de Noruega para

 

convertirlo en mástil de un gran navío almirante, le ayuda a sostener sus inseguros pasos sobre la ardiente

 

arena, pasos muy diferentes de aquellos con que recorría la azulada bóveda. Una zona tórrida, rodeada de

 

fuego, lo martiriza con sus ardores; pero todo lo sufre, hasta que llega por fin a la orilla de aquel inflamado

 

mar.

 

Desde allí llama a sus legiones, especie de ángeles degenerados, que yacen en espeso montón, como las

 

hojas de otoño de que están cubiertos los arroyos de Valleumbrosa, donde los bosques de Etruria forman

 

elevados arcos de ramaje; como los juncos flotan dispersos por el agua, cuando Orión, armado de impetu o -

 

sos vientos, combate las costas del mar Rojo; del mar cuyas olas derribaron a Busiris y a la caballería de

 

Menfis, que perseguía con pérfido encono a los moradores de Gessén, los cuales vieron desde la segura

 

orilla cubiertas las aguas de enemigas aljabas y ruedas de sus destrozados carros. Así esparcidas, desalent a -

 

das y abyectas, llenaban el lago aquellas legiones asombradas al contemplar su horrible transformación.

 

Y Satán alzó su voz, de modo que resonó en todos los ámbitos del infierno: «¡Príncipes potentados, gu e -

 

rreros, esplendor del cielo que un día fue vuestro, y que habéis perdido! ¡Qué tal estupor se haya apoderado

 

de unos espíritus eternos! ¿O es que habéis elegido este sitio después de las fatigas de la batalla para dar

 

reposo a vuestro valor, porque tan dulce os es dormir aquí como en los valles del cielo? ¿Habéis jurado

 

acaso adorar al vencedor en esa actitud humilde? El os contempla ahora, querubines y serafines, revolcá n -

 

doos en el lago con las armas y banderas destrozadas; hasta que sus alados ministros observen desde las

 

puertas del cielo su ventajosa posición, y bajen para afrentarnos, viéndonos tan amilanados, o para confu n -

 

dirnos con sus rayos en el fondo de este abismo. ¡Despertad: levantaos; o permaneced para siempre envil e -

 

cidos!», y avergonzados se levantaron; apoyándose sobre un ala, como el centinela que debiendo velar, es

 

sorprendido al dejarse vencer del sueño por su severo jefe, y, soñoliento aún, procura parecer despierto. No

 

ignoraban cuán desgraciada era su situación, ni dejaban de experimentar acerba pena; pero todas aquellas

 

innumerables falanges obedecen al punto a la voz de su general.

 

 

 

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Así como, agitando al aire su poderosa vara el hijo de Amram, en días aciagos para Egipto, atrajo en alas

 

del viento de oriente la negra nube de langostas, que cayendo como la noche sobre el reino del impío F a -

 

raón, ennegrecieron toda la tierra del Nilo; así en innumerable muchedumbre revoloteaban bajo la bóveda

 

del infierno los ángeles protervos, cercados de llamas por todas partes hasta que, levantando su lanza el

 

gran caudillo, como para señalarles el punto adonde habían de dirigir su vuelo, se precipitaron con mov i -

 

miento uniforme sobre la tierra de endurecido azufre, y ocuparon la llanura toda. No salió nunca multitud

 

tan grande de entre los hielos del populoso Norte para cruzar el Rhin o el Danubio, al arrojarse sus bárbaros

 

hijos como un diluvio sobre el Mediodía, y extenderse desde las costas de Gibraltar hasta los arenales de

 

Libia.

 

De cada escuadrón y de cada hueste acuden al punto los guías y capitanes a donde se hallaba su supremo

 

jefe. Asemejaban dioses por su estatura y sus formas, superiores a las humanas; príncipes reales; potestades

 

que en otro tiempo ocupaban sus tronos en el cielo, aunque en los anales celestes no se conserve ahora

 

memoria de sus nombres, borrados ya, por su rebelión, del libro de la vida. No habían adquirido aún den o -

 

minación propia entre los hijos de Eva; pero cuando errantes sobre la tierra, con superior permiso de Dios

 

para probar al hombre, corrompieron a la mayor parte del género humano a fuerza de imposturas, inducié n -

 

doles a que abandonaran a su Creador, a que venerasen a los demonios como deidades y a transformar con

 

frecuencia la gloria invisible de aquel a quien debían el ser en la imagen de un bruto para tributar brillantes

 

cultos de pomposa adoración y oro; entonces fueron conocidos con varios nombres y en el mundo pagano

 

bajo las formas de varios ídolos.

 

Dime ¡oh Musa! cuáles eran; quién fue el primero, o quién el último que sacudió el sueño en aquel lago

 

de fuego para acudir al llamamiento de su soberano; cómo los más cercanos a él en dignidad fueron pr e -

 

sentándose en la desnuda playa, mientras la confusa multitud aún permanecía alejada.

 

Los principales eran aquellos que saliendo del abismo infernal para apoderarse en la tierra de su presa,

 

tuvieron mucho después la audacia de fijar su residencia cerca de la de Dios y sus altares junto al suyo; di o -

 

ses adorados entre las naciones vecinas que se atrevieron a disputar su imperio a Jehová, cuando fulminaba

 

sus rayos desde Sión y asentaba su trono entre los querubines. Hasta en el mismo santuario llegaron no una

 

vez sola a introducirse; y ¡oh abominación! profanaron con un culto maldito las ceremonias sagradas y las

 

fiestas más solemnes y a la luz de la verdad osaron oponerse con sus tinieblas.

 

Primero Moloc, rey horrible, manchado con la sangre de los sacrificios humanos y destilando lágrimas

 

paternales aunque con el estrépito de tambores y timbales, no fueron oídos los gritos de los hijos arrojados

 

al fuego para ser después ofrecidos al execrable ídolo. Los Ammonitas lo adoraron en la húmeda llanura de

 

Rabba, en Argob y en Basán hasta las extremas corrientes del Arnón; y no contento con tan dilatado imp e -

 

rio, indujo por medio de engaños al sabio Salomón a que le erigiera un templo frente al de Dios, en el

 

monte del Oprobio, consagrándole luego un bosque en el risueño valle de Hinnón, llamado desde entonces

 

Tophet y negro Gehenna, verdadero emblema del infierno.

 

A Moloc seguía Chamós, obsceno numen de los hijos de Moab, desde Aroax hasta Nebo y el desierto

 

más meridional de Abarim; en Hesebón y Horonaim, reino de Seón; allende el floreciente valle de Sibma,

 

tapizado de frondosas vides y en Elealé, hasta el Asfaltite. Llamábase también Péor, cuando en Sittim incitó

 

a los israelitas que bajaban por el Nilo a que le hicieran lúbricas oblaciones, que tantas calamidades les

 

produjeron. De allí propagó sus lascivas orgías hasta el monte del Escándalo, cercano al bosque del hom i -

 

cida Moloc, donde se unieron la disolución y el odio, hasta que el piadoso Josías los desterró al infierno.

 

Con estas divinidades llegaron aquellas que desde las orillas del antiguo Eúfrates hasta la corriente que

 

separa a Egipto de las tierras sirias, son generalmente conocidas con los nombres de Baal y de Ascaro, v a -

 

rón el primero y la segunda hembra pues los espíritus se transforman a su antojo en uno u otro sexo, o se

 

apropian ambos a la vez, porque su esencia es sencilla y pura, que no está enlazada ni sujeta con músculos

 

ni nervios, ni se apoya en la frágil fuerza de los huesos como nuestra pesada carne, sino que toma la forma

 

que más le place, ancha o estrecha, brillante u opaca, y así pueden realizar sus ilusiones y satisfacer sus

 

afectos de amor o de odio. Por estas divinidades abandonaron a menudo los hijos de Israel a quien les daba

 

vida, dejando de frecuentar su altar legítimo para prosternarse vilmente ante brutales dioses; y a esto se d e -

 

 

 

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bió que, rendidos sus cuellos en lo más recio de las batallas, sirvieran de trofeo a la lanza del enemigo más

 

despreciable.

 

Tras esta turba de divinidades apareció Astoret, a quien los Fenicios llaman Astarté reina del cielo, con

 

una media luna por corona; a cuya brillante imagen rinden himnos y votos las vírgenes de Sidón, a la luz

 

del astro de la noche. Los mismos cantos resonaban en Sión, donde se elevaba su templo en el monte de la

 

iniquidad, templo que edificó el afeminado rey, cuyo corazón, aunque generoso, cedió a los halagos de

 

idólatras hermosuras, e inclinó la frente ante su infame culto.

 

En seguida iba Tamuz, cuya herida, que se renueva anualmente, congrega en el Líbano a las jóvenes S i -

 

rias, para dolerse del infortunio del dios; las cuales durante todo un día de verano entonan plegarias amor o -

 

sas, mientras el río Adonis deslizándose mansamente de su cautiva roca lleva al mar su purpúrea linfa, que

 

se supone enrojecida con la sangre de Tamuz a consecuencia de su anual herida; amorosa fábula, que c o -

 

municó el mismo ardor a las hijas de Sión, cuyas lascivas pasiones condenó Ezequiel bajo el sagrado pórt i -

 

co, al descubrir en una de sus visiones negras idolatrías de la infiel Judá.

 

Detrás estaba al que lloró amargamente cuando al pie del arca cautiva cayó su grosero ídolo mutilado,

 

cortadas cabezas y manos, en el umbral de la puerta de su propio santuario, donde rodaron sus restos con

 

mengua de sus adoradores. Dagón es su nombre, monstruo marino que tiene de hombre la mitad superior

 

del cuerpo y de pescado la inferior; mas a pesar de ello ostentaba un alto templo en Azot, y era temido en

 

toda la costa de Palestina, en Gata, en Ascalón y Ascarón y hasta en los límites de la frontera de Gaza,

 

Seguía Rimmón cuya deliciosa morada era la bella Damasco en las fértiles orillas del Ablana y del Fa r -

 

far, apacibles y cristalinos ríos. También éste fue osado contra la casa de Dios; por el leproso que perdió

 

una vez, se ganó un rey, a Acaz, su imbécil conquistador, a quien apartó del ara del Señor, poniendo en su

 

lugar otra al estilo sirio, sobre la cual depositó Acaz sus impías ofrendas, adorando a los dioses a quienes

 

había vencido.

 

Aparecieron después en numerosa cohorte aquellos que bajo nombres, un día famosos, Osiris, Isis, Oro y

 

su séquito de monstruos y supersticiones, abusaron del fanático Egipto y de sus sacerdotes, los cuales se

 

forjaron divinidades errantes, encubiertas bajo formas de irracionales, más bien que humanas. Ni se libró

 

Israel de aquel contagio, cuando transformó en oro prestado el becerro de Oreb; crimen en que reincidió un

 

rey rebelde en Bete y en Dan presentando bajo la apariencia de aquel pesado animal a su creador, Jehová,

 

que al pasar una noche por Egipto aniquiló de un solo golpe a sus primogénitos y a sus rumiantes dioses.

 

El último fue Belial. Nunca cayó del cielo espíritu más impuro ni más torpemente inclinado al vicio por

 

el vicio mismo. No se elevó en su honor templo alguno ni humeaba ningún altar; pero, ¿quién se halla con

 

más frecuencia en los templos y los altares, cuando el sacerdote reniega de Dios, como renegaron los hijos

 

de Elí, que mancharon la casa divina con sus violencias y prostituciones? Reina también en los palacios, en

 

las cortes y en las corrompidas ciudades donde el escandaloso estruendo de ultrajes y de improperios se

 

eleva sobre las más altas torres y cuando la noche tiende su manto por las calles, ve vagabundear por ellas a

 

los hijos de Belial, repletos de insolencia y vino. Testigos las calles de Sodoma y la noche de Gabaa, cua n -

 

do fue menester exponer en la puerta hospitalaria a una matrona para evitar rapto más odios.

 

Estos eran los principales en grado y poderío; los demás sería prolijo enumerarlos aunque muy célebres

 

en lejanas regiones: dioses de Jonia a quienes la posteridad de Javán tuvo por tales, pero reconocidos como

 

posteriores al cielo y a la tierra, padres de todos ellos. Titán, primer hijo del cielo con su numerosa prole y

 

su derecho de primogenitura usurpado por Saturno, más joven que él; del mismo modo a éste se lo arrebató

 

el poderoso Júpiter, su propio hijo y de Rhea, que fundó en tal usurpación su imperio. Estos dioses conoc i -

 

dos primero en Creta y en el monte Ida y después en la nevada cima del frío Olimpo, gobernaron en la r e -

 

gión media del aire, su más elevado cielo o en las rocas de Delfos o en Dodona, y en toda la extensión de la

 

tierra Dórica. Otro huyó con el viejo Saturno por el Adriático a los campos de Hesperia, y por el país de los

 

celtas arribó a las más remotas islas.

 

Todos estos y más llegaron en tropel, pero con los ojos bajos y llorosos; aunque a vueltas de su sombrío

 

ceño, se echaba de ver un destello de alegría; que no hallaban a su caudillo desesperado ni ellos se conte m -

 

plaban aniquilados, en medio de toda aquella destrucción. Se notaba esperanza en el dudoso gesto de Satán,

 

 

 

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y recobrando de pronto su acostumbrado orgullo prorrumpió en recias voces, con entereza más simulada

 

que verdadera y poco a poco reanimó el desfallecido aliento de los suyos disipando sus temores.

 

De repente ordena que al bélico son de trompetas y clarines se enarbole su poderoso estandarte; Azazel,

 

gran querubín, reclama de derecho tan envidiable honor, y desenvuelve de la luciente asta la bandera imp e -

 

rial, que enarbolada y tendida al aire, brilla como un meteoro, con las perlas y preciosos metales que rea l -

 

zan las armas y trofeos de los serafines. Entretanto resuenan los ecos marciales del sonoro bronce, a los que

 

responde el ejército todo con un grito atronador, que retumbado en las concavidades del infierno lleva el

 

espanto más allá del imperio del caos y la antigua noche.

 

De repente aparecen en medio de las tinieblas diez mil banderas que ondean en los aires ostentando sus

 

orientales colores, y en derredor de ellas un bosque inmenso de lanzas y apiñados cascos. Se oprimen los

 

escudos en una línea de impenetrable espesor y a poco empiezan a moverse los guerreros, formando una

 

perfecta falange, al compás del modo dórico, que resuena en flautas y suaves oboes. Tales eran los acentos

 

que inspiraban a los antiguos héroes armados para el combate, en vez de furor, una noble calma, un valor

 

sereno, que se sobreponía al temor, a la muerte y a la cobardía de la fuga o de una vergonzosa retirada;

 

concierto que con sus acordes religiosos bastaba a tranquilizar el ánimo turbado, a desterrar la angustia, la

 

duda, el temor y el pesar, y a mitigar el sobresalto del corazón así en los hombres como en los dioses.

 

Unidas así sus fuerzas y con un pensamiento fijo, marchaban silenciosos los ángeles caídos al son de los

 

dulces instrumentos, que hacían menos dolorosos sus pasos sobre aquel suelo abrasador; y cuando hubieron

 

avanzado todos hasta ponerse al alcance de la vista, se detuvieron, presentando su horrible frente, de e s -

 

pantosa longitud. Brillaban sus armas como las de los antiguos guerreros y alineados con sus escudos y

 

lanzas, esperaban la orden que debía dictarles el soberano.

 

Fija Satán su experta vista en las compactas filas; de una ojeada recorre toda la hueste; ve el buen orden

 

de los combatientes, sus semblantes, su estatura como la de los dioses y calcula por último su número. D i -

 

látase entonces su corazón lleno de orgullo, y se vanagloria al verse tan poderoso, pues desde que fue cre a -

 

do el hombre, no se había reunido fuerza tan formidable. A su lado cualquiera otra sería tan despreciable

 

como los pigmeos de la india que guerrean con las grullas aun cuando se agregase la raza gigantesca de

 

Flegra con la heroica que luchó delante de Tebas y de Ilión, donde por una y otra parte se mezclaban dioses

 

auxiliares; aunque se uniesen aquellos que celebran fábulas y leyendas al hablar del hijo de Utero, rodeado

 

de caballeros de la Armórica y de Bretaña; aunque se juntaran, en fin, todos los que después, cristianos o

 

infieles, lidiaron en Aspromonte o Montaubán, en Damasco, Marruecos o Traspisonda, o los que Biserta

 

envió desde la playa africana cuando Carlomagno y sus pares fueron derrotados en Fuenterrabía.

 

Superior aquel ejército de espíritus a todos los de los mortales, observaba a su jefe, que superando a su

 

vez a cuantos le rodeaban por su estatura y lo imperioso de su soberbio aspecto, se elevaba como una torre.

 

No había perdido aún la primitiva belleza de sus formas, ni dejaba de parecer un arcángel destronado, en

 

quien se traslucía aún la majestad de su pasada gloria; era comparable con el sol naciente cuando sus rayos

 

atraviesan con dificultad la niebla, o cuando situado a espaldas de la luna en los sombríos eclipses difunde

 

un crepúsculo funesto y atormenta a los reyes con el temor que inspiran sus revoluciones. Así oscurecido,

 

brillaba más el arcángel que todos sus compañeros; pero surcaban su rastro profundas cicatrices causadas

 

por el rayo, y en la inquietud que en sus demacradas mejillas y bajo sus cejas se retrataba, al par que en su

 

intrepidez, e indomable orgullo, parecía anhelar el momento de la venganza. Cruel era su mirada, aunque

 

en ella se descubrían indicios de remordimiento y de compasión al fijarla en sus cómplices, en sus secuaces

 

más bien, tan distintos de lo que eran en la mansión bienaventurada, y a la sazón condenados para siempre

 

a ser participes de su pena: millones de espíritus que por su falta se hallaban sometidos a los rigores del

 

cielo, expulsados por su rebelión de los resplandores eternos, y que habían mancillado su gloria por perm a -

 

necerle fieles. Asemejábanse a las encinas del bosque o a los pinos de la montaña, desnudos de su corteza

 

por el fuego del cielo, pero cuyos majestuosos troncos, aunque destrozados, subsisten en pie sobre la abr a -

 

sada tierra.

 

Prepárase a hablar Satán, y se inclinan de una a otra ala las dobles filas de sus guerreros, rodeándole en

 

parte todos sus capitanes, a quienes la atención hace enmudecer. Tres veces intenta el Arcángel comenzar y

 

 

 

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otras tantas, con mengua de su orgullo, brotan de sus ojos lágrimas como las que pueden verter los ángeles;

 

pero al fin se abren paso las palabras por en medio de sus suspiros.

 

«¡Legiones sin cuento de espíritus inmortales! ¡Dioses con quienes solo puede igualarse el Omnipotente!

 

No dejó aquel combate de ser glorioso, por más que el resultado fuese funesto, como lo atestigua este lugar

 

y este terrible cambio sobre el que es odioso discurrir. ¿Pero qué espíritu, por previsor que fuera, y por más

 

que tuviera profundo conocimiento de lo pasado y de lo presente habría temido que la fuerza unida de ta n -

 

tos dioses, y dioses como éstos, llegaría a ser rechazada? ¿Quién podría creer aún después de nuestra d e -

 

rrota, que todas estas poderosas legiones cuyo destierro ha dejado desierto el cielo, no volverían en sí, l e -

 

vantándose a recobrar su primitiva morada? En cuanto a mí, todo el celeste ejército es testigo de que ni los

 

pareceres al mío contrarios, ni los peligros en que me he visto han podido frustrar mis esperanzas; pero

 

Aquel que reinando como monarca en el cielo, había estado hasta entonces seguro sobre su trono, sostenido

 

por una antigua reputación, por el consentimiento o la costumbre, hacía ante nosotros ostentación de su

 

pompa regia, mas nos ocultaba su fuerza, con lo que nos alentó a la empresa que ha sido causa de nuestra

 

ruina. De hoy más sabemos cuál es su poder y cuál el nuestro, de suerte que si no provocamos, tampoco

 

tememos que se nos declare una nueva guerra. El mejor partido que nos resta, es fomentar algún secreto

 

designio para obtener por astucia o por artificio lo que no hemos conseguido por fuerza; para que al fin p o -

 

damos probarle que el que vence por la fuerza, no triunfa sino a medias de su enemigo. Puede el espacio

 

producir nuevos mundos; y sobre esto circulaba en el cielo ha tiempo un rumor, respecto a que el Omnip o -

 

tente pensaba crear en breve una generación que sus predilectas miradas contemplarían como igual a la de

 

los hijos del cielo. Contra este mundo intentaremos acaso nuestra primera agresión, siquiera sea por vía de

 

ensayo; contra ése o cualquiera otro, porque este antro infernal no retendrá cautivos para siempre a los esp í -

 

ritus celestiales, ni estarán sumidos mucho tiempo en las tinieblas del abismo. Tales proyectos sin embargo

 

deben madurarse en pleno consejo. Ya no queda esperanza de nada porque ¿quién pensaría en someterse?

 

¡Guerra pues! ¡Guerra franca o encubierta es lo que debemos determinar!»

 

Dijo, y en muestra de aprobación levantáronse en alto millones de flamígeras espadas que desenvainaron

 

los poderosos querubines. Su repentino fulgor ilumina en torno el Infierno; lanzan los demonios gritos de

 

rabia contra el Todopoderoso, y enfurecidos, y empuñando sus armas, golpean los escudos con belicoso

 

estruendo, lanzando un reto a la bóveda celeste.

 

Elevábase a poca distancia una colina, cuya horrible cima exhalaba sin cesar fuego y columnas de humo,

 

mientras lo restante de la eminencia brillaba con una capa lustrosa, señal indudable de que en sus entrañas

 

se ocultaba una sustancia metálica, producida por el azufre. Por allí en alas del viento se precipitaba una

 

numerosa falange, semejante a las escuadras de peones que armados de picos y azadas, se esparcen por los

 

reales para construir una trinchera o levantar un parapeto. Mammón es quien la conduce; Mammón, el m e -

 

nos altivo de los espíritus caídos del cielo, pues aún en éste sus miradas y pensamientos se dirigían siempre

 

hacia abajo, admirando más las riquezas del pavimento celestial, donde se pisa el oro, que cuantas cosas

 

divinas o sagradas se gozan en la visión beatífica de la tierra, y con impías manos arrancaron a su madre las

 

entrañas para apoderarse de tesoros que valdría más estuviesen para siempre ocultos. Abrió en breve la

 

gente de Mammón una ancha brecha en la montaña, y extrajo de sus simas grandes porciones de oro. ¿Por

 

qué hemos de admirarnos de que se reproduzcan las riquezas en el infierno, si sus senos son los más a pr o -

 

pósito para tan precioso tósigo? Los que aquí se vanaglorian de las cosas mortales, y hablan maravillados

 

de Babel y de las obras de los reyes de Menfis, sepan que los más célebres monumentos del poder y del arte

 

humanos quedarían fácilmente eclipsados junto a los que los espíritus réprobos construyen. Ellos fabrican

 

en una hora lo que los reyes, con incesantes trabajos e innumerables brazos, pueden acabar apenas. Cerca

 

de allí, en la llanura, funden otros con arte maravilloso el mineral macizo en inmensos hornillos preparados

 

al efecto, por debajo de los cuales pasa una corriente de fuego líquido que sale del lago y separa cada a s -

 

pecto, sacando las escorias de entre los terrones de oro. Otros en fin forman con igual prontitud en la tierra

 

diferentes moldes, y por medio de un admirable artificio llenan cada uno de aquellos profundos huecos con

 

la materia de los ardientes crisoles, del mismo modo que en el órgano un solo soplo de viento, repartido

 

entre varias series de tubos, produce todas sus armonías.

 

De repente al compás de una deliciosa música y dulces cantos, brota de la tierra como vaporosa llama un

 

edificio inmenso, construido como un templo y rodeado de pilastras y columnas dóricas, coronadas por un

 

arquitrabe de oro. No faltaban allí cornisas ni frisos con sus bajos relieves, y la techumbre era de oro ci n -

 

 

 

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celado. Ni Babilonia ni la grandiosa Menfis alcanzaron en sus días de gloria semejante magnificencia para

 

honrar a sus dioses Belo o Serapis, o para entronizar a sus reyes cuando el Egipto y la Asiria rivalizaban en

 

riquezas y ostentación.

 

Queda fija por fin la ascendente mole ostentando su majestuosa altura; y abriéndose de pronto las puertas

 

de bronce, dejan ver interiormente su vasto espacio y toda la extensión de su pavimento terso y puliment a -

 

do. De la arqueada bóveda penden, por una sutil combinación mágica, varias filas de radiantes lámparas y

 

esplendorosos fanales, que alimentados por la nafta y el asfalto difunden la luz como los astros de un fi r -

 

mamento. Penetra apresuradamente la multitud en aquel recinto, admirándolo todos, y unos ensalzan la

 

obra y otros al arquitecto. Dióse a conocer su mano en el cielo por la construcción de varias elevadas torres,

 

donde los ángeles que empuñaban cetro tenían su residencia y trono de príncipes. El supremo Soberano los

 

elevó a tal poder encargándoles que gobernasen las celestiales milicias cada cual conforme a su jerarquía.

 

Ni fue el mismo arquitecto desconocido, ni careció de adoradores en la antigua Grecia; los hombres de

 

Ausonia lo llamaron Múlciber. Contaba la fábula cómo fue arrojado por la ira de Júpiter, y por encima de

 

los cristalinos muros del cielo, rodando todo un día de estío desde la mañana al mediodía y desde el medi o -

 

día hasta la noche, y al ponerse el sol cayó el cenit, como una estrella volante en Lemos, isla del mar Egeo.

 

Referíanlo así los hombres Y se equivocaban, pues la caída de Múlciber con su rebelde hueste tuvo lugar

 

mucho tiempo antes. De nada le valió haber construido elevadas torres en el cielo ni se salvó a pesar de t o -

 

das sus máquinas siendo arrojado de cabeza con su industriosa horda para que construyera en el infierno.

 

Entretanto los heraldos alados, por orden del soberano poder, con imponente aparato y a son de tromp e -

 

tas, proclaman en todo el ejército la convocación de un consejo solemne que debe reunirse inmediatamente

 

en el «Pandemonium», capital de Satán y de sus magnates. Intiman el llamamiento a los más dignos por su

 

clase, o por elección en cada hueste y legión regular, los cuales acuden al instante en grupos de ciento y de

 

mil con su correspondiente séquito. Todas las avenidas están ocupadas, obstruidas las puertas, los espaci o -

 

sos pórticos del templo y sobre todo el inmenso salón semejante a un campo cerrado, donde los bravos

 

campeones acostumbran a cabalgar con todas sus armas ante el trono del sultán, retando a la caballería p a -

 

gana a un combate a muerte o a romper lanzas.

 

Bulle apiñado el enjambre de espíritus, así en la tierra como en el aire, agitando sus ruidosas alas. Como

 

en la primavera cuando se halla el sol en Tauro, hacen las abejas salir en grupos alrededor de la colmena a

 

su populosa prole y revolotean acá y allá entre las flores húmedas de rocío o sobre la plancha unida que

 

forma la explanada de su pajiza ciudadela, cubierta de reciente néctar y allí discuten y acuerdan sobre sus

 

negocios de Estado, así revoloteaban y se comprimían aquellas numerosas legiones aéreas hasta el m o -

 

mento de darse la voz de alerta. Pero ¡oh maravilla!, los que antes semejaban superar en altura a los giga n -

 

tes hijos de la Tierra, son ahora menores que los enanos más pequeños, amontonándose innumerables en un

 

reducido espacio, parecidos a los pigmeos que se encuentran allende las montañas de la India, o a los due n -

 

des que el rezagado campesino ve o imagina ver en sus conciliábulos de medianoche, junto al lindero de un

 

bosque o a la orilla de una fuente, mientras sobre su cabeza sigue tranquila la luna su pálido curso, acercá n -

 

dose más a la tierra, y los locuaces espíritus entregados a sus danzas y juegos halagan el oído del aldeano,

 

cuyo corazón late a la vez de regocijo y miedo.

 

De este modo aquellos espíritus incorpóreos redujeron su inmensa estatura a las más diminutas formas, y

 

casi todos se hallaron, aunque seguían siendo innumerables, en el salón de aquella corte infernal. Pero más

 

allá, interiormente, en sus verdaderas proporciones y entre sí muy semejantes, hallábanse reunidos en un

 

sitio retirado los grandes señores seráficos y los querubines; y mil semidioses, sentados en sillas de oro,

 

constituían en secreto cónclave un consejo pleno, en que después de breve silencio, y leída la convocatoria,

 

comenzó la solemne deliberación.

 

SEGUNDA PARTE

 

ARGUMENTO

 

Congregado el Consejo, consúltale Satán sobre si deber aventurarse otra batalla para recobrar el cielo; a l -

 

gunos son de este parecer; mas no todos opinan lo mismo. Prefieren otro recurso indicado antes por Satán

 

que consiste en averiguar la verdad de aquella profecía o tradición del cielo relativa a otro mundo y otra

 

 

 

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especie de criaturas, iguales, o no muy inferiores a los ángeles, y que debían crearse por aquel tiempo. D u -

 

dan respecto a quién se encargará de tan difícil empresa; pero Satán se ofrece a hacer solo el viaje, y pr o -

 

rrumpen todos en demostraciones de aplauso y júbilo. Terminado así el Consejo, retíranse los espíritus por

 

diferentes caminos, para dedicarse a ocupaciones diversas, según las aficiones de cada cual, y para dar

 

tiempo a que vuelva Satanás. Llega éste entretanto a las puertas del infierno que encuentra cerradas. Refi é -

 

rese a quiénes estaban allí para guardarlas, y cómo abriéndoselas al fin le muestran el gran abismo que hay

 

entre el infierno y el cielo. Atraviésalo con gran dificultad, guiado por el Caos, soberano de aquel lugar,

 

hasta que llega a la vista del muevo mundo que buscaba.

 

En un trono de excelsa majestad, muy superior en esplendidez a todas las riquezas de Ormuz y de la I n -

 

dia, y de las regiones en que el suntuoso Oriente vierte con opulenta mano sobre sus reyes bárbaros perlas y

 

oro, encúmbrase Satán, exaltado por sus méritos a tan impía eminencia; y aunque la desesperación lo ha

 

puesto en dignidad tal como no podía esperar, todavía ambiciona mayor altura; y tenaz en su inútil guerra

 

contra los cielos no escarmentado por el desastre, da rienda así a su altiva imaginación: «¡Potestades y d o -

 

minaciones, númenes celestiales! Pues no hay abismo que pueda sujetar en sus antros vigor tan inmortal

 

como el nuestro, aunque oprimido y postrado ahora no doy por perdido el cielo. Después de esta humill a -

 

ción, se levantarán las virtudes celestes más gloriosas y formidables que antes de su caída, y se asegurarán

 

por sí mismas del temor de una segunda catástrofe. Aunque la justicia de mi cerebro y las leyes constantes

 

del cielo me designaron desde luego como vuestro caudillo, lo soy también por vuestra libre elección, y por

 

los méritos que haya podido contraer en el consejo o en el combate; de modo que nuestra pérdida se ha r e -

 

parado, en gran parte al menos, dado que me coloca en un trono más seguro, no envidiado y cedido con

 

pleno consentimiento. En el cielo el que más feliz es por su elevación y su dignidad, puede excitar la env i -

 

dia de un inferior cualquiera; pero aquí, ¿quién ha de envidiar al que, ocupando el lugar más alto, se halla

 

más expuesto, por ser vuestro antemural a los tiros del Tonante, y condenado a sufrir lo más duro de estos

 

tormentos interminables? Donde no hay ningún bien que disputar, no puede alzarse en guerra facción alg u -

 

na, pues nadie reclamará, seguramente, el bienestar del infierno; nadie tiene escasa participación en la pena

 

actual, para codiciar por espíritu de ambición, otra más grande. Con esta ventaja, pues, para nuestra unión,

 

esta fe ciega e indisoluble concordia, que no se conocerán mayores en el cielo, venimos ya a reclamar

 

nuestra antigua herencia, más seguros de triunfar que si nos lo asegurase el triunfo mismo. Pero cuál sea el

 

medio mejor, si la guerra abierta o la guerra oculta, ahora lo examinaremos; hable quien se sienta capaz de

 

dar consejo.»

 

Calló Satán y hallándose inmediato Moloch, rey que empuñaba cetro, se puso en pie. Era el más denod a -

 

do y soberbio de todos los espíritus que combatieron en el cielo, y su desesperación le comunicaba ahora

 

mayor fiereza. Pretendía ser igual en poderío al Eterno, y antes que reputarse inferior, dejar de existir po r -

 

que sin este cuidado nada tenía que lo intimidase. Menospreciaba a Dios y al infierno y cuanto hubiese más

 

horroroso que éste; y así prorrumpió en los siguientes términos: «¡Guerra abierta! Este es mi parecer. No

 

soy experto en ardides, ni me vanaglorio de tal. Conspiren los que lo necesiten, mas cuando sea necesario

 

no ahora. Pues qué, mientras ellos sosegadamente urden sus tramas ¿han de permanecer en pie y armados

 

millones de espíritus que, ansiando la señal de desplegar sus alas, yacen aquí expatriados del cielo, sin más

 

morada que esta sombría caverna, destierro infame y prisión de un tirano que reina por nuestra apatía? No;

 

prefiramos armarnos del furor y las llamas del infierno; abrámonos todos a la vez sobre las elevadas torres

 

del cielo, un camino en que no pueda oponernos resistencia, transformando nuestros tormentos en horribles

 

armas contra el verdugo; que al estrépito de sus poderosos rayos responda nuestro infernal trueno, y vea los

 

relámpagos convertidos en negra y horrorosa llama lanzada con igual rabia contra sus ángeles, y hasta su

 

mismo trono envuelto entre el azufre del Tártaro y el extraño fuego que inventó para atormentarnos. Par e -

 

cerá acaso difícil y escarpado el camino para escalar con seguro vuelo la altura de enemigo tan poderoso;

 

pero recuerden los que esto crean, si no están aletargados aún con el soñoliento vapor de este lago del olv i -

 

do que por nuestro propio impulso nos elevamos a nuestra primitiva morada, y que el bajar y caer son co n -

 

tra nuestra naturaleza; pues cuando últimamente el fiero Enemigo daba sobre nuestra destrozada retagua r -

 

dia, insultándonos y persiguiéndonos a través del abismo ¿quién no sintió cuán pesado era nuestro vuelo al

 

sumirnos en este precipicio? El ascender, pues, nos será muy fácil.

 

«Témese el resultado de provocar a quien es tan fuerte para que imagine en su cólera algún recurso que

 

acabe de aniquilarnos, si es dable en este lugar mayor anonadamiento; pero, ¿qué mal más grande que exi s -

 

tir aquí privados de todo bien, y condenados a eterna maldición en este antro odioso, donde nos abrasa

 

 

 

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inextinguible fuego, sin esperanza de ver el fin, esclavos de sus iras y a merced del látigo inexorable cua n -

 

do llega la hora de los tormentos? Mayor castigo que el presente sería un extremo tal, que feneceríamos.

 

Pues, ¿qué tememos? ¿Por qué vacilamos en excitar su furor postrero, que siendo más violento nos cons u -

 

mirá del todo, reduciendo a la nada nuestra existencia? Preferible es esto a vivir miserables perpetuamente.

 

Y si nuestra naturaleza es en realidad divina y no puede dejar de serlo, nos hallamos en peor condición que

 

si nada fuésemos, y tenemos la prueba de que nuestro poder basta para trastornar el cielo, alarmando con

 

incesantes asaltos aquel trono fatal aunque inaccesible; lo cual, ya que no victoria, por lo menos será ve n -

 

ganza.»

 

No dijo más; y frunciendo el ceño brillaron sus ojos en sed de inextinguible venganza y tremenda lid p e -

 

ligrosa para todos los seres inferiores a los dioses. Del lado opuesto se levantó Belial, en ademán más gr a -

 

cioso y menos fiero.

 

Jamás se vieron privados los cielos de tan hermosa criatura; parecía estar predestinado a las dignidades y

 

a los grandes hechos, pero todo era en él afición y vanidad, por más que destilase maná su lengua y diera

 

apariencias de cuerdos a los más falsos razonamientos, torciendo y frustrando los consejos más acertados.

 

Era de pensamientos humildes, ingenioso para el vicio, tímido y lento para toda acción generosa; pero sabía

 

halagar los oídos y con persuasivo acento comenzó así: «Desde luego ¡oh príncipes!, estaría yo por la gu e -

 

rra a muerte, que en aborrecimiento no cedo a nadie, si lo que se alega como suprema razón para resolve r -

 

nos a una guerra inmediata no me disuadiera más, y no me pareciese en último resultado de siniestro agü e -

 

ro. El que más se distingue como guerrero, desconfiando de su consejo y de su propia fuerza, funda todo su

 

valor en la desesperación, y prefiere un completo aniquilamiento; pero ante todo, ¿cómo nos vengaremos?

 

Las torres del cielo están llenas de centinelas armados que hacen imposible todo acceso, y con frecuencia

 

acampan sus legiones al borde del abismo, o con sombrío vuelo exploran por doquiera los reinos de la n o -

 

che sin temor a sorpresa alguna; y aun cuando nos abriéramos un camino por la fuerza, aunque todo el i n -

 

fierno se arrojara tras nosotros para oscurecer con sus tinieblas la purísima luz del cielo, permanecería

 

nuestro Enemigo incorruptible sobre su incólume trono, y la sustancia etérea libre de toda mancha rechaz a -

 

ría en breve la agresión, sirviendo nuestro fuego para alumbrar su triunfo.

 

«Una vez repelidos, nuestra última esperanza será el colmo de la desesperación. Y, ¿hemos de excitar al

 

poderoso Vencedor a que apure su cólera y acabe con nosotros? ¿Ha de ser el dejar de existir nuestro solo

 

anhelo? ¡Triste remedio! porque ¿quién querría perder, a pesar de cuanto padecemos, este ser inteligente,

 

este pensamiento que abarca toda la eternidad para perecer sepultados y perdidos en las profundas entrañas

 

de perpetua noche insensibles a todo y gimiendo en completa inercia? Y, ¿quién sabe, dado que esto nos

 

conviniera, si nuestro airado Enemigo podrá y querrá concedernos semejante muerte? Que pueda es dud o -

 

so; que no lo consentirá jamás es seguro. Siendo tan previsor, ¿cómo ha de resolverse a deponer de pronto

 

su ira, simulando impotencia o descuido, para conceder a sus enemigos lo que desean o aniquilar en su c ó -

 

lera a aquellos a quienes preserva su cólera mismo a fin de castigarnos eternamente?

 

«¿Por qué, pues vacilamos?, dicen los que aconsejan la guerra: estamos condenados, proscritos, destin a -

 

dos a una eterna desgracia. Como quiera que procedamos ¿qué más podemos sufrir, qué castigo habrá m a -

 

yor que éste? ¿Tan extremo infortunio es por ventura hallarnos aquí sentados y deliberando armados? ¡Ah!

 

Cuando huíamos atropelladamente, perseguidos y abrasados por el tremendo rayo del cielo, y suplicábamos

 

al abismo que nos acogiese, parecíanos este infierno un consuelo para nuestras heridas; y cuando nos hall á -

 

bamos encadenados en el hirviente lago, ¿no era seguramente peor nuestra situación? ¿Qué sería si se re a -

 

nimase el hálito que encendió aquel funesto fuego, comunicándole una intensidad siete veces mayor, y de

 

nuevo nos sumergiese dentro de las llamas, o si la interrumpida venganza del Dominador supremo armase

 

otra vez su encendida diestra para atormentarnos? ¿Qué, si se abriesen los diques de su cólera y si el fi r -

 

mamento que se extiende sobre el infierno vertiera sobre nuestras cabezas el fuego de sus cataratas y cua n -

 

tos horrores nos amenazaban un día con su espantoso castigo? Mientras proyectamos ahora o aconsejamos

 

una gloriosa guerra, quizá se está formando abrasadora tempestad, en que nos veremos envueltos y clav a -

 

dos sobre las rocas para ser juguete y presa de furiosos torbellinos, o sepultados para siempre y cargados de

 

cadenas en este abrasado océano. ¡A solas entonces con nuestros incesantes gemidos, sin tregua ni reposo

 

ni compasión, durante siglos que no es de esperar acaben, cuánta mayor será nuestra desventura! Debo,

 

pues, disuadiros de la guerra, así franca como encubierta porque, ¿de qué servirán ni astucia ni fuerza ni

 

semejante empeño? ¿Quién burlará la perspicacia de Aquél cuyos ojos lo abarcan todo de una sola mirada?

 

Contemplándonos está desde la altura de los cielos, y menosprecia nuestras inútiles tentativas, dado que su

 

 

 

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poder es tan omnipotente para resistir a nuestras fuerzas como para destruir todas nuestras tramas y con a -

 

tos.

 

«¿Luego viviremos envilecidos, y aunque hijos del cielo, arrojados de esta suerte y condenados a desti e -

 

rro, y a sufrir en él estas cadenas y tormentos? Preferible es en mi juicio a otro mal más grande pues el hado

 

y sus decretos irrevocables nos meten a la voluntad del Vencedor. Fuerza tenemos para sufrir lo mismo que

 

para obrar; la ley que lo ha ordenado así, es injusta, y esto hubiéramos debido comprender desde el princ i -

 

pio, y ser cautos, antes que mover guerra a Enemigo tan poderoso y cuando su resultado era tan incierto.

 

«Rióme de los que tan audaces y hábiles son en manejar la lanza, y cuando ésta les falta se amilanan y

 

temen que sobrevenga lo que saben que ha de sobrevenir: destierro, ignominia, cadenas y castigos, sujeción

 

a que los somete su Vencedor. Tal es ahora nuestra suerte, y si a ella nos sometiésemos resignados, logr a -

 

ríamos quizá desarmar en cierto modo la cólera de nuestro supremo Enemigo; y tal vez hallándonos tan l e -

 

jos de su presencia e inofensivos se olvidará de nosotros, ya satisfecho de su justicia; y si su aliento no lo

 

incita se templará el voraz fuego que nos consume; y purificada nuestra esencia, no participará de este v a -

 

por mefítico, se habituará a él para no sentirlo, o finalmente modificada y atemperándose a su intensidad y

 

naturaleza, de tal manera se identificará con él, que no experimente dolor alguno convirtiéndose los to r -

 

mentos en placeres y la oscuridad en luz. ¿Por qué no hemos de esperar en lo que el interminable curso de

 

los días futuros pueda traernos, ni en las alteraciones y cambios en que debemos poner nuestra confianza,

 

pues que nuestra suerte actual, si contraria, no es del todo infeliz, no llegará al extremo con tal que no nos

 

hagamos merecedores de mayor desventura nosotros mismos?»

 

Así Belial, con palabras disfrazadas de razones, aconseja un proceder indigno, una vil inacción, pero no

 

la paz. Después de él habló Mammón de esta suerte: «Moveremos guerra si la guerra es el mejor consejo, o

 

para destronar al Rey del cielo o para recobrar nuestros perdidos derechos. Destronarlo no lo esperemos,

 

mientras el eterno destino no ceda al inconstante acaso y sea el caos árbitro de nuestra lucha. Si vana es la

 

esperanza de lo uno, no lo será menor la de lo otro; pues de no expulsar al supremo Rey del cielo, ¿qué e s -

 

pacio quedará en éste para nosotros? Demos que calmada su ira, y a condición de someternos de nuevo,

 

perdone a todos: ¿con qué ojos lo contemplaremos cuando humillados en su presencia, hayamos de recibir

 

sus imperiosas órdenes, glorificar su majestad murmurando himnos, y violentarnos cantando en loor suyo

 

«¡aleluya!», mientras él, envidiado soberano, hará ostentación de su regia pompa, y su altar exhalará pe r -

 

fumes de ambrosia y de flores, serviles ofrendas de nuestro culto? Tal será nuestro oficio en el cielo, tales

 

nuestros placeres. ¡Oh! ¡Cuán dura será una eternidad empleada en adorar a quien tanto odiamos!

 

«Rechacemos, pues, ese espléndido vasallaje que no es dado obtener por fuerza, que aun concedido sería

 

afrentoso por más que pertenezca al cielo, y busquemos nuestro bien en nosotros mismos, viviendo por n o -

 

sotros y para nosotros, libres, en estos vastos subterráneos, sin depender de voluntad alguna, y prefiriendo

 

tan dura libertad al blando yugo de una pomposa servidumbre. Brillará más radiante nuestro esplendor, si

 

sabemos convertir lo pequeño en grande, lo nocivo en útil, la desgracia en prosperidad, y si doquiera l u -

 

chando con el anal, trocamos en bienestar el dolor por medio del trabajo y de la paciencia.

 

«¿Por qué temer estos tenebrosos antros? ¿No se envuelve a veces el omnipotente Señor del cielo entre

 

negras y espesas nubes, sin que por eso eclipsen su gloria, y vela su trono con la grandeza de las tinieblas,

 

de que encendido en furor se lanza el pavoroso trueno, de modo que se asemeja al infierno el cielo? ¿Imita

 

él nuestra oscuridad, y no hemos de poder nosotros cuando nos plazca imitar su luz? No carece este ingrato

 

suelo de ocultos tesoros, de diamantes y oro, ni nosotros de arte para aprovecharnos de su magnificencia:

 

¿qué tenemos, pues, que envidiar al cielo? Podrán un tiempo estos mismos suplicios llegar a hacerse nue s -

 

tro elemento; llegar esas penetrantes llamas a sernos tan benignas como hoy son crueles, y trocarse nuestra

 

naturaleza en la propia de ellas; y esto necesariamente pondrá término a nuestros dolores. Todo, pues, nos

 

invita a preferir pacíficos consejos y establecer un ordenado régimen, adoptando los remedios que más ef i -

 

caces sean para nuestros presentes males; y en atención a lo que somos y al lugar en que nos hallamos, r e -

 

nunciar por completo a todo intento de guerra. Este es mi parecer.»

 

No bien acabó de hablar, se suscitó en la asamblea un rumor semejante al que encerrados entre las có n -

 

cavas rocas hacen los furiosos vientos, cuando después de combatir el mar talo una noche, adormecen con

 

su ronca cadencia a los marineros, extenuados de cansancio, pero que logran anclar su batea en una bahía

 

 

 

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pedregosa pasada la tempestad. Resonaban así los murmullos de aprobación dados a Mammón cuando f i -

 

nalizó su razonamiento aconsejando la paz, porque cualquiera batalla que se empeñase les infundía más e s -

 

panto que el mismo infierno: tal era el estrago que el rayo y la espada de Miguel habían causado en ellos;

 

deseando no menos fundar aquel otro imperio, que la política y el largo transcurso del tiempo elevarían

 

hasta hacerlo competir con el de los cielos.

 

Esto observado por Belcebú, que después de Satán ocupaba el más alto puesto, levantóse con gravedad, y

 

al levantarse, mostraba bien que era una columna de aquel estado. Grabada llevaba en su frente la medit a -

 

ción que requieren los cargos públicos, y en su majestuoso semblante la sabiduría de un príncipe, por más

 

que hubiese decaído tanto. Severo y enhiesto, ostentaba sus atlánticos hombros, capaces de sostener el peso

 

de las más poderosas monarquías; su mirada imponía atención al auditorio, que permanecía tranquilo, como

 

la noche, o en la estación estival el viento del Mediodía. Y arengóles de esta suerte:

 

«¡Tronos y potestades imperiales. Virtudes etéreas, celestial Estirpe! ¿Será que renunciemos a estos tít u -

 

los, trocándolos por el de príncipes del infierno? Sin duda, pues el voto popular se inclina a que permane z -

 

camos aquí para fundar un creciente imperio. ¡Oh desvarío! ¿Podemos ignorar que el Rey del Empíreo nos

 

ha sumido en estos lóbregos calabozos, no para preservarnos de su poderoso brazo, ni para vivir libres de la

 

alta jurisdicción del cielo, en nueva liga contra su trono, sino para mantenernos en la más dura estrechez,

 

aunque alejados de él, y bajo el inevitable yugo que reserva a toda esta cautiva muchedumbre? Porque h a -

 

béis de tener por cierto que él imperará como primero, como último y único rey, lo mismo en la altura de

 

los cielos que en la profundidad del abismo, dado que nuestra rebelión no ha mermado parte alguna de su

 

soberanía; pero asentará su imperio en el infierno y nos regirá con cetro de hierro, como rige los cielos con

 

cetro de oro.

 

«¿A qué, pues, deliberamos sobre la paz ni sobre la guerra? Resolvímonos por ésta y fuimos vencidos

 

con irreparables pérdidas. Nadie ha ofrecido ni puesto condiciones de paz: ¿qué paz ha de concederse a los

 

esclavos, más que una dura prisión y los rigores y castigos que arbitrariamente se nos impongan? ¿Qué paz

 

hemos de ofrecer, sino la que podemos dar, agresiones, odio, invencible aversión y tardía venganza, consp i -

 

rando siempre para hacer menos glorioso su triunfo al Vencedor y para acibararle en lo posible la satisfa c -

 

ción que en nuestros tormentos experimenta? Ocasión no ha de faltarnos y no necesitaremos emprender p e -

 

ligrosas expediciones para invadir el cielo, cuyas altas murallas no temen asedios ni asaltos ni celada alg u -

 

na en nuestra parte.

 

«Empresa más fácil podemos acometer. Una región hay, si no miente antigua y profética tradición del

 

cielo, hay un mundo, dichosa mansión de un ser nuevo llamado Hombre, que por este tiempo ha debido ser

 

criado semejante a nosotros, inferior en poderío y excelencia, pero más favorecido del Hacedor supremo.

 

Declaró su voluntad a los demás dioses, y quedó cumplida en virtud de un juramento que hizo retemblar en

 

torno las bóvedas celestiales. Encaminemos a este fin todos nuestros proyectos; sepamos qué seres habitan

 

ese mundo, cuál es su forma, su naturaleza, su fuerza o debilidad, cuáles sus dotes, y si contra ellos hemos

 

de emplear la astucia o la violencia. Cerrados están los Cielos; domina allí su excelso Arbitro en la segur i -

 

dad de su propia fuerza; pero acaso se halle situada esa mansión en los postreros límites de su reino; acaso

 

esté confiada su defensa exclusivamente a sus moradores; en cuyo caso podemos intentar con fruto un r e -

 

pentino golpe, ya asolando aquellos lugares con el fuego de nuestro infierno, ya enseñoreándonos de todos

 

como de cosa propia y expulsando a los débiles que los ocupan como se nos expulsó a nosotros; y cuando

 

no expulsarlos, atraerlos a nuestro partido, de modo que su Dios los mire como enemigos, y arrepentido de

 

ella, destruya su propia obra. Sería esto más que una vulgar venganza; sería amenguar el placer que le ha

 

causado nuestra derrota; contrariedad tan ingrata para él cuanto satisfactoria para nosotros, porque sus qu e -

 

ridos hijos, partícipes de nuestra suerte, maldecirán su frágil origen y lo efímero de su dicha. Ved si es para

 

intentado proyecto tal, o si debemos permanecer aquí sumidos en las tinieblas y forjándonos a nuestro gusto

 

quiméricas soberanías.»

 

Tal fue el diabólico consejo de Belcebú imaginado primeramente y en parte propuesto por Satanás; pues

 

¿de quién sino del autor de todo mal podía nacer propósito tan malvado y la idea de pervertir en su raíz a la

 

raza humana confundiendo la tierra con el infierno en odio de su supremo Autor? Pero este mismo odio h a -

 

bía de servir para más realzar su gloria.

 

 

 

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Complació sobremanera a las infernales potencias el audaz Proyecto; y aprobado qué fue por su voto

 

unánime., brillando en los ojos de todos la alegría, renovó Belcebú su discurso en estos términos: «¡Bien

 

habéis calculado, prudentes dioses, digno fin habéis puesto a tan prolija consulta! Grande como vosotros es

 

vuestra resolución, la cual nos sublimará al más alto punto acercándonos de nuevo, y a despecho de los h a -

 

dos, a nuestras antiguas sedes desde estos profundísimos abismos. A la vista de aquellas espléndidas regi o -

 

nes, no lejos de nuestras armas y en una ocasión propicia, quizá logremos recobrar el Empíreo, o cuando

 

menos habitar en una templada zona, donde no huya de nosotros la hermosa luz de los cielos. Los rayos del

 

fúlgido Oriente nos librarán de esta oscuridad, y al exhalar su embalsamado perfume el aura apacible y p u -

 

ra, cicatrizará acaso las llagas causadas por este fuego devorador. Ahora bien: ¿a quién enviaremos en bu s -

 

ca de esa nueva región? ¿A quién juzgaremos digno de tamaña empresa? ¿Quién aventurará sus vacilantes

 

pasos por tan lóbrego, inmenso e insondable abismo, y hallará la ignorada senda a través de palpables so m -

 

bras? ¿Quién, sin que se rindan sus alas sostendrá el vuelo aéreo en los ilimitados espacios del vacío hasta

 

llegar a la afortunada isla? ¿Qué arte, qué fuerza le bastará, ni cómo le será posible salvar con seguridad los

 

apiñados centinelas y las múltiples falanges de ángeles que vigilan en derredor? Necesitará de gran prude n -

 

cia, y no menos nosotros para elegirlo, pues en él recaerá todo el peso, todo el éxito de nuestras últimas e s -

 

peranzas.»

 

Concluye así, siéntase, y los oyentes, con atentos ojos , esperan se presente alguno para secundar, contr a -

 

decir o emprender la peligrosa aventura; todos permanecen quietos y mudos, calculando el riesgo en la pr o -

 

fundidad de su pensamiento, y cada cual descubre asombrado su propia desconfianza en el semblante de los

 

demás. Entre los más heroicos campeones que combatieron contra el cielo, no se encontraba ninguno ba s -

 

tante osado que se ofreciera a emprender por sí tan terrible expedición; hasta que Satán, a quien un glorioso

 

renombre encumbrara sobre todos sus compañeros con la altivez de monarca y el convencimiento de su

 

gran superioridad, reposadamente les habló así: «¡Oh celestial progenie, tronos empíreos! Con razón gua r -

 

damos silencio y permanecemos dudosos, aunque no intimidados. Largo y penoso es el camino que desde

 

el infierno conduce a la luz; fuerte es nuestra prisión; nueve veces nos rodea esta inmensa bóveda de fuego

 

violento y destructor, y las encendidas puertas de diamante, que nos oponen tantos estorbos, nos vedan salir

 

de aquí. Salvadas una vez éstas, se da en el profundo vacío de informe noche, que amenaza con la total

 

destrucción de su ser al que se sumerja en aquel horroroso abismo. Si se penetra al fin en otro mundo cua l -

 

quiera, o en una región desconocida, ¿qué quedan más que ignorados peligros y la casi imposibilidad de

 

evadirse? No sería yo, sin embargo, digno de este trono ¡oh espíritus!, ni de esta imperial soberanía ornada

 

de tanto esplendor y armada de tal poder, si las dificultades o peligros de lo que se propone y juzga impo r -

 

tante a todos, pudieran retractarme de emprenderlo. ¿Por qué asumir la dignidad regia, y no rehusar el c e -

 

tro, si me negase a aceptar en los riesgos la parte proporcionada a los honores, la cual se debe al que reina

 

con tanta mayor razón, cuanto que ocupa más alto grado sobre los otros? Id, pues, espíritus poderosos, que

 

aunque caídos, seguís siendo el terror del cielo; id a ver si en nuestra morada, mientras nos veamos reduc i -

 

dos a ella, hay algo que pueda atenuar nuestra miserable suerte y hacer menos odioso el infierno; si existe

 

algún arbitrio o algún encanto para suspender, frustrar o mitigar los tormentos de esta detestable mansión.

 

No os abandonéis al sueño ante un enemigo que está siempre vigilante; y yo entretanto lejos de vosotros, y

 

atravesando un mundo de sombría desolación, procuraré la libertad de todos. En esta empresa no me aco m -

 

pañará nadie.»

 

Así diciendo, se levantó el monarca, con lo cual prevenía cualquiera réplica; su sagacidad le sugería el

 

temor de que animados otros jefes con su resolución, fuesen a ofrecer entonces, seguros de una negativa, lo

 

que antes los arredraba, pues de este modo, llegarían a hacerse rivales suyos en la opinión pública, logrando

 

a poca costa la gran celebridad que él debía adquirir en cambio de infinitos riesgos.

 

Pero aquellos rebeldes temían tanto el empeño como la voz, que se lo prohibía; abandonaron, como él su

 

asiento; y el ruido que hicieron al levantarse todos a la vez, se asemejaba al de un trueno lejano. Inclináro n -

 

se ante Satán con respetuosa veneración y lo ensalzaron como a un dios igual al Altísimo del cielo. Ni dej a -

 

ron de encarecer cuán digno era de alabanza el que por la salvación general despreciaba la suya propia,

 

aunque espíritus réprobos, no habían perdido enteramente su virtud como los malvados que en la tierra se

 

jactan de acciones especiosas fundadas en vanagloria, o de una ambición que encubren con cierto color de

 

celo.

 

 

 

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Así terminaron sus tristes y dudosos razonamientos, con las esperanzas que les infundía caudillo tan i n -

 

comparable; al modo que adormecidos los vientos del norte al extenderse desde la cima de las montañas las

 

nubes tenebrosas y cubrir la risueña faz del cielo, derraman éstas sobre los oscuros campos nieve o torre n -

 

tes de agua; y si el fulgente sol envía sus destellos desde el ocaso, como una dulce despedida, reviven los

 

campos, renuevan las aves sus gorjeos y prorrumpen las ovejas en alegres balidos que suenen por valles y

 

colinas. ¡Qué baldón para la humanidad! Unese el demonio en inalterable concordia con su infernal co m -

 

pañero, y entre todos los seres racionales sólo los hombres se desavienen entre sí, a pesar de la esperanza

 

que debieran tener en la divina gracia. Dios proclama la paz, y ellos viven, no obstante, dominados por el

 

odio y la enemistad y en perpetua lucha; se mueven crueles guerras y devastan la tierra para destruirse unos

 

a otros, como si no tuvieran, y en esto deberían cifrar su unión, sobrados enemigos en el infierno que día y

 

noche conspiran para su ruina.

 

Disuelto así el consejo, ordenadamente, se retiraron los magnates infernales. Iba en medio el altivo sob e -

 

rano, que parecía por sí solo competidor del cielo, así como en su suprema pompa y majestad, remedo de la

 

de Dios, se mostraba temido emperador del Orco. Rodeábale una cohorte de serafines de fuego que lo co n -

 

ducían entre blasonados estandartes y tremendas armas. Mándase pregonar entonces al son de las trompetas

 

reales la decisión del gran senado, y volviéndose prontamente a los cuatro vientos otros tantos querubines,

 

acercan a sus labios los sonoros tubos, a cuyas voces responden los heraldos. Resuenan unas y otras por los

 

más lejanos ámbitos; del abismo, y toda la hueste del infierno acompaña con atronadores gritos sus fe r -

 

vientes exclamaciones.

 

Ya con mayor sosiego, y en cierto modo reanimada por una esperanza tan falaz como presuntuosa, d i -

 

suélvese toda aquella multitud, y cada cual sigue diverso rumbo, conforme a su inclinación o a su melanc ó -

 

lica incertidumbre, buscando una distracción a sus desesperados pensamientos, a fin de entretener las en o -

 

josas horas hasta el regreso de su ídolo. Unos, corriendo en veloz carrera por la llanura, otros elevándose en

 

sus alas por los aires, compiten entre sí en los juegos Olímpicos, o en los campos Píticos; aros, refrenando

 

sus fogosos corceles, procuran salvar la meta en sus raudos carros, o forman alineados escuadrones para

 

escarmiento de las ciudades belicosas, se representan simulados combates en la revuelta extensión del lo,

 

creyendo verse en las nubes ejércitos que se precipitan a entrar en batalla; y de cada parte se adelantan, la n -

 

za ésa ristre, caballeros aéreos, hasta que cierran una con otra ambas legiones, y al choque de sus armas p a -

 

rece arder de a otro extremo el horizonte. Otros, poseídos de más implacable rabia que Tifeo, arrancan p e -

 

ñascos y montañas, se lanzan por los aires cual torbellinos; apenas puede el yerno resistir tan violento í m -

 

petu. No de otro modo Acides, al volver de Ecalia, coronado por la victoria, y al vatir la envenenada túnica,

 

desarraigaba a impulsos de su paso los pinos de Tesalia y de la cima del Ete, arrojando a Feas al mar de

 

Eubea. Más pacíficos otros, retirados a un muelle silencioso, cantan al compás de sus arpas, con acentos

 

angelicales, su heroica lid y la desgracia a que les trajo la fe de las armas, lamentando que el destino triunfe

 

del imo denodado por la fuerza o por la fortuna. Arrogantes se mostraban en sus loores, pero su armonía

 

(¿cómo no si al Viera de espíritus inmortales?) tenía embebecido al infierno y extática a la muchedumbre

 

que le escuchaba.

 

Con discursos más dulces, todavía, pues la elocuencia deleita el alma y la música los sentidos, retraídos

 

algunos en un monte solitario, se entregan a más sublimes pensamientos y a profundos raciocinios sobre la

 

providencia, la ciencia, la voluntad y el destino; por qué es inmutable, y libre la voluntad y absoluta la pr e -

 

sencia; mas no daban solución alguna, perdidos en tan intrincados laberintos. Discuten prolijamente acerca

 

del bien y del mal, la bienaventuranza y la última pena, la pasión y la apatía, y la abyección: todo ciencia

 

vana, todo falsa filosofía,

 

y sin embargo, comunicaban seductor encanto, aunque ajeno, a su dolor y angustia, infundíanles engañ o -

 

sas esperanzas, o fortificaban, con pertinaz paciencia, como confiada cota, sus corazones endurecidos.

 

Hay asimismo algunos que, congregados en numerosas bandas, se atreven a explorar la dilatada exte n -

 

sión de aquel siniestro mundo, en busca de otro clima que pueda ofrecerles mansión más grata. Dirigen a

 

este fin su vuelo por cuatro puntos distintos, siguiendo las márgenes de los cuatro ríos infernales que vie r -

 

ten sus lúgubres aguas en el inflamado lago: la aborrecida Estigia, de donde el odio mortal procede; el n e -

 

gro y profundo Aqueronte, con su tristeza; el Cocito, así llamado por los lamentos que se oyen en lo interior

 

de sus doloridas ondas, y el feroz Flegeton, que en torrentes de fuego exhala su encendida rabia. A larga

 

distancia de éstos fluye lento y silencioso el Leteo, río del olvido, que arrastra su tortuosa corriente, y al

 

 

 

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que bebe de sus aguas hace olvidar al punto su primitivo estado, y con él la alegría y el pesar, los placeres y

 

los dolores.

 

Pasado el Leteo, extiéndese un continente helado, sombrío y tenebroso, combatido de perpetuas tempe s -

 

tades, huracanes y asolador granizo, que no se liquida en la dura tierra sino que amontonándose en grandes

 

moles, semeja ruinas de antigua fábrica. Allí cubierta de nieve y hielo, se abre una profunda sima parecida

 

al lago Serbonio, entre Damieta y el monte Casio, donde fueron sepultados ejércitos enteros, donde la cr u -

 

deza del aire abrasa, y el frío produce igual efecto que el fuego. Allí las furias armadas de garras, cual las

 

arpías, arrastran en sazón oportuna a todos aquellos réprobos, que alternativamente experimentan la dura

 

transición de cruelísimos contrastes, tanto más sensibles cuanto que se suceden uno a otro. Desde el voraz

 

fuego en que yacen, son transportados a una atmósfera glacial en que se extingue su dulce calor etéreo, y en

 

la que permanecen algún tiempo inmóviles, aterridos de sus miembros todos, para sufrir después nuevo y

 

abrasador tormento. Cruzan yendo y viniendo el estrecho del Leteo, y cada vez se aumenta más su suplicio

 

y son mayores sus ansias; anhelan tocar con sus labios aquella agua que los incita: una sola gota les daría

 

instantáneamente el dulce olvido de todas sus penas y desventuras; y ¡con cuánta facilidad, teniéndola tan

 

cerca!, pero el destino no lo consiente, y para imposibilitar su deseo, les sale al paso Medusa, con su terr i -

 

ble aspecto de Gorgona. El agua huye por sí misma de toda boca viviente, como huyó algún día de los s e -

 

dientos labios de Tántalo.

 

Divagando así perdidas entre y mil confusiones, con mortal sobresalto y los ojos desencajados, veían por

 

vez primera las desbandadas legiones su triste suerte, y no les era dable reposo alguno. Salvan oscuros y

 

desiertos valles, regiones donde el dolor impera, montañas alpestres de hielo y fuego, rocas, cavernas, l a -

 

gos, abismos, tinieblas mortíferas, todo un mundo de destrucción que Dios, maldiciéndolo, creó malo y

 

únicamente bueno para el mal; mundo en que toda vida muere, en que toda muerte vive, y en que la perve r -

 

sa naturaleza engendra seres monstruosos, prodigios abominables, indefinibles, más repugnantes que los

 

que la fábula inventó o concibió el temor; Gorgonas, Hidras y Quimeras espantosas.

 

Entretanto, Satán, el enemigo de Dios y el Hombre, llena su mente de ambiciosas imaginaciones, extie n -

 

de su raudo vuelo y explora el solitario camino que conduce a las puertas del infierno. Toma unas veces la

 

derecha, otras la opuesta mano; ya se desliza con iguales alas por la superficie del abismo, ya se eleva cual

 

torre aérea hacia la ardiente concavidad del firmamento; y como se descubre en lontananza, surcando el

 

mar y suspendida al parecer de las nubes, una flota que, a favor de los vientos del equinoccio, se ha dado a

 

la vela en Bengala o en las islas de Ternate y de Tidod, de donde los mercaderes extraen sus drogas, y por

 

el rumbo que marca el tráfico cruza el inmenso Océano desde Etiopía hasta el Cabo, enderezando las proas

 

al polo a pesar de las marejadas y de la noche; tal, contemplado de lejos, parecía el alígero explorador.

 

Divísanse por fin las murallas del infierno, que se elevan hasta sus horribles bóvedas, y las tres triplic a -

 

das puertas, formadas por tres planchas de bronce, tres de hierro y tres de díamantina roca, todas impen e -

 

trables, todas rodeadas de un valladar de inextinguible fuego. Delante de ellas, a uno y otro lado, estaban

 

sentadas dos formidables figuras; una, de la cabeza a la cintura, tenía apariencia de mujer, y mujer bellís i -

 

ma; pero su asqueroso cuerpo era el de una serpiente armada de aguijón mortal y cubierta de anchos y e s -

 

camosos pliegues. Rodeábanla por la mitad multitud de rabiosos perros que despidiendo de sus anchas fa u -

 

ces de Cerbero incesantes aullidos, producían horrendo estrépito. Si alguna vez se veían obligados a ocu l -

 

tarse, iban introduciéndose sin dificultad en las entrañas del monstruo, donde tenían seguro asilo, e invis i -

 

bles allí, proseguían ladrando. Menos aborrecibles eran los que atormentaban a Scila mientras se bañaba en

 

el mar que separa al Calabrés de las mugientes costas de Trinacria; ni ofrecía tan horrible aspecto el séquito

 

que acompañaba a la nocturna maga, cuando cabalgando por los aires, y atraída por el secreto olor de la

 

sangre de algún niño, acudía a los bailes de las brujas de la Laponia, y eclipsaba el resplandor de la luna

 

con la fuerza de sus encantos.

 

La otra figura, si darse puede este nombre a lo que no tenía forma distinta de miembros, ni articulaciones,

 

o si puede llamarse sustancia a lo que se asemejaba a una sombra, que ambas cosas parecía, negra como la

 

noche, feroz como diez furias, terrible como el infierno, blandía un terrible dardo, y en lo que aparentaba

 

cabeza, tenía algo que representaba como una corona real. Al ir a acercársele Satán, levantóse el monstruo

 

de su asiento, avanzó presuroso hacia él, y el infierno retembló con sus pasos. Contemplólo con asombro el

 

impávido Enemigo, y se admiró, mas sin arredrarse, porque excepto a Dios y su Hijo, ni respetaba ni temía

 

a ningún ser creado; y con desdeñosa mirada, se anticipó a hablar, diciendo: «¿De dónde vienes tú? ¿Quién

 

 

 

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eres, monstruo execrable, que temerario y terrible, osas con tu deforme aspecto oponerte a mi paso en estas

 

puertas? Resuelto estoy a franquearlas y ten por seguro que no te pediré permiso; retírate o pagarás cara tu

 

insensatez hijo del infierno, y aprenderás por experiencia a no competir con los espíritus celestiales.»

 

A lo que replicó el espectro encendido en cólera: «¿Eres tú aquel ángel traidor, el primero que infringió

 

la paz y la fe del cielo, respetadas hasta entonces, y el que en su orgullosa rebelión arrastró consigo a la te r -

 

cera parte de los espíritus celestes conjurados contra el Altísimo? Tú y ellos, desechados de Dios, ¿no estáis

 

condenados por ese crimen a subsistir aquí por toda una eternidad envilecidos y entre tormentos? ¿Te

 

cuentas tú entre los espíritus del cielo, réprobo del infierno? ¿Y prorrumpes en altiveces y arranques de

 

menosprecio aquí, donde impero como soberano, y donde para mayor confusión tuya, soy tu señor y rey?

 

¡Atrás fugitivo impostor, a tus mazmorras! Y pon nuevas alas a tu ligereza, no sea que un látigo de esco r -

 

piones avive tu lentitud, o que al menor impulso de ese dardo te sientas sobrecogido de extraño horror y de

 

angustias que todavía no has experimentado.»

 

Dijo así el pálido terror, y así hablando y amenazando, adquirió un aspecto diez veces más repulsivo y

 

espantoso. Por su parte Satán, ardiendo en ira, no daba muestras de temor alguno, semejante a un ardiente

 

cometa que inflama el espacio ocupado por el enorme Serpentario en el cielo ártico, destilando de su hórr i -

 

da cabellera pestilencia y guerras. Dirígense ambos combatientes un golpe mortal a la cabeza, contando con

 

que no han de tener que repetirlo sus fatales manos, y se provocan con sus miradas; como cuando cargadas

 

con la artillería del cielo, avanzan dos nubes lóbregas y mugiendo sobre el mar Caspio, y se colocan frente

 

a frente hasta que un soplo de viento les da la señal de romper en medio de los aires el cruel combate.

 

Contémplanse los esforzados campeones con ojos tan sombríos, que al fruncir de sus cejas se oscureció el

 

infierno; que tal era su denuedo; pero ni uno ni otro habían de hallar sino una sola vez enemigo más tem i -

 

ble. Hubieran llevado a cabo inauditos hechos, con terror del infierno todo, si la del medio cuerpo de se r -

 

piente, que estaba sentada junto a la puerta y guardaba la fatal llave, no se hubiera arrojado entre los co m -

 

batientes, lanzando un espantoso grito. «¡Oh padre!», exclamó «¿qué intentan tus manos contra tu único

 

hijo? ¿Qué furor, ¡oh hijo!, te impulsa a dirigir tu dardo mortal contra la cabeza de tu padre? ¿Sabes a quién

 

obedeces? A aquel que sentado en su supremo trono se ríe de ti, porque eres esclavo suyo, porque ejecut a -

 

rás débilmente cuanto te ordene en su cólera que él llama justicia; su cólera, que algún día os desoirá a los

 

dos.»

 

Dijo, y a su voz se detuvo el infernal fantasma, y Satán le respondió de este modo: «Con tu extraño grito

 

y tus palabras no menos extrañas te has interpuesto aquí de manera que al suspender su repentino golpe mi

 

brazo no renuncia a poner por obra lo que ha resuelto. Pero antes deseo saber de ti quién eres, que reúnes

 

esas dos formas y por qué al encontrarme por primera vez en este valle infernal, me has llamado padre y

 

dices que es hijo mío ese espectro. Ni te conozco, ni he visto Jamás seres tan detestables como sois a m -

 

bos.»

 

«Luego, ¿ya me has olvidado?», replicó ella. «¿Tan horrible parezco ahora a tus ojos cuando en el cielo

 

me tuviste por tan hermosa? En medio y a la vista de todos los serafines coligados contigo en su atrevida

 

rebelión contra el Rey del cielo, te sobrecogió de pronto un dolor cruel; anublados y desvanecidos tus ojos

 

se perdieron en las tinieblas, mientras que brotando de tu cabeza una tras otra apiñadas llamas, se abrió pr o -

 

fundamente por el lado izquierdo, y semejante a ti en la forma y esplendor, y animada de celestial hermos u -

 

ra salí de ella en figura de diosa armada. Retrocedieron llenos de admiración todos los espíritus y me llam a -

 

ron Pecado, considerándome como un presagio siniestro; pero familiarizados después conmigo, los prende

 

de suerte que mis gracias seductoras rindieron a los que me miraban con más desvío. Fuiste el primero tú,

 

que contemplando a menudo en mí tu perfecta imagen, te enamoraste de ella, y a solas conmigo gozabas

 

los inefables deleites que engendraron en mis entrañas un nuevo ser. En tanto estalló la guerra: combatióse

 

en los campos del cielo; nuestro poderoso Enemigo alcanzó inmarcesible triunfo (¿qué había de acont e -

 

cer?), y nuestro partido quedó derrotado en todo el Empíreo. Cayeron nuestras legiones, precipitadas desde

 

las alturas del cielo hasta el fondo de este abismo, y envuelta en su ruina, caí yo también. Entonces me fue

 

entregada esta llave poderosa, con orden de mantener estas puertas cerradas para siempre, para que nadie

 

pueda traspasarlas, si no las abro. Pensativa y sola me senté aquí; duróme poco el sosiego, pues fecundado

 

por ti mi vientre, y cercano ya el trance extremo, experimentó movimientos prodigiosos y dolores insopo r -

 

tables. Por fin ese aborrecible vástago que ves, hechura tuya, abriéndose paso violentamente, desgarró mis

 

entrañas, y retorciéndose éstas por el miedo y las convulsiones, quedó toda la parte inferior de mi cuerpo

 

 

 

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desfigurada. Nació ese enemigo mío, nació de mí blandiendo su fatal dardo, que lo destruye todo; y yo huí

 

gritando: «¡Muerte!» Estremecióse el infierno, al oír este horrible nombre, y en lo más hondo de las cave r -

 

nas se oyó un suspiro que repetía «¡Muerte!» Y yo seguía huyendo, y el espectro corría tras mí, aunque al

 

parecer no tanto encendido en rabia, cuanto en lujuria; y como más ligero que yo, me alcanzó por fin; y sin

 

respeto a mi horror de madre, entre impuros y violentos abrazos engendró conmigo en aquel rapto estos

 

monstruos ladradores, que lanzando continuos aullidos me acosan como ves, y de nuevo los concibo a t o -

 

das horas, y a todas horas me hacen sentir los dolores de su acerbo parto, porque vuelven a entrar en mi s e -

 

no cuando les place, y aullando y royendo mis entrañas, que son su alimento, salen de pronto, y me causan

 

tan profundo terror que no hallo un instante de tregua ni reposo.

 

«Sentada ante mis ojos, y siempre enfrente de mí, mi hija y enemiga, la horrible Muerte, azuza a esos p e -

 

rros, y ya me hubiera devorado, a falta de otra presa, aunque soy su madre, si no supiera que su fin va unido

 

al mío, que yo, en tal caso, sería para ella un bocado amargo, un letal veneno, porque el destino lo ha di s -

 

puesto así. Pero te prevengo, padre, que evites la herida de su flecha, y no te lisonjees de que te haga invu l -

 

nerable esa brillante armadura, por más que sea de etéreo temple, pues nadie, excepto aquel que reina allá

 

arriba, puede despuntar arma tan mortífera.»

 

Así dijo, y aprovechando el sagaz Enemigo la advertencia blanda y pausadamente repuso: «Hija querida,

 

pues me reconoces por tu señor y me muestras a mi bello hijo (prenda amada de los placeres que gozamos

 

allá en el cielo, placeres tan dulces entonces como hoy de triste recuerdo, por la cruel desventura en que

 

impensadamente hemos caído), sabe que no vengo como enemigo, sino para libertaros de esta sombría y

 

horrible mansión de dolor a ti y a él y a toda la hueste de espíritus celestiales que por nuestras justas prete n -

 

siones quedaron envueltos en nuestra ruina. Enviado por ellos, emprendo solo este arriesgado viaje y solo

 

me arriesgo por todos. Voy a recorrer con solitarios pasos el insondable abismo; en mi errante peregrin a -

 

ción a través del espacio inmenso, voy en busca de un lugar cuya existencia se ha predicho, y que a juzgar

 

por varias señales, debe haberse creado ya, siendo redondo y vasto. Es una mansión deleitosa, situada en

 

los confines del cielo, y donde habitan tres seres de reciente origen, destinados acaso a ocupar nuestros

 

asientos vacantes, bien que se los mantenga ahora alejados de ellos por temor de que sobrecargados con

 

una poderosa multitud, ocurran en el cielo nuevas perturbaciones. A averiguar si ésta es la causa, u otra más

 

oculta, voy apresuradamente; y una vez sabido el secreto, volveré en breve para trasladaros, a ti y a la

 

Muerte, a una morada donde vivireis entre placeres, donde discurriréis con libre vuelo, invisibles, y resp i -

 

rando los suavísimos vapores del embalsamado ambiente. Allí, para que saciéis sin tasa vuestro apetito, t o -

 

do será presa vuestra.»

 

Calló Satán, porque los dos monstruos dieron muestras de suma satisfacción, y la Muerte gesticuló con

 

espantosa sonrisa al saber que aplacaría su hambre regocijándose de la dichosa ocasión que se la preparaba;

 

y no menos complacida su proterva madre, prosiguió diciendo: «Guardo la llave de este abismo infernal,

 

porque tal es mi privilegio y el mandato del omnipotente Señor del cielo que me ha prohibido abrir estas

 

puertas de diamante. La Muerte está determinada a rechazar toda violencia, segura de no ser vencida por

 

ningún poder viviente; pero ¿debo yo obedecer las órdenes de un tirano que me odia y que me ha sumido

 

en la lobreguez del profundo Tártaro, para desempeñar tan detestable oficio, y he de estar yo, hija del cielo,

 

condenada a perpetua angustia y pena, y a oír aterrada el incesante clamoreo de mis hijos, que se alimentan

 

de mis entrañas? Tú eres mi padre, el autor de mi existencia; tú me has dado el ser: ¿a quién, pues debo

 

obedecer ni seguir sino a ti? Llévame pronto a ese nuevo mundo de claridad y de ventura, donde en comp a -

 

ñía de dioses que gozaban tan dulce vida en voluptuosa paz y sentada a tu derecha, cual conviene a tu hija y

 

favorita, reine por toda una eternidad.»

 

Esto diciendo, sacó de su cintura la llave fatal, triste instrumento de todos nuestros males, y arrastrando

 

su monstruoso cuerpo hasta la puerta, alzó sin dilación el enorme rastrillo que sólo ella podía levantar, y

 

que no hubieran movido todas las fuerzas del infierno juntas; hizo girar en la cerradura las complicadas

 

guardas de la llave y descorrió fácilmente las barras y cerrojos de hierro macizo y de pura piedra. Abrense

 

de improviso las puertas con impetuosa violencia y resonante estrépito, y al rechinar sus goznes produjeron

 

un bronco trueno que retumbó en las más profundas concavidades del Averno.

 

Abrió las puertas; no estaba en su mano cerrarlas y quedaron abiertas para siempre. Eran tan anchas, que

 

desplegadas sus alas y banderas con sus caballos y carros en buen orden. hubiera podido pasar holgad a -

 

 

 

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mente todo un ejército por ellas; y como la boca de un horno encendido vomitaban rojizas llamas y espeso

 

humo.

 

De repente aparecen ante los ojos de Satán y los dos espectros los secretos del antiguo abismo, sombrío e

 

inmenso océano, sin límites ni dimensiones, donde se pierden la extensión, la profundidad, el tiempo y el

 

espacio; donde la primitiva Noche y el Caos, progenitores de la Naturaleza viven en eterna discordia, entre

 

el rumor de perpetuas guerras, y sostenidos sólo por sus perturbaciones. El calor, el frío, la humedad y la

 

sequía, terribles campeones, se disputan la preferencia, lanzan al combate sus átomos embrionarios los

 

cuales agrupados en diversas tribus alrededor de la bandera de sus legiones, pesada o ligeramente armados,

 

agudos, redondos, rápidos o lentos, pululan en número infinito como las arenas de Barca o del ardiente

 

suelo de Cirene, y van arrebatados a tomar parte en la lucha de los vientos o a servir de contrapeso a sus

 

raudas alas. El que lleva en pos mayor número de átomos, domina por un momento; el Caos impera como

 

árbitro; sus mandatos aumentan más el desorden que le da el cetro, y a falta de él lo gobierna todo el Acaso

 

como ministro supremo. En aquel hórrido abismo, cuna de la Naturaleza y tal vez su tumba, que no es ni

 

mar ni tierra, ni aire, ni fuego, sino mezcla de todos los elementos, los cuales confundidos en sus fecundos

 

gérmenes deben luchar así perpetuamente, a no ser que el Creador Supremo destine sus impuros materiales

 

a la formación de nuevos mundos; en aquel hórrido abismo, al borde del infierno, se detuvo el cauteloso

 

Satán, y lo contempló algún tiempo reflexionando en su viaje, pues no era un pequeño estrecho el que tenía

 

que atravesar. Atruenan sus oídos estrepitosos rumores, no menos violentos, comparando cosas grandes con

 

pequeñas, que los de las tempestades de Belona cuando pone en juego sus destructoras máquinas para arr a -

 

sar una ciudad fortísima; menor sería el estruendo si se desplomase la celeste bóveda, y los elementos d e -

 

sencadenados arrancaran de su eje a la tierra inmóvil. Satán despliega por fin sus alas, semejantes a dos a n -

 

chas velas, para emprender su vuelo, y estriba con el pie en la tierra, elevándose entre torbellinos de humo.

 

Llevado como en un carro de nubes, sigue subiendo audaz por espacio de muchas leguas, pero faltándole

 

de pronto el apoyo, encuentra un inmenso vacío, y sorprendido y agitando en vano sus alas, cae como un

 

plomo a diez mil brazas de profundidad. Aún estaría cayendo, si por una desgraciada casualidad no lo h u -

 

biera lanzado a otras tantas millas de altura la fuerte explosión de una tempestuosa nube, impregnada de

 

fuego y nitro. Apagóse su furor en una sirte esponjosa que no era ni mar ni tierra, y Satán casi sumergido,

 

atravesó el movedizo promontorio, tan presto a pie como volando. Tuvo entonces que emplear remos y v e -

 

las; y semejante al grifo que en su alada carrera persigue por desiertos montañas y valles al arimaspe, que

 

ha sustraído sutilmente el oro confiado a su vigilante guarda, así continúa Satán ardorosamente su camino a

 

través de pantanos, precipicios y estrechos, de vapores densos, o enrarecidos; y con la cabeza, manos, alas

 

y pies, nada, se sumerge, fluctúa, se arrastra y vuela.

 

Llega, por fin, a sus oídos con sin igual fragor, un extraño y universal clamoreo de sordos sonidos y co n -

 

fusas voces, pero igualmente intrépido, se dirige hacia aquel lado para dar con el poder o espíritu del pr o -

 

fundo abismo que reside allí, y preguntarle en qué punto se halla el límite de las tinieblas más próximo a la

 

luz. De repente aparece el trono del Caos, desplegándose su negro e inmenso pabellón sobre un despeñad e -

 

ro de ruinas. La Noche, cubierta de negro manto, se ve asimismo sentada en su trono, al lado del Caos; y

 

como anterior a todos los seres, comparte con él el cetro. A su lado se hallan Orco y Ades, y Demogorgón,

 

de terrible renombre; después el Rumor y el Acaso, el Tumulto y la Confusión monstruosa, y por último, la

 

Discordia con sus mil voces distintas. Satán se dirige osado al Caos y le dice: «Potestades y espíritus de

 

este profundo abismo, Caos y antigua Noche: sabed que no vengo aquí como espía, con objeto de explorar

 

o sorprender los secretos de vuestro reino; obligado a pasar por este sombrío desierto a través de vuestro

 

vasto imperio, porque me encamino hacia la luz, solo, sin guía y casi perdido, busco el rumbo más breve

 

para llegar al punto donde vuestras oscuras fronteras se tocan con el cielo. Y si algún otro lugar de vuestro

 

dominio ha sido invadido y ocupado últimamente por el Rey etéreo, salvando estas profundidades allí i n -

 

tentaré llegar. Dirigid mis pasos que bien encaminados, no será escasa la recompensa que logréis en benef i -

 

cio de vuestros intereses; no lo será, si arrojado el usurpador de la región perdida, consigo volverla a sus

 

primitivas tinieblas y a vuestro dominio. Este es el objeto de mi presente viaje, y enarbolar de nuevo el e s -

 

tandarte de la antigua Noche. Para vosotros todas las ventajas; yo me contento sólo con vengarme.»

 

Así dijo Satán, y con voz temblorosa y descompuesto semblante le contestó el viejo Anarca: «Te cono z -

 

co, extranjero; tú eres el poderoso jefe de los ángeles que últimamente se rebelaron contra el Rey del cielo,

 

y que fuiste derrotado. Yo lo vi y lo oí, pues tan numerosa milicia no pudo huir en silencio a través del at e -

 

 

 

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rrado abismo, yendo destrozada, perseguida, y más confundida que la misma confusión, mientras las pue r -

 

tas del cielo daban paso a millones de sus huestes victoriosas. Yo he venido a residir en mis fronteras, do n -

 

de todo mi poder apenas basta para salvar lo poco que me resta, pues también se experimentan aquí vue s -

 

tras divisiones intestinas, que van mermando los antiguos dominios de la Noche; además de que por una

 

parte del infierno, donde tenéis vuestras prisiones, se ha dilatado en torno bajo mis pies; por otro ese Para í -

 

so, ese nuevo mundo, están suspendidos sobre mi reino y unidos por una cadena de oro al punto del cielo

 

de donde cayeron precipitadas vuestras legiones. Si queréis encaminaros hacia ese lado, no estáis distante;

 

más cerca os hallaréis del peligro. Id, pues: apresurad la marcha; los despojos, la ruina y el exterminio son

 

mi alimento.»

 

No dijo más ni Satán se detuvo a replicar, sino que gozoso de tener próxima una playa en aquel Océano,

 

lánzase con nuevo ardor y con nueva fuerza por el inmenso espacio, como una pirámide de fuego. Pugna n -

 

do con los desencadenados elementos que lo rodean por todas partes, prosigue su camino más estrecho,

 

más peligroso que el del navío Argos al cruzar el Bósforo, con mayores riesgos que Ulises cuando al evitar

 

por un lado a Caribdis, vio amenazada su inexperiencia con otro escollo.

 

Así avanza Satán difícil y penosamente; pero una vez que forzó el paso, y más adelante cuando cayó el

 

Hombre (¡extraña novedad!), el Pecado y la Muerte, que seguían las huellas del infernal enemigo, pues tal

 

fue la voluntad del cielo, abrieron ancho camino por el sombrío abismo, cuyo hirviente seno consintió que

 

se echara un puente de asombrosa longitud desde el infierno hasta el orbe exterior de este frágil globo. Por

 

medio de esta fácil comunicación, van y vienen los espíritus perversos, excepto los mortales, para tentar o

 

castigar a aquellos a quienes Dios y los santos ángeles guardan por gracia particular.

 

Pero ya por fin comienza a sentirse la influencia sagrada de la luz, y el alba luminosa envía desde las m u -

 

rallas del cielo un destello al tenebroso seno de la oscura Noche. Aquí tienen principio los más lejanos l í -

 

mites de la naturaleza; retrocede el Caos y se retira de sus defensas como enemigo vencido, con menos e s -

 

trépito y resistencia, mientras Satán, tranquila y holgadamente, se desliza por las apacibles hondas, guiado

 

de incierta luz, a la manera de un buque combatido por las tempestades, que entra alegremente en el puerto,

 

aunque con sus jarcias y velas despedazadas. Parecido al aire, tiende sus alas a la inmensidad del vacío,

 

contemplando desde lejos y enajenado el empíreo cielo, cuya extensión es tal, que no acierta a distinguir si

 

es cuadrada o circular. Descubre las torres de ópalo; las almenas de brillantes zafiros donde fue un tiempo

 

su patria; ve también junto a la luna, sujeto al extremo de una cadena de oro, aquel mundo suspendido,

 

igual a una estrella de la más pequeña magnitud; desde allí, animado por inicua sed de venganza, maldito

 

él, y en maldita hora, aceleró su vuelo.

 

TERCERA PARTE

 

ARGUMENTO

 

Sentado Dios en su trono, ve a Satán que vuela hacia el mundo nuevamente creado, y mostrándole a su

 

Hijo, que reside a su diestra, le predice cómo intentará y logrará aquél pervertir al género humano. Pone a

 

salvo de toda imputación su injusticia y sabiduría, dado que ha hecho al Hombre libre y capaz de resistir a

 

las tentaciones de su enemigo; y anuncia su designio de perdonarle, atendiendo a que no se dejará llevar de

 

su propia perversidad, como Satán, sino de la seducción de éste. El Hijo glorifica al Padre por su bondad,

 

pero Dios declara al propio tiempo que no podrá conceder su gracia al Hombre sin que la justicia divina

 

quede satisfecha, porque al atentar contra su poder, aspirando a la divinidad, se ha hecho reo de muerte con

 

toda su descendencia, y debe morir, a no ser que haya alguien capaz de reparar su culpa, sufriendo el cast i -

 

go de ella. El Hijo de Dios se ofrece entonces voluntariamente a rescatar al Hombre; acepta el Padre la

 

oferta, ordena su encarnación, y dispone que sea exaltado sobre todo cuanto existe en el cielo y en la tierra.

 

Manda fuego a todos sus ángeles que le adoren; obedécenle ellos, y al compás de sus arpas entonan himnos

 

de gloria en loor del Omnipotente y de su Hijo. Entretanto, desciende Satán a la superficie exterior del gl o -

 

bo terráqueo, y divagando por uno y otro punto llega a un lugar llamado posteriormente el Limbo de la V a -

 

nidad. Qué seres y qué cosas se dirigen volando hacia el mismo sitio. Acércase después a las puertas del

 

cielo, y se describen las gradas por donde se sube a él, así como las aguas que corren por encima del fi r -

 

mamento. Pasa Satán a la órbita del Sol, y encuentra a Uriel, rector de aquella esfera; pero antes toma la

 

forma de un ángel inferior, y pretextando un religioso deseo de contemplar el mundo nuevamente creado y

 

al Hombre colocado por Dios en él, procura averiguar cuál es su morada. Indícasela Uriel, y Satán dirige a

 

ella su vuelo, deteniéndose primeramente en la cima del Mates.

 

 

 

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¡Salve sagrada luz hija primogénita del cielo oh destello inmortal del eterno Ser! ¿Por qué no he de ll a -

 

marte así, cuando Dios es luz, y cuando en inaccesible y perpetua luz tiene su morada, y por consiguiente

 

en ti, resplandeciente efluvio de su increada esencia? Y si prefieres el nombre de puro raudal de éter,

 

¿quién dirá cuál es tu origen, dado que fuiste antes que el sol, antes que los cielos, cubriendo a la voz de

 

Dios, como con un manto, el mundo que salía de entre las profundas y tenebrosas hondas, arrancado al v a -

 

cío informe e, inconmensurable?

 

Vuelvo ahora a ti nuevamente con más atrevidas alas, dejando el Estigio lago, en cuya negra mansión he

 

permanecido sobrado tiempo. Mientras volaba cruzando tenebrosas regiones y no menos sombríos ámbitos,

 

canté el Caos y la eterna Noche en tonos desconocidos a la cítara de Orfeo. Guiado por una musa celestial,

 

osé descender a las profundas tinieblas, y remontarme de nuevo; arduo y penoso empeño. Seguro ya, vue l -

 

vo a ti, siendo tu influencia vivificadora; pero tú no iluminas estos ojos que en vano buscan tu penetrante

 

rayo sin descubrir claridad alguna: a tal punto ha consumido sus órbitas invencible mal, o se hallan cubie r -

 

tas de espeso velo. Más alentado por el amor que me inspiran sagrados cantos, recorro sin cesar los sitios

 

frecuentados por las Musas, las claras fuentes los umbríos bosques, las colinas que dora el sol; y a ti sobre

 

todo, ¡oh Sión!, a ti, y a los floridos arroyos que bañan tus santos pies y se deslizan con suave murmullo,

 

me dirijo durante la noche. Ni olvido tampoco a aquellos dos, iguales a mi en desgracia (¡así los igualará en

 

gloria!), el ciego Tamiris y el ciego Meónides, ni a los antiguos profetas Tiresias y Fineo, deleitándome

 

entonces con los pensamientos que inspiran de suyo armoniosos metros, como el ave vigilante que canta en

 

la oscura sombra, y oculta entre el espeso follaje hace oír sus nocturnos trinos.

 

Así con el progreso del año vuelven las estaciones; mas para mí no vuelve jamás el día: no veo los dulces

 

albores de la mañana, ni el crepúsculo de la tarde, y ni la flor de la primavera, ni la rosa del estío, ni los r e -

 

baños de los prados, ni la faz divina del Hombre. Sumido entre tinieblas y eternas nubes, apartado de las

 

gratas sendas de la vida humana, no me ofrece el libro cuyo estudio es tan interesante, más que una inme n -

 

sa página en blanco, donde están borradas para mí las obras de la naturaleza, y la sabiduría halla cerrada en

 

uno de mis sentidos la puerta que más fácil entrada le dejaría. Brilla, pues, dentro de mi con más esplendor,

 

¡oh celeste luz! Ilumina con tus rayos las potencias todas de mi alma; pon ojos en ella; purifica y presérvala

 

de las sombras que la envuelven, para que pueda ver y narrar cosas invisibles a la vista de los mortales.

 

Desde las cumbres del puro empíreo, donde ocupando su trono domina sobre las mayores eminencias, i n -

 

clinó una mirada el omnipotente Padre para contemplar a la vez sus obras y las obras de sus criaturas.

 

Agrupábanse en torno suyo todas las santidades del cielo, como otras tantas estrellas, y se gozaban de su

 

vista con indecible bienaventuranza: a su diestra tenía asiento su único Hijo, radiante imagen de su gloria.

 

Dirigió su vista a la Tierra, fijándola en nuestros dos primeros padres, únicos seres de la especie humana,

 

que colocados en un jardín delicioso saboreaban inmortales frutos de paz y amor, inalterable paz, amor sin

 

igual en aquella soledad dichosa. Miró después al infierno y al abismo que lo separa del mundo, y vio a

 

Satán volando por la tenebrosa atmósfera, en torno de los límites del cielo y hacia la región de la Noche,

 

inclinado a posar sus fatigadas alas y su pie impaciente en la árida superficie de este mundo, que le parecía

 

un globo sólido y sin firmamento. Dudaba si era océano o aire aquel espacio; y observándolo Dios con la

 

profunda mirada que penetra en el presente, el pasado y el porvenir, dirigió a su Unigénito estas proféticas

 

Palabras: «¿Ves Hijo mío el furor de que está poseído nuestro adversario? Ni la estrechez en que se halla,

 

ni las barreras del terno, ni las cadenas de que está cargado, ni aun el vacío inmenso del abismo bastan para

 

contenerlo; tanto lo ciega la desesperación de una venganza que recaerá sobre su rebelde meza. Rotos ahora

 

los lazos que le oprimían, se acerca al cuelo, a la región de la luz, dirigiéndose al mundo nuevamente cre a -

 

do, con el intento de destruir por la fuerza al Hombre mora allí, o lo que es peor, pervertirlo con algún art i -

 

ficioso engaño. Y lo conseguirá; porque atento el Hombre a falaces lisonjas, y quebrantando fácilmente mi

 

único Mandato, la única prueba, que exijo de su obediencia, caerá no sólo él, sino toda su infeliz prog e nie.

 

«¿A quién podrá culpar, a quién más que a sí propio? ¡Ingrato! Le concedí cuanto podía anhelar; le insp i -

 

ré la justicia, la rectitud, la fuerza para sostenerse, aunque con la libertad para caer; del propio modo creé a

 

todas las potestades y espíritus etéreos, así a los que permanecieron fieles, como a los que se rebelaron,

 

pues libres fueron los unos para sostenerse, los otros para caer. Sin esta libertad, ¿qué prueba sincera hubi e -

 

ran podido dar de verdadera obediencia, de constante fe ni de amor, obrando sólo por necesidad, no volu n -

 

tariamente? ¿De qué alabanza se hubieran hecho merecedores? ¿Qué satisfacción había de causarme sem e -

 

 

 

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jante obediencia, cuando la voluntad y la razón (que en la razón también hay albedrío), tan vana la una c o -

 

mo la otra, privadas ambas de libertad y ambas pasivas, cedieran a la necesidad no a mi precepto?

 

«Así creados, y conforme al derecho de que disfrutan, no pueden en justicia acusar a su Hacedor, ni a su

 

naturaleza, ni a su destino, cual si éste avasallase su voluntad o dispusiera de ellos por un decreto absoluto

 

o una prevención suprema. Ellos mismos han decidido su rebelión, no yo; yo la tenía prevista, más sem e -

 

jante prevención no redunda en disculpa suya, que no por haber dejado de preverla hubiese sido menos s e -

 

gura. Así, pues, sin que los impulsase nadie, sin poder achacarlo al destino, ni a una predestinación inmut a -

 

ble por parte mía, ellos son los que pecan. Ellos los autores de su mal, en que caen deliberadamente o por

 

su elección. Libres los he formado; libres deben permanecer hasta que ellos mismos vengan a esclavizarse,

 

pues de otra suerte me sería forzoso cambiar su naturaleza, revocando el supremo decreto, inmutable y

 

eterno, por el cual les fue otorgada su libertad. Ellos sólo son la causa de su caída.

 

«Los primeros culpables cayeron instigados, tentados por sí mismos, y por su propia depravación: el

 

Hombre cae engañado por aquellos rebeldes, y por lo mismo obtendrá gracia; los otros no. Por la miser i -

 

cordia y la justicia triunfará mi gloria así en el cielo como en la tierra; mas la misericordia, desde el princ i -

 

pio al fin, será la que resplandezca más.»

 

Mientras hablaba así Dios, se difundía por todo el cielo un aroma de perfumada ambrosia que comunic a -

 

ba a los elegidos espíritus de los bienaventurados el inefable gozo de un nuevo júbilo. Mostraba el Hijo de

 

Dios la expresión de una gloria sin igual; veíase en él sustancialmente reproducido su Padre en toda su pl e -

 

nitud; y en su rostro aparecían visibles una divina compasión, un amor infinito y una inefable gracia, que le

 

movieron a dirigirse a su Padre, diciendo así: «¡Oh Padre mío! ¡Cuán misericordiosa es la sentencia que

 

como supremo juez has pronunciado! ¡Que el Hombre obtendrá perdón! Por ella publicarán cielo y tierra

 

tus alabanzas en innumerables himnos y sagrados cánticos, que resonando alrededor de tu trono para sie m -

 

pre te bendigan. Pero, ¿será que el Hombre perezca al fin? ¿Que la última y más amada de tus criaturas, el

 

más joven de tus hijos sea víctima de un engaño aunque su propia demencia contribuya a él? Lejos de ti

 

rigor tanto, lejos de ti, Padre mío, que juzgas, y siempre equitativamente, de cuanto has hecho. ¿Conseguirá

 

así sus fines nuestro adversario, frustrando los tuyos y sobreponiéndose su malicia a tus bondades? ¿Verá

 

satisfecho su orgullo, aunque sujeto a más duras penas, y lograr saciar su venganza arrastrando consigo al

 

infierno, después de haberla corrompido, a toda la raza humana? ¿Has de destruir tú mismo tu creación, y

 

deshacer por ese enemigo lo que has hecho para tu gloria? Pondríanse entonces en duda tu bondad y tu

 

grandeza, y se negarían una y otra, sin que fuera posible defenderlas.»

 

«¡Oh Hijo mío en quien tanto se goza mi alma», le replicó el Sumo Hacedor, «Hijo de mi seno, mi único

 

Verbo, mi sabiduría y mi más eficaz poder! Conformes están tus palabras con mis pensamientos y con lo

 

que mi eterno designio ha decretado; no perecerá enteramente el Hombre: salvaráse el que lo desee, mas no

 

por su voluntad propia sino por mi gracia libremente concedida. Restableceré de nuevo su degenerada co n -

 

dición, aunque sujeta por el pecado a impuros y violentos deseos y con mi ayuda podrá otra vez resistir a su

 

mortal enemigo; pero esta ayuda ha de servirle para que sepa a qué extremo ha llegado la degradación, y

 

para que a mí. exclusivamente a mí, sea deudor de su libertad.

 

«Ya entre todos ellos he escogido a algunos, dignos de mi predilección, porque tal ha sido mi voluntad:

 

los demás oirán mi llamamiento y serán con frecuencia amonestados para que, reconociendo su iniquidad,

 

se apresuren a aplacar mi indignación y aprovecharse de la gracia con que les brindo. Yo iluminaré cuanto

 

sea necesario la ofuscación de sus sentidos, y ablandaré sus endurecidos corazones para que puedan orar,

 

arrepentirse y prestarme la debida obediencia. A sus ruegos, a su arrepentimiento y sumisión, cuando pr o -

 

cedan de un ánimo sincero, ni mis oídos ni mis ojos permanecerán cerrados; les daré por guía y árbitro la

 

conciencia; y si la escuchan y la emplean bien, cada vez alcanzarán más luz, y perseverando hasta el fin,

 

tendrán segura su salvación. Pero nunca disfrutarán de mi inagotable indulgencia ni de mi gracia los que la

 

olviden y menosprecien, sino que se aumentarán en el endurecido su dureza y en el ciego su ceguedad para

 

que tropiecen y caigan en mayor abismo; y sólo a éstos excluiré de mi misericordia.

 

«Resta todavía que hacer, desobediente y rebelde, el Hombre ha quebrantado su fe, y pecado contra la

 

alta majestad del cielo: ha aspirado a la divinidad y perdídolo así todo, sin reservar nada con que expiar su

 

crimen; por lo que amenazado de destrucción, debe perecer con toda su posteridad. Preciso es, pues, que él

 

 

 

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o la justicia dejen de existir, a no ser que en su lugar se ofrezca voluntariamente alguno capaz de dar co m -

 

pleta satisfacción, es decir, muerte por muerte. Ahora bien, decidme, celestes potestades: ¿dónde hallar s e -

 

mejante abnegación? ¿Quién de vosotros para redimir el crimen del Hombre se hará mortal? ¿Qué justo

 

salvará al injusto? ¿Existe en todo él cielo tan sublime amor?»

 

A esta pregunta enmudecieron los coros allí presentes, y el cielo todo quedó en silencio. No se presentó

 

en favor del Hombre patrono ni intercesor alguno, ni menos quien osara atraer sobre su cabeza el mortífero

 

castigo, ofreciéndose como precio de aquel rescate; y hubiérase perdido toda la especie humana sin tener

 

quien la redimiese, entregada por un terrible decreto a la muerte y al infierno, si el Hijo de Dios, en quien

 

reside la plenitud del amor divino, no hubiese interpuesto de nuevo su poderosa mediación, diciendo:

 

«Ya, Padre mío, has pronunciado su sentencia: el Hombre obtendrá perdón. Mas este perdón en que está

 

cifrada la mayor eficacia de tu bondad, que acude a todas tus criaturas, y a todas llega sin que se prevea ni

 

implore, ni solicite ¿ha de haberse otorgado en vano? ¡Feliz el hombre que así lo alcanza. pero que una vez

 

perdido y muerto por el pecado, no podrá recurrir a él, en la incapacidad de ofrecer por sí holocausto ni e x -

 

piación alguna!

 

«Heme aquí, pues: yo me ofrezco por él; yo ofrezco mi vida por la suya. Caiga sobre mí tu cólera; mír a -

 

me como a un hombre. Por su amor me separaré de ti, me desposeeré voluntariamente de esta gloria que

 

contigo comparto; por él moriré contento. Descargue en mí la Muerte sus furores; no permaneceré sumido

 

mucho tiempo en su tenebroso imperio. Tú me has concedido vivir por mí propio y perpetuamente; y por ti

 

viviré, aunque ahora me someta a la Muerte, y le entregue cuanto haya en mí de perecedero.

 

«Pero una vez satisfecha esta deuda, no me dejarás yacer en el horror del sepulcro, ni consentirás que mi

 

alma inmaculada esté para siempre sujeta a la corrupción, sino que resucitaré victorioso, subyugando a mi

 

vencedor, a quien arrancaré los despojos de que se muestra tan envanecido. Será este golpe funesto para la

 

Muerte, que al contemplar su humillación, quebrará su letal saeta; y encumbrándome yo por el dilatado e s -

 

pacio del aire en medio de mi triunfo, llevaré cautivo al infierno a pesar suyo, dejando aherrojadas las p o -

 

testades de las tinieblas. Y tú te deleitarás en este espectáculo, y dirigirás desde el cielo una mirada, y so n -

 

reirás amorosamente; y con tu ayuda, confundiré a todos mis enemigos, como a la Muerte, el postrero de

 

ellos, cuyo esqueleto henchirá el sepulcro. Cercado entonces de la muchedumbre redimida por mí, tornaré

 

al cielo tras larga ausencia; tornaré, Padre mío, a contemplar tu rostro, en que no se descubrirá ya sombra

 

alguna de indignación, sino anuncios de ventura y paz; porque dando al olvido tu cólera, se gozará en tu

 

reino de inefable júbilo.»

 

Estas fueron sus últimas palabras. Calló; mas parecía seguir hablando con una expresión de dulzura tal,

 

que revelaba su infinito amor hacia los mortales, amor que sólo era comparable a su obediencia filial. Ofr e -

 

cido a sí propio como víctima, esperaba que el augusto Padre manifestase su voluntad. El cielo estaba mudo

 

de asombro, sin comprender la significación de aquel misterio ni el fin a que se encaminaba; cuando el

 

Omnipotente exclamo así: «¡Oh tú, en la tierra y en el cielo única prenda de paz para el género humano,

 

bastante a aplacar mi cólera, y único objeto de mi complacencia! Bien sabes cuán queridas me son todas

 

mis obras, y cuánto lo es el Hombre, última de las que han salido de mis manos, pues por él te separaré de

 

mi seno Y de mi diestra, para salvar, privado de ti algún tiempo, a toda esa raza de perdición. Y dado que tú

 

solo puedes redimirla, une a la tuya la naturaleza humana, y baja a ser hombre entre los hombres de la ti e -

 

rra; hazte carne, cumplido que fuere el tiempo, saliendo del seno de una virgen y naciendo milagrosamente.

 

Sé padre del género humano en lugar de Adán, aunque hijo de éste; y ya que en él perecen todos los ho m -

 

bres, de ti, como de una segunda raíz, nacerán los que sean dignos de esta gracia, pero sin ti no se salvará

 

nadie. El crimen de Adán hace culpables a todos sus hijos; por tu mérito, que les será traspasado, quedarán

 

absueltos los que renunciando a sus propias acciones, justas o injustas, vivan regenerados en ti, recibiendo

 

de ti nueva existencia. El Hombre, pues, como es justo satisfará la pena que debe el Hombre; será juzgado,

 

morirá; y al dejar de existir, volverá a levantarse, y con él se levantarán todos sus hermanos, redimidos con

 

su preciosa sangre. Así el amor celestial vencerá el odio del infierno, entregándose a la muerte y muriendo

 

para redimir a tanta costa lo que el odio infernal ha destruido tan fácilmente, y lo que destruirá todavía en

 

aquellos que aun pudiendo, no acepten la gracia con que se les brinda.

 

«Al descender hasta la humana naturaleza, no humillas ni degradas la tuya; porque sentado en el trono de

 

Dios, igualándolo en grandeza y gozando como él de la mayor bienaventuranza, a todo has renunciado para

 

 

 

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preservar a un mundo de su completa ruina; porque tu mérito, más bien que tu divino origen, te ha hecho

 

doblemente digno de ser el Hijo de Dios, mostrándote antes bueno que grande y poderoso; y porque en ti

 

abunda el amor más que el deseo de gloria. Por medio de tu sublime humillación, elevarás contigo hasta

 

este trono tu humanidad, y aquí encarnado reinarás a la vez como Dios y como Hombre, como Hijo de Dios

 

y del Hombre, quedando consagrado por Rey del universo. Todo este poder te concedo: reina perpetu a -

 

mente, y goza de tu virtud. Imperarás como señor supremo, sobre tronos principados potestades y domin a -

 

ciones; y todos se prosternarán ante ti en el cielo, en la tierra y en las profundidades del infierno. Cuando

 

asociada a tu gloria la corte celestial, aparezcas en la cumbre del firmamento; cuando, sirviéndote los a r -

 

cángeles de heraldos, convoquen a las naciones ante tu tribunal terrible, y, acudan a su voz los vivientes de

 

todas las partes del mundo, y los muertos de todas las pasadas edades, y al estrépito producido por la ruina

 

de la naturaleza, despierten de su sueño, y corran presurosos a oír tu irrevocable fallo, entonces juzgarás en

 

presencia de los santos todos, a los hombres y a los ángeles perversos, y convencidos de su iniquidad se

 

humillarán ante tu sentencia, y su innumerable multitud llenará el infierno, que quedará para siempre cerr a -

 

do desde aquel día. El mundo se reducirá a cenizas, pero de entre ellas saldrán un nuevo cielo y una nueva

 

tierra, que será morada de los justos; los cuales tras largas tribulaciones, conocerán una edad de oro, fecu n -

 

da en grandiosos hechos y embellecida por el placer, el triunfo del amor y la hermosura de la verdad. E n -

 

tonces desceñirás tus regias vestiduras, no teniendo para qué empuñar el cetro de tu soberanía, porque Dios

 

será todo para todos. Adorad, pues, angélicas potestades, al que muere para que se cumplan todas estas m a -

 

ravillas; adorad a mi Hijo, y honradlo como a mí propio.»

 

Esto dijo el Todopoderoso, y la innumerable multitud de ángeles prorrumpieron en ruidosas aclamaci o -

 

nes, cuya armonía, como producida por voces celestiales, era intérprete de su júbilo. Al compás de los hi m -

 

nos y «hosannas» que resonaban por las eternas regiones del Empíreo, inclinábanse reverentemente los á n -

 

geles ante ambos tronos, y en muestra de adoración, cubrieron las gradas con coronas, entretejidas de am a -

 

ranto y oro; de amaranto inmortal, flor que brilló primero junto al árbol de la Vida, en el Paraíso, pero que

 

luego, por el pecado del hombre, de nuevo se trasladó al cielo, su patria, y allí prospera y florece aún, pre s -

 

tando dulce sombra a la fuente de la vida y a las márgenes del dichoso río, cuyas ondas de ámbar se desl i -

 

zan por entre las flores del Elíseo.

 

Con guirnaldas formadas de estas perpetuas flores, entrelazan y sostienen los espíritus bienaventurados

 

sus resplandecientes cabelleras; de las que desprendiéndose después, se esparcen sobre el luciente pav i -

 

mento; que brilla como un mar de jaspe, matizado de celestiales rosas. Cíñenselas los ángeles de nuevo;

 

prepara cada cual su arpa de oro, siempre templada, y como un carcaj suspendida a su costado; y prel u -

 

diando una suavísima sinfonía entonan sagrado cántico, que arrebata el alma de entusiasmo. No hay voz

 

allí que permanezca silenciosa, no hay voz que niegue el encanto de su melodía: tan acorde se ve todo en el

 

cielo.

 

Cantáronte a ti primero, ¡oh Padre omnipotente, inmutable, inmortal, infinito, que has de reinar por sie m -

 

pre! A ti, creador de todas las cosas, fuente de luz invisible entre los gloriosos fulgores del altísimo trono

 

donde te sientas, que aun templando la fuerza de tus rayos, y envuelto en la nube que como radiante tabe r -

 

náculo te rodea, dejas ver los bordes de tu manto oscurecidos por tan excesivo brillo. El cielo entretanto

 

aparece deslumbrado, y los más lucientes serafines no se acercan a ti sino cubriéndose los ojos con ambas

 

alas.

 

Ensalzáronte después a ti, que precediste a toda la creación, Hijo engendrado, Divina Imagen, en cuya

 

hermosa faz resplandece el Padre Omnipotente, para ti visible, sin nube alguna, pero invisible a las demás

 

criaturas. En ti el esplendor de su gloria se reproduce impreso; y transfundido en ti se anima su inmenso

 

espíritu. Por ti creó el cielo de los cielos, y todas las potestades que en él se encierran; por ti precipitó en el

 

abismo a las ambiciosas dominaciones. No dejaste aquel día vagar al terrible rayo de tu Padre, ni detuviste

 

las ruedas de tu flamígero carro, que estremecían la eterna bóveda del cielo al pasar sobre los rebelados á n -

 

geles rebeldes. Tornaste triunfante de aquella lid, y tus potestades te exaltaron con inmensas aclamaciones,

 

a ti, Hijo único de la omnipotencia de tu Padre, ejecutor de la terrible venganza que tomaba en sus enem i -

 

gos. No así con el Hombre: vencido por la malicia de aquellos, no le hiciste blanco de tus rigores, sino que

 

lo miraste con piedad, ¡oh Padre de gracia y misericordia! Sabedor tu amado y único Hijo de que no era tu

 

propósito castigar la fragilidad del hombre, y de la compasión que por él sentías, para apaciguar tu cólera,

 

poniendo término a la lucha entre la misericordia y la justicia, que revelaba tu semblante, ofrecióse El mi s -

 

 

 

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mo al sacrificio para redimir al Hombre, renunciando a la felicidad de que junto a ti gozaba. ¡Oh amor sin

 

ejemplo, amor que no podía nacer sino en el espíritu divino! ¡Salve, Hijo de Dios, redentor de la Human i -

 

dad! ¡Tu nombre será de hoy más el sublime asunto de mi canto; mi cítara celebrará sin cesar tus alabanzas,

 

al par de las de tu Padre!

 

En tan gozosos afectos y loores empleaban sus bienhadadas horas los ángeles que pueblan la región de

 

las estrellas; mientras Satán, descendiendo al sólido y opaco globo de este mundo esférico, comenzaba a

 

recorrer la primera convexidad, que envolviendo los orbes luminosos inferiores, los separa del Caos y del

 

dominio de la antigua Noche. De lejos parecíale un globo aquella convexidad; de cerca un continente sin

 

límites, sombrío, estéril y salvaje, triste como una noche sin estrellas, y expuesto a las tempestades siempre

 

amenazadoras del Caos, que muge a su alrededor; cielo inclemente, excepto por la parte de los muros del

 

Empíreo, que aunque lejanos reflejaban un destello de claridad en medio de las tinieblas procelosas.

 

Recorría el enemigo a pasos agigantados aquel anchuroso campo, semejante al buitre que nacido en el

 

Imaus, cuya nevada cima cubre el Tártaro vagabundo, abandona la región falta de caza para cebarse en la

 

carne de los corderos o cabritillos que pastan en las colinas, y dirige después su vuelo hacia las corrientes

 

del Ganges o del Hydaspe, ríos de la India, bajando de paso a las áridas llanuras de Sericana, por donde, a

 

favor de la brisa y de las velas, caminan los chinos en sus ligeros esquifes de caña. Marchaba así el Enem i -

 

go por aquel mar de tierra que azotaba el viento, buscando por todas partes su presa; marchaba solo, porque

 

en aquel lugar no se encontraba aún ningún ser vivo ni muerto; pero más tarde, cuando malogró el pecado

 

las obras de los hombres, subieron allí desde la tierra, como un vapor aéreo, las vanidades de los mortales,

 

las almas de los que cifran en ellas sus quiméricas esperanzas de gloria, de fama duradera o de felicidad, así

 

en ésta como en la otra vida. Todos aquellos que en la tierra aspiran al fruto de una lastimosa superstición o

 

de un desmedido celo, y no ambicionan más que las alabanzas de los hombres, encuentran allí recompensa

 

proporcionada a sus merecimientos, vana como sus obras. Todos los seres imperfectos, verdaderos abortos

 

y monstruos, que salen extrañamente amalgamados de manos de la naturaleza, se refugian en aquella región

 

desde la tierra en que se evaporan y vagan inútilmente por ella hasta la disolución del mundo, y no residen

 

en la vecina luna, como algunos han soñado; pues los argentados campos de este astro sirven más bien de

 

morada a otras almas justas, a espíritus que participan a la vez de la naturaleza angélica y humana.

 

Desde el antiguo mundo fueron trasladados al principio a aquellas tristes regiones los hijos de fementidos

 

enlaces: los gigantes que llevaron a cabo inútiles proezas, entonces muy celebradas; posteriormente los que

 

edificaron a Babel en la llanura de Sennaar, que sin desistir de su frustrado intento, seguirían construyendo

 

nuevas torres si tuviesen medios con que efectuarlo. Uno tras otro llegaron luego muchos más, entre ellos

 

Empédocles, que para ser tenido por Dios, se lanzó voluntariamente a los abismos del Etna; y Cleombroto,

 

que para gozar del Elíseo de Platón, se sumergió en el mar. Empeño interminable sería mencionar a otros,

 

hipócritas o dementes, anacoretas y frailes blancos, negros y grises, con todos sus embelecos. Por allí vag a -

 

bundean los peregrinos que tan largo viaje arriesgaron buscando muerto en el Gólgota al que vive en el

 

cielo; y los que para ganar el Paraíso, visten al morir el hábito franciscano o dominico, imaginando que este

 

disfraz les allanará la entrada. Cruzan todos ellos los siete planetas, las estrellas fijas, la esfera cristalina,

 

cuyo balanceo produce la trepidación, objeto de tantas controversias, y la esfera que se puso en movimiento

 

antes que ninguna otra. En la puerta del cielo parece aguardarlos San Pedro con sus llaves: tocan ya en el

 

umbral; y cuando levantan el pie para penetrar en él, a impulsos de un furioso viento que en encontradas

 

direcciones los combate, son lanzados a diez mil leguas de distancia en la inmensidad del aire. ¡Qué de c o -

 

gullas, tocas y hábitos se ven entonces revueltos y despedazados como los que con ellos se cubren, y qué de

 

reliquias, escapularios, indulgencias, dispensas, bulas y absoluciones, que vienen a ser ludibrio de los

 

vientos! Revolotea todo ello por los espacios ilimitados, sobre el mundo, y en el vastísimo limbo llamado

 

después «Paraíso de los locos», que si andando el tiempo fue de pocos desconocido, hallábase despoblado

 

entonces y nadie penetraba en él.

 

Encontró a su paso el infernal Enemigo aquel tenebroso globo, y anduvo recorriéndolo largo tiempo,

 

hasta que el resplandor de la escasa luz le atrajo hacia el sitio de donde salía. Pudo entonces descubrir a lo

 

lejos un magnífico edificio que en anchurosa gradería se alzaba hasta la muralla del cielo, y al terminar

 

aquélla, una construcción más suntuosa aún, semejante a la puerta de regio alcázar, coronada con un fro n -

 

tispicio de diamante y oro. Brillantes perlas orientales adornaban el pórtico, que ni pincel humano ni m o -

 

delo alguno aceptarían a imitar en la tierra; sus escalones eran como aquellos por donde vio Jacob subir y

 

 

 

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bajar a las celestiales cohortes de los ángeles, cuando huyendo de Esaú, camino de Padan-Aram, y entreg a -

 

do de noche al sueño en los campos de Luza, bajo el estrellado firmamento, exclamó al despertar. «¡Esa es

 

la puerta del cielo!»

 

Cada uno de aquellos escalones contenía un misterio, mas no siempre estaba allí fija la escala, que a v e -

 

ces se ocultaba en el cielo y se hacía invisible. Fluía por debajo de ella un mar brillante de jaspe y de perlas

 

líquidas, que surcaban los que habían subido de la tierra en alas de los ángeles, o arrebatados en un carro

 

por corceles de raudo fuego. Mostrábase entonces la escala en toda su extensión, ya para alucinar al En e -

 

migo con la facilidad de la subida, ya para acrecentarle la pena con que había de verse excluido de la ma n -

 

sión bienaventurada.

 

Enfrente de aquellas puertas, y precisamente encima de la risueña morada del Paraíso, abríase un camino

 

que conducía a la tierra, camino mucho más ancho que fue en los venideros tiempos el espacioso que lleg a -

 

ba hasta el monte Sión y la Tierra prometida, predilecta del Señor. Recorrían incesantemente aquel camino

 

los ángeles que comunicaban las órdenes supremas a las dichosas tribus, y el Altísimo dirigía miradas bo n -

 

dadosas a las que habitaban desde Paneas, manantial de las aguas del Jordán hasta Bersabé, donde la Tierra

 

Santa confina con el Egipto y las playas de la Arabia. Tan vasto era aquel camino, que sus límites se pe r -

 

dían en las tinieblas, como las profundidades del Océano. Desde allí, llegado que hubo al escalón inferior

 

de las gradas de oro que conducen a la puerta del cielo, Satán inclinó su vista y quedó maravillado al de s -

 

cubrir repentinamente todo aquel mundo. Como el espía que caminando toda la noche por peligrosos y d e -

 

siertos sitios, llega por fin al despuntar la risueña aurora, a la cumbre de empinada altura, y ve de pronto la

 

agradable perspectiva de tierra extraña, que con asombro contempla por primera vez, o de metrópoli fam o -

 

sa, embellecida con pirámides brillantes torres que iluminan los dorados rayos del sol naciente, así el esp í -

 

ritu maligno quedó embargado de asombro; aun con haber visto en otro tiempo las maravillas del Cielo;

 

mas el aspecto de aquel mundo que tan hermoso parecía, todavía le inspiró mayor envidia que admiración.

 

Dominando desde aquella elevación la inmensa sombra de la noche, recorrió con la vista desde el punto

 

oriental de la Libia hasta el signo que toma el nombre del animal que condujo a Andromeda más allá del

 

horizonte del mar Atlántico. Vio luego la extensión que media entre los dos polos, y sin más detención d i -

 

rigió el raudo vuelo hacia la primera región del mundo, y fácilmente torció el rumbo a través del puro y

 

marmóreo aire, entre innumerables estrellas que brillaban desde lejos como astros, pero que de cerca par e -

 

cían otros tantos mundos; y lo serán acaso, o bien islas afortunadas como los jardines de las Hespérides, tan

 

celebrados en la antigüedad. Campos de bienandanza, bosques y valles floridos, islas tres veces felices

 

¿quién tenía la dicha de habitarlos? Satán no se detuvo a averiguarlo.

 

Atrae sobre todo sus miradas el áureo sol, resplandeciente como el Empíreo, y hacia él dirige su vuelo

 

atravesando el sereno firmamento; pero en qué dirección y hasta qué punto más o menos del centro, difícil

 

es discurrirlo; encaminose a la región desde donde el fulgente astro comunica su luz a las vulgares const e -

 

laciones que se mantienen a distancia proporcionada, y que en su sucesiva evolución regulan el cómputo de

 

los días, los meses y los años, ya acercándose en sus varios movimientos al astro vivificante ya suspendié n -

 

dolos en virtud de la influencia de sus magnéticos rayos, que templan con dulce calor el universo, y, aunque

 

invisibles, penetran con benigna eficacia en todas partes hasta en lo más profundo de los abismos; tan m a -

 

ravillosamente está situado. Detúvose allí el Impío; y acaso ningún astrónomo descubrió jamás con el aux i -

 

lio de su cristal óptico semejante mancha en el disco del astro luminoso.

 

Parecióle aquel lugar a Satanás espléndido sobre todo encarecimiento, superior a cuanto como metal o

 

piedra puede existir en la tierra. No eran todas sus partes semejantes entre sí, pero en todas penetraba por

 

igual una luz radiante como penetra el fuego el interior del hierro. Si eran metales una parte parecía oro y la

 

otra plata finísima; si piedras, debían componerse de carbunclos o crisolitos rubíes o topacios, semejantes a

 

las doce que brillaban en el pecho de Aarón o a aquella más imaginada que conocida que los filósofos de

 

este mundo han buscado tanto tiempo inútilmente aunque con su arte poderoso hayan sujetado al volátil

 

Hermes y extraído del mar bajo sus diferentes formas al antiguo Proteo, hasta reducirlo por medio del

 

alambique a la primitiva.

 

¿Cómo, pues, maravillarse de que aquellos campos y regiones exhalen elixir tan puro, y de que corra el

 

oro potable por los ríos, cuando a pesar de la distancia a que se halla de nosotros, a su solo contacto prod u -

 

 

 

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ce el sol, incomparable alquimista en medio de la oscuridad y combinando entre sí las sustancias terrestres,

 

riquezas tales de colores tan vivos y de efectos tan extraordinarios?

 

Lejos de quedar deslumbrado, contempla fijamente Satán todos aquellos objetos; ninguno está fuera del

 

alcance de su vista que como no se opone obstáculo ni sombra alguna el sol lo esclarece todo. Así, cuando

 

al mediodía lanza éste sus rayos verticales desde el ecuador, cayendo directamente en ningún punto de a l -

 

rededor puede proyectarse la sombra de un cuerpo opaco. Aquel aire puro cual ningún otro contribuía a que

 

la mirada de Satán penetrase hasta los objetos más lejanos y así descubrió claramente un hermoso ángel que

 

estaba en pie y era el mismo que Juan el apóstol percibió en el sol. Aunque vuelto de espaldas no se ocult a -

 

ba su glorioso aspecto: coronaba su frente una tiara de oro formada por los rayos de aquel astro, y su cab e -

 

llera, no menos brillante, ondeaba suelta sobre sus alas. Parecía ocupado en un grave cargo o sumido en

 

meditación profunda; pero el Espíritu impuro se llenó de alegría con la esperanza de tener en él un guía que

 

dirigiese su vuelo errante hacia el Paraíso terrestre, feliz morada del Hombre, donde debía terminar su viaje

 

y principiar nuestra desventura.

 

Para evitar sin embargo todo peligro o contrariedad, ideó el medio de desfigurarse tomando la forma de

 

un querubín adolescente, si no de los de primer orden, tal que llevase pintada en su rostro la inmortal j u -

 

ventud del cielo y la hermosura de la gracia en todo su continente; que tan diestro era en aquellas artes.

 

Sujetaba una diadema sus cabellos, rizados por el aliento del céfiro, sus alas, compuestas de plumas de v a -

 

rios colores estaban salpicadas de oro; la túnica recogida que le cubría daba mayor desembarazo a sus m o -

 

vimientos, y parecía medir sus pasos al compás del tirso de plata en que se apoyaba.

 

No pudo acercarse sin ser oído, y al sentir el ruido de sus pasos volvió el Angel su radiante rostro. Rec o -

 

noció entonces Satán a Uriel, uno de los siete arcángeles que en presencia de Dios y como más próximos a

 

su trono son los ejecutores de sus mandatos; son sus ojos que recorren ya los cielos, ya el globo terrestre,

 

llevando instantáneamente su palabra, así a las regiones acuosas, como a las secas, así a las tierras, como a

 

los mares. Acércase Satán a Uriel, y le dice: Uriel, pues eres uno de los siete espíritus que asisten ante el

 

glorioso y brillante trono del Señor, y el primero que sueles interpretar su voluntad suprema transmitié n -

 

dola al más elevado cielo donde la están esperando todas sus criaturas, no dudo que tus soberanos decretos

 

te otorguen aquí igual honor, y que por lo mismo, y siendo uno de los ojos del Eterno, visitarás con fr e -

 

cuencia el mundo nuevamente creado. El ardiente deseo de ver y conocer las admirables obras de Dios, y

 

particularmente al Hombre, objeto principal de sus delicias y favores, por quien todas esas obras tan mar a -

 

villosas ha creado, me ha inducido a separarme de los coros de querubines y a discurrir solo por estos sitios.

 

Dime, pues, hermosísimo serafín, dime en cuál de esos orbes esplendorosos tiene el Hombre su residencia

 

fija, o si no la tiene y puede habitar indistintamente en todos ellos. Dime dónde podré hallar, dónde co n -

 

templar con mudo asombro, o mostrando francamente mi admiración, a ese ser a quien el Criador da tantos

 

mundos, derramando sobre él tal copia de perfecciones. Así podremos ambos no sólo por el hombre, sino

 

por todas las demás cosas glorificar al universal Hacedor, cuya justicia precipitó en lo más profundo del

 

infierno a sus rebeldes enemigos, y que para reparar esta pérdida, y para gloria mayor suya, ha creado esta

 

dich o sa raza. En todo es sabia su providencia.»

 

Así habló el falso Enemigo, encubriendo su astucia, pues ni hombres ni ángeles pueden discernir la hip o -

 

cresía, vicio invisible en cielo y tierra, excepto para Dios que lo consiente; que aun cuando la Sabiduría v i -

 

gila, la Desconfianza duerme a su puerta, o cede el puesto a la Sencillez; y la Bondad no ve mal alguno

 

donde claramente no se descubre. Esto fue lo que entonces engañó a Uriel, aunque como director del sol,

 

era tenido por el espíritu más perspicaz del cielo; por lo que con natural sinceridad contestó así al pérfido

 

impostor: «Ángel hermoso: tu deseo de conocer las obras de Dios para glorificar a su Autor supremo, nada

 

tiene de vituperable, antes la vehemencia misma de ese anhelo es de mayor alabanza merecedora, pues de s -

 

de su empírea mansión te trae solo hasta aquí, queriendo asegurarte por tus propios ojos lo que quizá en el

 

cielo se contentan algunos con saber de oídas. Maravillosas en verdad son las obras del Altísimo, todas

 

dignas de conocerse y recordarse siempre con delicia. Pero ¿cuál de los espíritus creados podrá calcular su

 

número o comprender la infinita sabiduría que las produjo aunque sin manifestar lo recóndito de sus ca u -

 

sas?

 

«Yo vi cuando a su voz se juntó la informe masa de la materia, embrión ya de ese mundo: oyóla el caos;

 

la revuelta confusión adquirió forma y la infinita inmensidad se redujo a límites. Pronunció otra palabra, y

 

 

 

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las tinieblas se disiparon; brilló la luz, nació el orden del desorden y al punto se repartieron según su grav e -

 

dad respectiva los elementos corpóreos, la tierra, el agua, el aire y el fuego. Voló a la región aérea la quinta

 

esencia del cielo y animándose según sus diferentes disposiciones, y girando a modo de esfera, se convirtió

 

en esas innumerables estrellas que estás viendo. Cada cual ocupó distinto lugar conforme su movimiento;

 

cada cual sigue su curso; y lo demás circuye como una muralla el Universo.

 

«¿Ves allá abajo aquel globo, uno de cuyos lados brilla con la luz reflejada que de aquí recibe? Pues

 

aquélla es la Tierra; allí habita el Hombre; esta luz es su día, y sin ella cubriría la noche todo el globo t e -

 

rrestre, como sucede en el hemisferio opuesto. Pero la proximidad de la Luna, que así se llama aquel he r -

 

moso planeta que está enfrente, le presta oportuno auxilio; describe su círculo mensual, y acabado, vuelve a

 

recorrerlo incesantemente en medio del cielo, iluminándose su triforme faz con el resplandor que recibe y

 

que a su vez comunica a la tierra, y con su pálida influencia ahuyenta la oscuridad de la noche. Ese punto

 

adonde señalo, es el Paraíso, mansión de Adán, y la sombra que en medio de él se dilata, su vivienda. No

 

puedes equivocar el camino; a mí me incumben otros cuidados.»

 

Volvió el rostro al decir esto, y Satán se inclinó profundamente ante aquel espíritu superior, como es

 

costumbre en el cielo, donde nadie rehúsa tributar el respeto y honor debidos; y despidiéndose de Uriel, se

 

lanzó a la costa inferior de la tierra desde la Eclíptica. Cobrando entonces mayor agilidad con la esperanza

 

de obtener un feliz éxito, desciende perpendicularmente, gira como una rueda, atravesando la región del

 

Eter, y no se detiene hasta llegar a la cima de Nifates.

 

CUARTA PARTE

 

ARGUMENTO

 

A la vista va del Edén y, cercano al lugar en que se propone llevar por sí solo a efecto su atrevida resol u -

 

ción contra Dios y el Hombre, comienza a dudar Satán fluctuando entre sus temores, su envidia y desesp e -

 

ración. Por último triunfa en él la perversidad, y se acerca al Paraíso, cuya situación y aspecto exterior se

 

describe; penetra en él; pósase, tomando la forma de un buitre, sobre el árbol de la vida, que es el más el e -

 

vado de cuantos se ven allí, y contempla detenidamente el sitio en que se halla. Hácese una pintura de todo

 

él, y aparecen Adán y Eva: la admiración que su belleza y su dichoso estado producen en Satán no lo retrae

 

de su mal propósito; antes de oír cómo discurren entre sí, y al saber que les estaba prohibido, so pena de

 

muerte, comer el fruto del árbol de la ciencia, por este lado piensa tentarlos, induciéndolos a la desobedie n -

 

cia; y poco después se aleja de ellos para averiguar por otros medios algo más respecto a su situación. E n -

 

tretanto desciende Uriel en un rayo de sol, y previene a Gabriel, encargado de guardar la puerta del Paraíso,

 

que un espíritu infernal se ha escapado de aquel abismo y cruzando a Mediodía por su esfera hacia el Para í -

 

so en figura de ángel bueno, acababa de ser descubierto por sus furiosos ademanes en la montaña. Gabriel

 

promete que le encontrará antes de rayar el alba. Entrada la noche tratan Adán y Eva de retirarse a desca n -

 

sar. Descripción de su gruta. Su oración nocturna. Prepara Gabriel su legión de vigilantes para que ronden

 

en torno del Paraíso, y envía dos ángeles vigorosos a la gruta de Adán, recelando que el Espíritu maligno

 

intentase hacer algún daño a los dos esposos mientras dormían; y en efecto, le hallan puesto junto al oído

 

de Eva, a quien sugiere su tentación durante el sueño. Condúcenle a la fuerza adonde está Gabriel. Interr ó -

 

gale éste; él contesta con altivez; mas atemorizado por una demostración del cielo, huye del Paraíso.

 

-¡Oh!, que no se hubiera oído entonces la protectora voz que escuchó en el cielo el autor del Apocalipsis,

 

cuando derribado por segunda vez el Dragón, se levantó furioso para vengarse del Hombre! ¡Ay, desdich a -

 

dos habitantes de la tierra! Si nuestros primeros padres hubiesen estado prevenidos contra su oculto enem i -

 

go, cuando todavía era tiempo, se hubieran preservado quizá de sus mortíferas acechanzas; no así ahora,

 

que encendido en furor, comenzando por tentar al Hombre para poder después acusarlo, baja Satán por vez

 

primera a la Tierra, y quiere vengarse en su inocente y débil morador de la pérdida de aquella batalla que

 

sostuvo y de la fuga que emprendió al infernal abismo. En medio de su audacia e impavidez, no se muestra

 

satisfecho de su raudo vuelo, ni halla motivo bastante para envanecerse, sino que próxima a estallar su i m -

 

placable cólera, la siente hervir en su proceloso pecho, y cual máquina atronadora, retrocede sobre sí mi s -

 

mo. Asaltan su turbado pensamiento el horror y la incertidumbre; sublévase en su interior el infierno todo,

 

porque en sí y alrededor de sí lleva el infierno. Ni un solo paso puede dar para alejarse de él, como no se

 

aleja de su ser por cambiar de puesto. Despierta su adormecido despecho al grito de su conciencia; de s -

 

pierta en él el amargo recuerdo de lo que fue, de lo que es, de lo que será, cuando con mayor malicia inc u -

 

 

 

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rra en mayor castigo. A veces fija tristemente su dolorida mirada en el Edén, que tan risueño se le man i -

 

fiesta; a veces en el cielo, y en la esplendidez del sol, que brilla a la sazón con toda la pompa del mediodía;

 

y combatido por tan encontrados pensamientos, exclama suspirando: «¡Oh tú, que coronado de suprema

 

gloria, contemplas al igual de Dios este nuevo mundo desde tu solitario imperio; tú, ante quien palidecen

 

todos los demás astros, a ti invoco, mas no con voz lisonjera, que si pronuncio tu nombre, ¡oh Sol! es para

 

decir cuán aborrecidos me son tus rayos! Y, ¿qué mucho, cuando me traen a la memoria el bien de que g o -

 

cé, yo que me vi encumbrado sobre tu soberana esfera? Perdiéronme el orgullo y la más inicua ambición, al

 

mover en el cielo guerra contra el monarca sin par que domina en el. ¡Áh!, ¿por qué fui tan insensato? ¿D e -

 

bía yo corresponder así a quien me puso en tan sublime altura, a quien jamás me echó en cara sus benef i -

 

cios? ¿Tan dura era su servidumbre? ¿Qué menos podía yo hacer que tributarle alabanzas siendo tan mer e -

 

cidas y mostrarle una gratitud, que tan justa era? «¡Ah que todas estas bondades fueron en daño mío, y no

 

sirvieron más que para dar pábulo a mi malicia! Al verme en tanta supremacía creíme exento de sumisión;

 

creí que dando un paso más, de tal manera me sobrepondría a todo, que me hallaría en el mismo instante

 

libre de la inmensa deuda que para siempre tenía empeñado mi reconocimiento. Pesada es la obligación que

 

aun pagada nunca se satisface; pero yo olvidaba cuanto incesantemente recibía, sin comprender que un p e -

 

cho agradecido no debe por ser deudor, y que continuamente está pagando, porque a la vez que contrae la

 

obligación, pone el desquite. ¿Qué violencia, pues, tenía que soportar?

 

«¡Oh, si su poderosa voluntad hubiera hecho de mí un ángel de ínfima condición! No habría aún dejado

 

de ser feliz, porque no me hubieran desvanecido tanto mis quiméricas esperanzas. ¿Y por qué no? Cua l -

 

quiera otra de las grandes Potestades hubiera aspirado a la misma soberanía y arrastrándome a mí por h u -

 

milde tras su partido. Sin embargo, ninguno de los demás cayeron; todos opusieron resistencia a la tent a -

 

ción, armándose por dentro como por fuera. Y ¿no tenías tú la misma voluntad, el mismo poder para resi s -

 

tir? Sí que tenías. ¿De quién pues, te quejas? ¿A quién acusas, más que a ese libre amor, don de los cielos,

 

que arde igualmente en todos los corazones?

 

«¡Maldecido amor, o maldecido odio, que tanto valen para mí uno como otro, dado que es eterna mi de s -

 

ventura! Aunque el maldito eres tú, tú mismo, que siendo árbitro de tu voluntad, voluntariamente elegiste lo

 

que hoy motiva tu justo arrepentimiento. ¡Ah miserable! ¿Por dónde huiré de aquella cólera sin fin, o de

 

esta también infinita desesperación? Todos los caminos me llevan al infierno. Pero ¡si el infierno soy yo!

 

¡Si por profundo que sea su abismo, tengo dentro de mí otro más horrible, más implacable, que a todas h o -

 

ras me amenaza con devorarme! Comparado con él, este en que padezco me parece un cielo.

 

«¡Ah!, demos tregua al orgullo. ¿No habrá medio de arrepentirse, medio de ser perdonado? Lo hay en la

 

sumisión; mas ¿cómo consentirá mi altivez que me humille así en presencia de mis inferiores, de los mi s -

 

mos a quienes seduje, prometiéndoles que lejos de someterme jamás subyugaría al Omnipotente? ¡Ay de

 

mí! ¡Cuán ajenos están de figurarse lo cara que pago mi jactanciosa temeridad y los tormentos que int e -

 

riormente me aquejan mientras ellos adoran mi infernal trono! Esta diadema, este cetro que tanto me han

 

encumbrado, sólo sirven para hacer más ignominiosa mi caída; sólo en ser más miserable consistirá mi s u -

 

premacía, que no otro será el triunfo de mi ambición.

 

«Y aun cuando fuera posible mi arrepentimiento, y que perdonado ya, pudiera recobrar mi primer estado

 

¡qué de elevados designios no volvería a sugerirme mi elevación! ¡qué tardaría mi hipócrita humildad en

 

faltar a sus juramentos contemplándolos nulos, como impuestos por el dolor y arrancados por la violencia!

 

Ni, ¿qué sincera reconciliación ha de caber donde un odio mortal ha abierto tan profunda herida? En reinc i -

 

dencia, por el contrario, me precipitaría en mayor mismo; pagaría cara esta breve tregua a costa de redoblar

 

mis méritos; y como nada de esto se oculta al que me condena, tan lejos está él de perdonarme, cuanto yo

 

de solicitar su misericordia. Así que ninguna esperanza resta: en lugar de nosotros, expulsados de nuestra

 

patria, ha creado al Hombre, en quien tiene puestas sus delicias, y para el Hombre este mundo. Renuncio,

 

pues, a la esperanza, y con ella al temor, al remordimiento. No hay ya para mi bien posible; tú ¡oh mal! s e -

 

rás ido mi bien en lo sucesivo; por ti a lo menos reinaré conjuntamente con el Señor del Cielo, y quizás me

 

quepa por reino la tetad del Universo, como el Hombre y ese nuevo mundo lo Cimentarán en breve.»

 

Mientras hablaba así, cruzaban sombrías pasiones por su semblante: tres veces lo alteraron la cólera, la

 

envidia y la desperación, que sucesivamente lo fueron desfigurando; y a pesar de las apariencias con que se

 

disfrazaba, se le hubiera conocido a la simple vista; porque jamás empaña nube alguna la radiante faz de los

 

 

 

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bienaventurados. Pero él, que se observo al punto, cambió en tranquilo exterior todos sus afectos, y tan

 

diestro en ardides, que no tenía igual en dar a la falsedad el aspecto de la virtud, encubrió la malicia con

 

que preparaba su venganza, aunque no lo bastante para engañar al, que estaba ya prevenido. Había el A r -

 

cángel seguido inmediatamente todos sus pasos; lo había visto en el monte Asirio consumido de una i n -

 

quietud poco propia de los espíritus celestes pues creyendo que nadie lo veía ni vigilaba en sus demostr a -

 

ciones y en sus descompuestos ademanes claramente mostrada la exaltación que dominaba su amo.

 

Siguió pues su camino acercándose a los términos del Edén, donde se descubre el verde valladar, con

 

que, a semejanza de cerca campestre corona el delicioso Paraíso, próximo ya, la solitaria eminencia de una

 

escabrosa colina y su áspera pendiente rodeada de enmarañados y espesos bosques, que la hacen inacces i -

 

ble. Sobre su cumbre se elevan a desmedrada altura multitud de cedros, pinos, abetos y pomposas palmeras,

 

vergel agreste, donde el ramaje entrelazado, multiplicando las sombras, forma un vistoso y magnífico anf i -

 

teatro. Dominando las copas de los árboles, alzaba sus verdes muros el Paraíso, desde el cual se ofrecía a

 

nuestro común padre la inmensa perspectiva que al pie y en torno de sus risueños dominios se dilataba; y

 

sobre los muros, en línea circular, se ostentaban los más hermosos árboles, cargados de las más exquisitas

 

frutas; y frutas y flores brillaban a la vez con los reflejos del oro y de los encendidos colores que las e s -

 

maltaban; mientras el sol posaba en ellas sus rayos, más complacido que en las bellas nubes del Ocaso o en

 

el arco que nace de la lluvia, enviada por Dios a refrigerar la tierra.

 

Tan encantador le parecía aquel sitio a Satán. Purificábase doblemente el aire a medida que se acercaba a

 

él, hinchándole el corazón de deleite, de aquel gratísimo bienestar con que la primavera ahuyenta toda tri s -

 

teza, como no sea la de la desesperación. Agitando sus fragantes alas, esparcían los vientos los perfumes

 

que naturalmente atesoran, y revelaban en su murmullo dónde habían adquirido las balsámicas esencias que

 

prodigaban; y como el navegante que traspone el cabo de Buena Esperanza, y al dejar atrás a Mozambique

 

siente el dulce halago de los vientos del nordeste, y los aromas de Saba que le envía la Arabia feliz desde

 

sus odoríferas riberas, y se complace enajenado en caminar más lentamente, para recibir el suave aliento

 

que sonriendo exhala de lejos el Océano, así aspiraba el pérfido Enemigo el delicioso ambiente que iba d e -

 

terminado a emponzoñar, aunque gozándose en él más que Asmodeo con el maligno vapor que lo alejó,

 

enamorado, y todo de la esposa del hijo de Tobías, huyendo a impulsos de su venganza desde la Media a

 

Egipto, para quedar allí rigurosamente aprisionado.

 

Iba pues pensativo y lentamente subiendo Satán por la empinada y áspera colina, sin hallar camino alg u -

 

no entre los enmarañados zarzales y malezas que estorbaban el paso a hombres y animales. Una sola puerta

 

tenía el Paraíso, y miraba a oriente, hacia el lado opuesto; lo cual, advertido por el príncipe infernal, sin h a -

 

cer caso de ella y como por menosprecio, salvó de un ligero salto el valladar de la colina y su mayor altura,

 

y cayó en el fondo interiormente. A la manera que un lobo rapaz obligado por el hambre a rastrear una nu e -

 

va presa, acecha los lugares del campo en que los pastores encierran por la noche sus ganados, creyéndolos

 

seguros, y salta por encima del redil, cayendo en medio del rebaño, o como el ladrón que para dar con el

 

escondido tesoro de un rico ciudadano, preservado de todo asalto dobladas puertas, hierros y cerrojos, se

 

desliza furtivamente por las ventanas o por las techumbres; tal se introdujo en el campo de Dios aquel ma l -

 

vado, como se introdujeron después mercenarios viles en su templo. Vuela de allí al árbol de la vida, que

 

estaba en medio y sobresalía entre todos los demás, y pósase en él transformado en buitre; y no para proc u -

 

rarse nueva vida, sino para idear la muerte de los que vivían; no para aprovecharse de la virtud de aquel á r -

 

bol, sino de su fruto, que no abusando de él, era prenda segura de inmortalidad; tan cierto es que sólo Dios

 

conoce el justo valor del bien presente, y que por el abuso o el mal empleo se pervierten las mejores cosas.

 

Inclina luego al suelo sus miradas, y contempla las nuevas maravillas, los tesoros con que la naturaleza

 

brinda a los sentidos del hombre en aquel estrecho recinto, en aquella tierra, que más bien es abreviado

 

cielo.

 

Jardín de Dios era en efecto el bellísimo Paraíso, puesto al oriente de Edén, que se extendía desde Aurán,

 

hasta las soberbias torres de la gran Seleucia, construidas por los reyes griegos y hasta Talasar, que sirvió

 

mucho antes de morada a los hijos de Edén. En aquel delicioso país estableció Dios su jardín, haciéndolo

 

más encantador aún y extrayendo del fértil seno de la tierra los árboles más agradables a la vista, al olfato y

 

al paladar, entre los cuales sobresalía por su altura el árbol de la vida y ostentaba sus frutos de ambrosía y

 

oro vegetal. No lejos se veía el árbol de la ciencia, nuestra muerte, de la ciencia del bien, que tan caro nos

 

costó, dándonos a conocer el mal.

 

 

 

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Al mediodía, y atravesando el Edén, bajaba un anchuroso río, que sin torcer su corriente, pasaba, sume r -

 

giéndose, por debajo del agreste monte, colocado allí por Dios y levantado sobre las raudas ondas como

 

término del Paraíso. Incitada de dulce sed la esponjosa tierra, absorbía por sus venas las aguas hasta la

 

cumbre de donde manaba una fuente cristalina que esparcía por todas partes multitud de arroyos; juntos los

 

cuales, se precipitaban desde una altura, y acrecentando el río que salía de su tenebroso cauce, dividíalo en

 

cuatro corrientes principales que con diverso rumbo recorrían vastas comarcas, celebérrimos imperios de

 

que no es menester hacer mención. Preferible sería pintar, si el arte llegase a tanto, cómo los bullidores

 

arroyos que nacían de aquella fuente de zafiro, saltando entre orientales perlas y arenas de oro, a la sombra

 

de los árboles que sobre ellos se inclinaban, difundían el néctar de sus aguas y acariciaban todas aquellas

 

plantas, y nutrían flores dignas del Paraíso; flores que un arte sutil no había dispuesto en regulares líneas ni

 

en vistosos ramos; la espléndida naturaleza las prodigaba por colinas y valles y llanuras, unas abriéndose a

 

los primeros rayos del sol, otras resguardadas en impenetrable sombra para mejor preservarse del resistero

 

del mediodía.

 

Tal era aquel delicioso sitio, mansión campestre y encantadora, de rico y variado aspecto, de bosques c u -

 

yos árboles destilaban balsámicas y olorosas gomas, o de los que pendían frutos esmaltados de luciente oro,

 

y exquisitos por su labor; que no en otra parte debió existir el jardín de las Hespérides, si su fábula fuese

 

cierta. A trechos se descubrían mesetas de verdes prados, con rebaños que pastaban la verde hierba, colinas

 

cubiertas de palmeras, valles cuya fertilidad aumentaban las corrientes de agua; flores de todos matices r o -

 

sas que no conocían espinas. Por otro lado grutas umbrías y cavernas de sin igual frescura que ocultaban

 

entre sus pámpanos la risueña vid cargada de purpúreos racimos y trepando a lo alto para lucir su gentil y

 

fecunda gala; y al propio tiempo parleras cascadas que de las empinadas cumbres se desprendían, espa r -

 

ciendo unas veces y juntando otras sus aguas en transparente lago donde como en su espejo se retrataban

 

coronadas de mirtos sus ondulantes márgenes. Las aves prorrumpían a una en sus gorjeos, y las primaver a -

 

les brisas difundiendo la fragancia de los campos y los bosques asociaban sus murmullos al del trémulo r a -

 

maje, mientras ejercitaba sus danzas festivas Pan, numen universal, rodeado de las Gracias y las Horas, y

 

seguido de una perpetua primavera. No era tan delicioso el Enna por donde Proserpina iba cogiendo flores,

 

cuando ella, flor más hermosa aún, fue arrebatada por el tenebroso Plutón y ocasionó a su madre el dolor de

 

buscarla por el mundo todo. Ni era tan apacible la floresta de Dafne, junto al Oronte; ni la que bañaba la

 

inspiradora fuente de Castalia; ni la isla Nisea, cercada del río Tritón donde el viejo Cam, a quien los ge n -

 

tiles llaman Ammón y los de la Libia Júpiter, ocultó a Amaltea y a su sonrosado hijo, el niño Baco, de la

 

vista de su madrastra Rhea. El mismo monte Amara, en que los reyes de Abisinia guardaban a sus hijos,

 

tenido por algunos como el verdadero paraíso, situado en la Etiopía, cabe las fuentes del Nilo, aquel esca r -

 

pado monte, puesto entre rocas de alabastro, que no podía subirse en todo un día, en manera alguna podía

 

compararse con este jardín de Asiria, donde el príncipe infernal vio con desplacer tantos placeres juntos y

 

tantas especies de vivientes seres, nuevas para él y desconocidas.

 

Dos de ellos de más noble figura, de cuerpo recto y elevado, recto como el de los dioses, ostentando una

 

dignidad natural y una desnudez majestuosa, parecían los señores de aquel imperio, y se mostraban dignos

 

de serlo. En sus celestiales miradas resplandecía la imagen de su Creador, la verdad, la inteligencia, la sa n -

 

tidad pura y severa, que no excluía la verdadera libertad filial, de que procede la autoridad humana. No eran

 

iguales ambos ni parecían de un mismo sexo: él, nacido para la reflexión y el valor; ella para la dulzura y la

 

gracia seductora; él, sólo para Dios, ella para Dios y para él. La frente hermosa y ancha del uno y su subl i -

 

me mirada indican su autoridad suprema; sus cabellos de color de jacinto, partidos por mitad caen en var o -

 

niles bucles sobre sus hombros, pero sin pasar de ellos; la cabellera de la otra, de largas hebras doradas,

 

extendida como un velo, desciende ondulando hasta su delicado talle, y se recoge en multitud de anillos,

 

como se enredan los de las vides, emblema de dependencia, impuesta con el más tierno ascendiente, oto r -

 

gada por ella, recibida por él y consagrada con actos de espontánea sumisión, de modesta resistencia y de

 

esquivez tan dulce como amorosa. No había entonces en ellos parte alguna velada ni secreta; no conocían el

 

falso pudor, ni la vergüenza que mancillaba las obras de la naturaleza. Infame vergüenza, hija del pecado;

 

¡qué de zozobras causaste a la humanidad con esa mentida apariencia de pureza, privándonos de la mayor

 

ventura de la vida, la sinceridad del corazón, la paz inmaculada de la inocencia!

 

Iban así ambos mostrando su desnudez, y como ignorantes del mal, sin ocultarse de las miradas de Dios

 

ni las de los ángeles. Iban asidos de las manos, como dos almas las más enamoradas que unió jamás en sus

 

 

 

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vínculos amor: Adán el más bello de los hombres que fueron sus hijos, y Eva la más hermosa de las muj e -

 

res. Sentáronse en el mullido césped, a la sombra de una espesura que exhalaba perfumadas auras, y cerca

 

de una cristalina fuente. Habíanse ejercitado en el cultivo de su querido jardín cuanto bastaba a hacerles

 

después grata la fresca impresión del céfiro, y más dulce el reposo y más refrigerante la satisfacción de la

 

sed y el hambre. Sirviéronse de los frutos que eran su comida, frutos sabrosísimos que doblándose las r a -

 

mas les ofrecían, y descansaban recostados sobre el blando musgo, tapizado de brillantes flores. De la co r -

 

teza de los frutos que habían gustado, hacían vasos para apagar la sed con el agua del arroyo que rebosaba;

 

y no faltaban en aquel banquete dulces requiebros ni cariñosas sonrisas, naturales en esposos dichosamente

 

unidos por el vínculo nupcial y que se veían a solas.

 

Alrededor de ellos jugueteaban todos los animales terrestres, que por su ferocidad fueron después pers e -

 

guidos en bosques y desiertos, en montes y cavernas. Allí triscaba el león, meciendo suavemente entre sus

 

garras al corderillo; osos, tigres, panteras y leopardos retozaban alegres en su presencia. Para divertirlos,

 

desplegaba allí el monstruoso elefante todas sus fuerzas, retorciendo a uno y otro lado su flexible trompa;

 

deslizábase hacia ellos la lisonjera serpiente, enroscando en complicados nudos sus escamas, y dando ya

 

indicios de su fatal malicia, no conocida aún; y otros animales yacían sobre la hierba, unos que habiendo

 

acabado de pastar fijaban los ojos con mirada inmóvil, otros que estaban rumiando y adormecidos; porque

 

ya el sol iba declinando y apresurando el fin de su curso hacia las islas del Océano, y los astros precursores

 

de la noche subían por la ascendente escala del cielo, a tiempo que Satán, dominado del mismo asombro

 

que al principio y sin poder apenas recobrar su desfallecida voz exclamaba así: «¡Oh Infierno! ¡Qué triste

 

espectáculo se ofrece ante mis ojos! ¿Posible es que ocupen nuestro dichoso lugar y tan bienaventurados

 

sean esos seres de otra especie, nacidos quizá de la tierra, que no son espíritus, y sin embargo tan poco se

 

diferencian de los brillantes espíritus celestiales? No puedo contemplarlos sin asombro, y aun creo que p o -

 

dría amarlos; tan perfecta es su semejanza con la divinidad, y tal gracia ha comunicado a sus formas la m a -

 

no de que han salido. ¡Oh, bellísimas criaturas! No podéis figuraros el cambio a que estáis ya expuestos, y

 

cuán pronto se trocará en desdicha vuestro bienestar; desdicha tanto mayor, cuanto más felices os juzgáis

 

ahora. Bienaventurados sois; pero poca defensa tiene vuestra bienaventuranza para que dure mucho; y esa

 

mansión sublime, vuestro cielo, no tiene toda la fortaleza que necesita un cielo para resistir al enemigo que

 

ahora penetra en él. Yo no soy enemigo vuestro, antes bien os compadezco al veros así abandonados y a

 

pesar de la ninguna compasión que conmigo se ha tenido. Quiero formar alianza con vosotros, contraer una

 

amistad tan íntima y tan estrecha, que en lo sucesivo viva yo con vosotros, o vosotros viváis conmigo. No

 

os parecerá mi mansión tan agradable como este risueño Paraíso; pero la aceptaréis, porque al fin es obra de

 

vuestro Hacedor; él me la cedió a mí, y con igual generosidad os la cedo yo a vosotros. El infierno abrirá de

 

par en par sus puertas para recibiros, y a recibiros saldrán también todos sus magnates. No os veréis allí r e -

 

ducidos a tan estrechos límites como estos, y tendréis suficiente espacio para vuestra innumerable desce n -

 

dencia. Si el lugar no es más delicioso, quejaos del que me obliga a tomar venganza de sus ofensas en v o -

 

sotros, que no me habéis ofendido; y aunque vuestra cándida inocencia me inspire piedad, como en efecto

 

me inspira, el público bien, que es preferible, y el honor de un imperio que, gracias a mi venganza, ensa n -

 

chará sus límites con la conquista de un nuevo mundo, me obligan a hacer lo que de otra suerte, aun esta n -

 

do condenado, me repugnaría.»

 

Así discurría Satán, excusando con la necesidad, que es la razón de los tiranos, sus diabólicos proyectos;

 

y descendiendo de la alta cima del árbol en que se había colocado, se introduce entre la bulliciosa turba de

 

los cuadrúpedos, toma ya una, ya otra de sus formas, según convenía mejor a sus designios; Observa de

 

cerca su presa sin ser notado, y presta atención a sus palabras, y espía sus acciones para averiguar cuanto

 

deseaba saber sobre su estado. Tan pronto como león de fiero aspecto, da vueltas alrededor de ellos; o c o -

 

mo tigre que descubre casualmente a orillas de un bosque dos tiernos cervatillos retozando, se agacha co n -

 

tra la tierra y luego se levanta, y se mueve inquieto, a semejanza del enemigo que busca dónde mejor e m -

 

boscarse, y por fin se lanza sobre ellos para asirlos a la vez, a cada uno con una garra. En esto Adán, el

 

primer hombre, dirigiendo la palabra a Eva, la mujer primera, hizo que Satán se volviese todo oídos para

 

escuchar aquel lenguaje para él tan nuevo.

 

«¡Oh mi única compañera, que eres parte de mi ser y el más querido de todos cuantos me rodean! ¡Cuán

 

infinitamente bueno es ese nuestro Hacedor, que además ha hecho todo este vasto mundo para nosotros, y

 

que se muestra tan liberal de sus bondades como poderoso e infinito en su grandeza! Nos ha sacado del

 

polvo y puesto aquí, en medio de tanta felicidad, cuando nada merecíamos de su mano, cuando nada pod e -

 

 

 

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mos hacer que él necesite; y en cambio sólo un precepto nos impone, sólo un deber fácil de cumplir: de t o -

 

dos los árboles de este Paraíso, que tan varios y deliciosos frutos nos ofrecen, únicamente nos prohíbe gu s -

 

tar del árbol de la ciencia, plantado junto al árbol de la vida. Cerca, pues, de la vida está la muerte; y que

 

ésta sea cosa terrible, no admite duda, pues sabes bien cómo el Señor ha dicho que el fruto de ese árbol es

 

la muerte; única prohibición que ha impuesto a nuestra obediencia, en medio de tantos dones como nos ha

 

otorgado, y de tan gran poder y supremacía como nos concede sobre todas las criaturas que pueblan la ti e -

 

rra, los aires y los mares. No nos parezca, por lo tanto, penosa semejante privación, teniendo, cual tenemos,

 

libertad para gozar de todo lo demás y para escoger entre tantos y tan varios deleites el que prefiramos; y

 

así alabemos al Señor y agradezcámosle sus bondades, prosiguiendo en la grata ocupación de podar estos

 

tiernos árboles, y cultivar estas flores, trabajo que aun cuando fuera más penoso, a tu lado sería muy du l -

 

ce.»

 

Y Eva le replicó de este modo: «¡Oh tú, de quien soy y para quien he sido formada, carne de tu carne,

 

único objeto de mi existencia, que eres mi guía y mi superior! Justo y razonable es cuanto has dicho, pues

 

debemos al Señor incesantes alabanzas y agradecimiento; y yo más particularmente, porque gozo de mayor

 

suma de felicidad al gozarte a ti, cuya supremacía es de tal naturaleza, que no hallarás cosa que se te iguale.

 

Acuérdome a cada instante de aquel día en que despertando del sueño por primera vez me vi reclinada en

 

una umbría sobre las flores, admirada de mí, sin saber quién era, ni dónde estaba, ni de dónde o cómo había

 

venido. No lejos de allí, de lo interior de una gruta, nacía murmurando un arroyuelo, que esparciendo su

 

líquida corriente quedaba después inmóvil y tan puro como la bóveda del cielo. Dirigíme a él con toda la

 

irreflexión de mi inexperiencia, y me tendí en su verde orilla para contemplar aquel terso y brillante lago,

 

que se asemejaba a otro firmamento; mas al inclinarme sobre él, vi que de pronto enfrente de mí dentro del

 

agua, aparecía una figura que también se inclinaba para mirarme. Retrocedí asustada; ella retrocedió as i -

 

mismo; plúgome acercarme de nuevo; plúgole a ella acercarse igualmente y dirigirme también sus miradas

 

con el mismo interés y amor. Hasta ahora la hubiera estado contemplando, llevada de una vana afición, si

 

no hubiera sonado una voz que me dijo: «Eso que ves, eso que estás contemplando, hermosa criatura, eres

 

tú misma; como tú aparece y desaparece; pero ven, y te llevaré adonde no sea una sombra el ser que anhela

 

gozar de tu vista y de tus dulces brazos, el ser cuya imagen eres y de quien gozarás también en inseparable

 

unión. Tú le darás una multitud de criaturas parecidas a ti, por lo que serás llamada madre de la especie

 

humana.» ¿Qué había yo de hacer sino seguir ciegamente al que sin ser visto me atraía de aquella suerte?

 

Di algunos pasos, y te descubrí, tan bello y esbelto como eres, debajo de un plátano, aunque debo co n -

 

fesarte que no me pareció al pronto su belleza tan dulce, tan seductora como la del lago. Traté de huir, pero

 

tu me seguiste, gritando: «Vuelve acá, hermosa Eva. ¿De quién huyes? ¿Huyes de mí, siendo mía, siendo

 

mi carne, mis propios huesos? Para darte la existencia, he cedido una parte de mí mismo; de lo más próx i -

 

mo a mi corazón ha salido la sustancia de tu vida; y para tenerte siempre a mi lado, dulce consuelo mío,

 

mitad de mi alma, te estoy buscando; que sin ti, mi ser se vería incompleto.» Y tu cariñosa mano asió la

 

mía, y cedí a tu anhelo, y comprendí desde entonces cuánto la gracia varonil excede a la de la belleza, cuán

 

superior es la inteligencia a toda otra hermosura.»

 

Así habló nuestra primera madre. y con miradas de casta seducción conyugal, y con el más tierno aba n -

 

dono, medio abrazándolo se apoya en nuestro primer padre, a quien hizo sentir la leve presión de su tu r -

 

gente seno, velado en parte por las rizadas ondas de su áurea caballera. Enajenado él a la vista de tal beldad

 

y de tan dóciles encantos, sonreíase henchido de amor como sonríe Júpiter a Juno cuando fecundiza las n u -

 

bes que siembran las flores de Mayo sobre la tierra; y selló los labios de Eva con un ósculo purísimo.

 

Apartó Satán la vista lleno de envidia; y dirigiéndoles de soslayo una mirada maligna y rencorosa exclamó

 

interiormente así: «¿Hay espectáculo más odioso e insufrible? ¿Han de gozar encantados éstos, uno en br a -

 

zos de otro, de delicias superiores a las del Edén, y han de disfrutar tal cúmulo de venturas mientras yo vivo

 

sumido en el infierno, donde no existe placer ni amor, sino un violentísimo deseo, que no es por cierto el

 

menor de nuestros tormentos, deseo que no pueden consumar ni satisfacer tantas penas y martirios? Mas no

 

debo echar en olvido lo que he llegado a saber de sus propios labios: no pueden disponer de todo a su v o -

 

luntad; hay aquí un árbol fatal, llamado de la ciencia, cuyo fruto se les prohíbe. Estáles, pues, vedada la

 

ciencia, lo cual es sospechoso y contrario a la razón. ¿Por qué su Señor les evita esa ciencia? ¿Si será un

 

delito el saber, si será la muerte? ¿Si toda su existencia se cifrará en su ignorancia y su dicha en esta prueba

 

de obediencia y de fidelidad? ¡Oh!, ¡qué bello descubrimiento para fraguar su ruina! Encenderé en su án i -

 

mo un vivo deseo de saber, de infringir ese envidioso mandamiento, inventado sin duda para mantener en la

 

humillación a unos seres cuya inteligencia los sublimaría al igual de los dioses. Pues bien: aspirando a esta

 

 

 

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gloria gustarán de ese fruto, y morirán. ¿No es probable que suceda así? Pero antes es menester examinar

 

muy prolijamente este jardín y recorrer hasta sus últimos escondrijos. Una casualidad, una dichosa casual i -

 

dad puede conducirme al sitio donde halle, bien a orillas de una fuente, bien al abrigo de una sombría esp e -

 

sura, alguno de esos espíritus celestiales que me ilustre respecto a lo que falta averiguar. Vivid pues, felices

 

amantes, mientras podáis; gozad durante mi ausencia de esos breves placeres, a los que sobrevendrán largas

 

desventuras.»

 

Acabado de decir esto, se puso en marcha con arrogante y desdeñoso paso, aunque con astuta precaución,

 

recorriendo bosques, colinas, valles y llanuras. Descendía entretanto lentamente el Sol hacia el punto e x -

 

tremo en que el cielo parece tocar con el mar y con la tierra, y sus rayos, extendiéndose hasta el ocaso, r e -

 

flejaban en la puerta oriental del Paraíso. Era ésta una roca de alabastro, que se alzaba hasta las nubes y que

 

a larga distancia se descubría, accesible del lado de la tierra por medio de una subida que conducía a su alta

 

entrada: el resto lo formaba un escarpado risco, imposible de superar. Entre ambas pilastras de la roca se

 

hallaba sentado Gabriel, caudillo de las guardas angelicales, esperando la llegada de la noche; y alrededor

 

se ejercitaba en heroicos juegos la joven milicia del cielo desarmada, pero conservando a mano sus esc u -

 

dos, yelmos y lanzas, pendientes en pabellones y ostentando el brillo deslumbrador de sus diamantes y oro.

 

De repente, envuelto en un rayo de sol y atravesando la claridad del crepúsculo, aparece Uriel, rápido como

 

una estrella que se desliza en otoño durante la noche, cuando henchidos los aires de inflamados vapores,

 

muestran al navegante el punto desde donde se lanzarán contra él los vientos desencadenados; y apresur a -

 

damente empezó a decir: «Gabriel, pues tienes a tu cargo la guarda y vigilancia de esta mansión venturosa,

 

para impedir que nada malo se acerque aquí ni penetre en ella, sabe que hoy mismo, en la mitad del día,

 

llegó a mi espera un espíritu, deseoso al parecer de contemplar las maravillas más admirables del Omnip o -

 

tente, y sobre todo al Hombre, última criatura hecha a su imagen. Le indiqué el camino que con mayor r a -

 

pidez podía seguir; observé la dirección de su vuelo, y al verlo detenerse en la montaña que cae al norte del

 

Edén, noté que sus miradas eran poco propias del cielo y que había en ellas algo de sombrío. Lo seguí con

 

la vista, pero lo he perdido entre estas espesuras; y temo no sea alguno de los espíritus rebeldes, que salido

 

del abismo, venga a suscitar aquí nuevas perturbaciones: tú cuidarás de descubrir dónde se oculte.»

 

Y el alado guerrero le respondió: «No me admira, Uriel, que residiendo tú en la brillante esfera del sol,

 

abarques con tu penetrante mirada inmensas distancias y profundidades. Nadie puede burlar la vigilancia

 

que aquí se ejerce, pasando por esta puerta, sino quien conocidamente proceda del cielo; y del mediodía

 

hasta ahora no se ha presentado ser alguno celestial. Si otro de diferente naturaleza, como el que tú has de s -

 

crito, ha traspasado estos límites terrestres con algún designio, ya conoces cuán difícil es oponer obstáculos

 

materiales a una sustancia divina; mas cualquiera que sea la forma con que se encubra ese que dices, si se

 

ha introducido dentro del recinto de estos muros, lo hallaré mañana al rayar el día.» Con esta promesa vo l -

 

vió Uriel a su región, llevado por el mismo rayo luminoso cuyo más elevado extremo le hizo descender con

 

mayor rapidez al sol, que en aquella hora llegaba debajo de las Azores, fuese porque a impulso de una i n -

 

creíble velocidad hubiera ya terminado su diario curso, fuese porque la tierra, girando menos acelerada y

 

abreviando su curso hacia el Oriente, dejase a aquel astro iluminar con sus purpúreos y áureos fulgores las

 

nubes que rodean su trono en el Ocaso.

 

Llegó por fin la tranquila Noche, y el pardo Crepúsculo cubrió el mundo con su triste manto. Seguíalo el

 

Silencio y animales y aves se retiraban, ellos a sus guaridas, éstas a sus nidos, todos enmudecieron, menos

 

el vigilante ruiseñor que empleaba la noche en ensayar sus amorosos e incesantes trinos. ¡Qué encanto tenía

 

el silencio! Poblábase de resplandecientes zafiros la bóveda del firmamento; y Héspero, caudillo de la e s -

 

trellada hueste, se distinguía por lo luminoso, hasta que apareciendo la luna, reina de pálida majestad, o s -

 

tentó su incomparable brillo y ahuyentó las tinieblas con su planeta luz. A este tiempo Adán conversaba así

 

con Eva: «Querida esposa mía: esta hora de la noche y los seres todos que se entregan al descanso, nos

 

brindan con igual reposo. Para el hombre ha establecido Dios el trabajo y el descanso, como la alternativa

 

del día y de la noche; y el rocío del sueño, que tan oportunamente hace sentir ahora su dulce peso a nue s -

 

tros ojos, viene a cerrar nuestros párpados. Las demás criaturas que durante el día vagan ociosas y sin cu i -

 

dado, tienen menos necesidad de reposo, menos que el hombre, que da ocupación diaria a su cuerpo e int e -

 

ligencia en lo cual prueba su dignidad, y el galardón con que recompensa el cielo sus acciones, porque los

 

otros animales no ejercitan así su actividad, ni Dios toma en cuenta lo que ejecutan. Mañana, antes que la

 

fresca aurora anuncie en el oriente la proximidad del día, deberemos levantarnos, y volver a nuestro agr a -

 

dable trabajo, aclarando aquella enramada, y más allá desembarazando las verdes calles por donde pase a -

 

 

 

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remos al mediodía, pues nos estorba la espesura del ramaje que esteriliza todas nuestras faenas, y que r e -

 

quiere más número de manos, si ha de atajarse su desmedida exuberancia; al paso que debemos también

 

limpiar la tierra de las flores caídas y de las gomas que han destilado sobre ella, porque únicamente sirven

 

para afearla y obstruirla impidiéndonos caminar con facilidad. Entretanto la naturaleza quiere y la noche

 

manda que descansemos.»

 

A lo cual Eva, hermosísima criatura, respondió: «Dueño mío, de quien procedo: lo que tú mandes obed e -

 

ceré sumisa; Dios lo ha dispuesto así; Dios es tu ley, tú la mía y en no excederse de ella consiste toda la

 

ciencia todo el mérito de la mujer. Embelésanme tus palabras hasta el punto de hacerme olvidar el tiempo,

 

sus mudanzas y el transcurso del día, porque contigo todo es igualmente agradable para mí. Agradable es el

 

ambiente de la mañana, dulces sus labores y los primeros cánticos de las aves; hermoso el sol cuando en

 

este amenísimo jardín derrama sus orientales destellos sobre el césped, los árboles, los frutos y las flores

 

esmaltadas por el rocío; exhala aromas la tierra, fecundada por mansas lloviznas, y es encantadora la paz de

 

la tarde, como el silencio de la noche en que sólo se oye la voz solemne de su cantor, y como la belleza de

 

la luna y todas esas esmeraldas del cielo que forman su luminosa corte. Pero ni el fresco ambiente de la

 

mañana, ni los primeros cantos de las aves ni el sol que inunda este jardín ameno, ni los céspedes, frutos y

 

flores esmaltadas por el rocío, ni el perfume que tras mansa llovizna embalsama la tierra, ni la apacible ta r -

 

de y la deliciosa noche con su cantor solemne, ni el pasear a la luz de la luna o a la trémula claridad de las

 

estrellas, nada hay para mí tan dulce como tú mismo. Mas ¿por qué esos astros están luciendo toda la n o -

 

che? ¿Para quién es ese magnífico espectáculo si tiene cerrado el sueño todos los ojos? »

 

«Hija de Dios y el Hombre, Eva hermosa, replicó nuestro primer padre; esos astros que giran alrededor

 

de la tierra llevan de una en otra región su luz que ha de alumbrar aún a naciones que todavía no existen, y

 

que brilla apareciendo y ocultándose para evitar que la noche, envolviéndolo todo en su oscuridad, recobre

 

su antiguo imperio y prive de la vida a toda la naturaleza. Y no sólo esparcen claridad esos templados a s -

 

tros, sino que con su benigno calor diferentemente graduado lo vivifican, calientan, templan y mantienen

 

todo, o comunican parte de su virtud interior a los demás seres a todas las producciones de la tierra, disp o -

 

niéndolas a recibir del sol con mayor eficacia su cabal acrecentamiento. Y aunque en la profunda noche

 

falte quien los contemple, no por eso resplandecen en vano; porque no pienses que aun dado que el hombre

 

no existiera, dejaría ese cielo de tener admiradores, ni Dios quien le tributase alabanzas; que mientras v e -

 

lamos, mientras dormimos recorren invisibles la tierra millones de criaturas espirituales, y día y noche al a -

 

ban sin cesar y contemplan las obras del Creador. ¡Cuántas veces desde la cumbre de la sonora montaña o

 

de lo interior de los bosques llegan a nosotros voces celestiales a la mitad de la noche, que ya solas, ya re s -

 

pondiéndose unas a otras, ensalzan al Omnipotente! Con frecuencia se oyen sus coros y nocturnas veladas,

 

y al divino son de los instrumentos que acompañan sus melodías, media la noche su espacio, y se elevan al

 

cielo nuestros pensamientos.»

 

Así iban los dos discurriendo, y asidos uno a otro de la mano, entran solos en su deliciosa gruta. Era un

 

sitio elegido por el soberano Señor, y dispuesto de manera, que nada echase allí de menos el Hombre de

 

cuanto pudiera deleitarlo. Formaban el laurel y mirto entrelazados una tupida bóveda de fuertes y olorosas

 

hojas; el acanto y toda especie de arbustos aromáticos, un verde muro por uno y otro lado, que adornaban

 

como rico mosaico mil y mil flores brillantes, el iris con sus tornasoladas tintas, las rosas y el jazmín unidas

 

a sus esbeltos tallos. Los pies descansaban sobre un lecho de violetas, de azafrán y de jacintos, que c u -

 

briendo el suelo como vistoso pavimento, hacían resaltar sus colores, más vivos que los de las piedras más

 

preciosas. Ninguna otra criatura, aves, cuadrúpedos ni reptiles, osaba acercarse allí: tal era el respeto que

 

inspiraba el Hombre; y jamás se ideó mansión tan umbría, sagrada y solitaria que sirviese de templo al dios

 

Pan o a Silvano, ni a las Ninfas y Faunos, númenes de las selvas.

 

Allí, en aquel apartado retiro, entre flores, guirnaldas y perfumadas yerbas, se desposó Eva embellecie n -

 

do su lecho nupcial por primera vez; y los coros celestiales cantaron su himeneo el día en que su ángel t u -

 

telar la entregó a nuestro primer padre, más ataviada, más encantadora en medio de su desnudez que Pand o -

 

ra, en quien los dioses apuraron todos sus dones, cuando, ¡oh, fatal semejanza en la desventurada!, cuando

 

llevada por Hermes al insensato hijo de Jafet, sedujo con sus dulces miradas al género humano para ve n -

 

garse del que había robado el primitivo fuego de Jove.

 

 

 

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Llegado, pues, que hubieron a su umbrosa gruta, se detuvieron ambos, y volviendo los ojos al firm a -

 

mento, adoraron al Dios que hizo la tierra, el aire, el cielo que estaban contemplando, el luciente globo de

 

la luna y las estrellas que poblaban la azulada bóveda.

 

«Obra tuya es también la noche, Omnipotente Hacedor, y obra tuya el día que acaba de expirar y que

 

hemos empleado en el trabajo que nos está prescrito, con la dicha de auxiliarnos y amarnos mutuamente,

 

colmo de todos los bienes que nos otorgas. Este delicioso lugar es sobrado extenso para nosotros, y su

 

abundancia tal, que no hay quien participe de ella ni quien recoja cuanto su suelo da de sí; pero tú has pr o -

 

metido que de nosotros dos nacerá una raza que ha de llenar la tierra, y glorificar como nosotros tu infinita

 

bondad, lo mismo cuando despertamos a la luz del día, que cuando, como ahora, aspiramos a gozar del

 

sueño.»

 

Estas alabanzas pronunciaron los dos con unánime afecto, sin observar otro rito que una pura adoración,

 

que para Dios es el más agradable; y enlazadas las manos, entraron en su gruta, y se retiraron a lo más

 

apartado de ella. No tuvieron que despojarse del molesto disfraz que nosotros vestimos, sino que yaciendo

 

uno al lado de otro, Adán estrechó a su hermosa Eva, y ésta aceptó los misteriosos deberes que su santo

 

vínculo le imponía. Dejemos que austeros hipócritas encarezcan las perfecciones de la castidad, el respeto a

 

los lugares sagrados y a la inocencia, y que condenen como impuro lo que Dios ha purificado, lo que pre s -

 

cribe a unos y lo que concede a la libertad de todos. El Señor manda que nos multipliquemos, ¿y quién sino

 

el autor de nuestra ruina, el enemigo de Dios y el Hombre, puede obligarnos a lo contrario?

 

¡Salve, amor conyugal, misteriosa ley, origen verdadero de la vida humana, único don propio del Paraíso,

 

en que todas las cosas eran comunes! Por ti se ven libres los hombres del adúltero furor que los iguala con

 

los brutos; por ti fueron engendrados los dulces afectos que el cariño, la fidelidad, la injusticia y la pureza

 

establecieron por primera vez, y los sagrados vínculos de padre, hijo y hermano. ¿Cómo he de ver yo en ti

 

nada de criminal ni vituperable, nada que sea indigno de la más santa morada, cuando eres fuente perpetua

 

de doméstica ventura, tálamo candoroso y casto, en estos como en los pasados tiempos, y cuando gozaron

 

de ti los santos y los patriarcas? En ti logra amor el acierto de sus doradas flechas; en ti luce su inextingu i -

 

ble antorcha y posa sus purpúreas alas; y en ti se ven cifrados sus encantos todos, no en las improvisadas

 

caricias, en la sonrisa venal de falsas, insípidas e impúdicas mercenarias, ni en los cortesanos galanteos,

 

festejos, mascaradas, músicas y bailes con que antojadizos amantes hacen gala de una pasión que más bien

 

es digna de menosprecio. Estrechamente enlazados sus desnudos miembros, duermen ambos esposos al

 

compás de los cantos con que les regalan los ruiseñores, y coronados por la lluvia de rosas que les renuevan

 

los primeros albores de la mañana. Gozad de ese sueño, felices consortes, doblemente venturosos, si no a s -

 

piráis a mayor ventura, ni a saber mas de lo que sabéis.

 

Ya la noche había recorrido la mitad de su órbita sublunar, y el cono que su sombra forma llegaba a la

 

mayor altura de la anchurosa bóveda celeste; y ya saliendo por la puerta de marfil, a la hora y con las armas

 

que acostumbraban, se disponían los querubines a su nocturna ronda, desplegando aparato bélico, cuando

 

dijo Gabriel al que más se acercaba a él en autoridad: «Llévate en pos, Uziel, la mitad de esa legión y rec o -

 

rre en torno la parte del mediodía con la mas cuidadosa vigilancia; que la otra mitad se dirija al norte, y

 

dando nosotros la vuelta, nos reuniremos en el occidente». Divídense con la rapidez de la llama, unos hacia

 

el lado del escudo, otros hacia el de la lanza; y llamando el mismo Gabriel a dos ángeles que estaban a su

 

lado y se distinguían por su denuedo y sagacidad, les dio la siguiente orden: «Id, Ituriel y Zefón, id a rec o -

 

rrer el Edén con toda la presteza que os sea posible; no dejéis de explorar rincón alguno, y sobre todo la

 

mansión de aquellas dos bellísimas criaturas, que quizás en estos momentos están durmiendo, sin recelar de

 

ningún peligro. Esta tarde, al declinar el sol, vino un Ángel a participarme que había visto un espíritu infe r -

 

nal (¿quién había de sospecharlo?) que escapándose del infierno se encaminaba a este Paraíso, sin duda con

 

algún propósito siniestro; y así donde quiera que lo halléis apoderaos de él y traedlo a mi presencia.»

 

No dijo más, y se puso delante de su brillante hueste, que eclipsaba el resplandor de la luna mientras los

 

dos ángeles se encaminaban directamente al sitio en que podían hallar a su Enemigo; y allí en efecto lo e n -

 

contraron bajo la forma de un sapo inmundo, agachado junto al oído de Eva. Por medio de esta diabólica

 

astucia procuraba insinuarse en los órganos de su imaginación y sugerirle a su antojo mil ilusiones, sueños

 

y devaneos, o inspirándole su ponzoñoso aliento, inficionar sus espíritus vitales, nacidos de lo más puro de

 

la sangre, como los vapores que exhala arroyuelo cristalino, y suscitar en su mente insensatos y desasos e -

 

 

 

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gados pensamientos, esperanzas vanas, propósitos ambiciosos, deseos inmoderados, henchidos de altivos

 

conceptos que dan origen a la soberbia.

 

Al descubrirlo así Ituriel, tocólo ligeramente con el cabo de su lanza. No puede la impostura resistir el

 

contacto de un arma celestial y por fuerza tiene que recobrar su propia forma: como le aconteció a Satán,

 

que se estremeció todo al verse descubierto y sorprendido; y a la manera que prende una chispa en el mo n -

 

tón de pólvora acopiada para el almacén que se forma al menor indicio de guerra, y encendido el negro

 

grano, estalla de repente e inflama el aire, no menos pronto se levantó el odioso Enemigo en su natural f i -

 

gura. Dieron un paso atrás los ángeles al presentárseles tan súbitamente transformado el terrible rey; pero

 

ajenos a todo temor, se acercaron a él, diciéndole: «¿Cuál eres tú de los espíritus rebeldes precipitados en el

 

infierno? ¿Cómo te has evadido de allí, y por qué estás en acecho, obrando traidoramente junto a la cabeza

 

de los que duermen?»

 

«¡Ah! ¿No me conocéis? -replicó Satán con desdeñoso tono-. ¿No sabéis quién soy? Pues bien me con o -

 

císteis en otra tiempo cuando, en vez de igualaros conmigo, reinaba yo allí adonde no osabais encumbrar el

 

vuelo. Desconocerme ahora vale tanto como desconoceros a vosotros mismos, que sois sin duda los últimos

 

de vuestras filas. Y si no ignoráis quién soy, ¿a quién preguntarlo, comenzando vuestro mensaje tan inúti l -

 

mente como habéis de concluirlo?»

 

A lo que Zefón, devolviendo desprecio por desprecio, le contestó: «No juzgue espíritu rebelde, que esa

 

forma, en que tan menguado aparece tu esplendor, pueda darte a conocer, pues no brillas ya en el Cielo

 

inocente y puro, y estás muy distante de aquella gloria que ostentabas cuando eras fiel; ahora llevas impr e -

 

so el crimen en tu semblante, y en la frente la lúgubre oscuridad de tu morada. Pero ven con nosotros, y no

 

dudes de que tendrás que dar cuenta al que nos envía, a cuyo cargo está la custodia de este lugar inviolable

 

y la incolumidad de esos dos seres que están durmiendo.»

 

De este modo habló el Querubín, y su grave y severa reprensión añadió invencible gracia a su juvenil b e -

 

lleza. Quedó confuso Satán; comprendió cuán incontrastable es el proceder recto, cuán amable en sí misma

 

la virtud, y no pudo menos de dolerse de su pérdida, aunque más se dolió todavía de que tan visible fuese la

 

decadencia de su esplendor; y sin embargo, no quiso mostrar apocamiento. «Si he de combatir -dijo- será

 

como superior con el que manda, no con el que es mandado o con todos a la vez; que en esto me cabrá más

 

gloria o por lo menos no perderé tanto.» A lo que con valentía replicó Zefón: «El miedo de que estás pose í -

 

do nos ahorrará de un empeño que el último de nosotros bastará a realizar contra ti, perverso, y contra tu

 

impotente debilidad.»

 

Enmudeció el infernal príncipe al oír esto, devorando interiormente su rabia, como soberbio corcel, que

 

al sentir el freno, salta irguiendo la cabeza y tascando el férreo bocado. Tan inútil le parecía la fuga como el

 

combate; embargábale el corazón un temor que procedía de poder más alto, cuando nada le había hasta e n -

 

tonces intimidado. Iban acercándose al punto del occidente en que, terminada ya su excursión, volvían los

 

ángeles y se congregaban para recibir nuevas órdenes; al frente de los cuales puesto Gabriel, su caudillo,

 

con voz sonora les dijo así: «Por esta parte amigos, oigo pasos acelerados y descubro a Ituriel y Zefón en

 

medio de la oscuridad. Con ellos viene otro de soberana apariencia pero muy decaído de su brillantez que

 

por su arrogante ademán parece el príncipe del Infierno. Determinado se muestra, según su aspecto, a no

 

salir de aquí sin empeñar combate. Preparaos, pues; en su hosco ceño trae pintada la provocación.»

 

No había acabado de decir esto cuando acercándose los dos ángeles le refieren sucintamente quién es

 

aquél; dónde lo habían hallado, cuál era su ocupación, y, en qué forma y actitud había tratado de ocultarse;

 

Y dirigiéndole Gabriel una penetrante mirada: «¿Por qué -le preguntó- has traspasado los límites a que te

 

ves reducido por tu crimen? ¿Por qué vienes a perturbar en su ministerio a los que no se han dejado llevar

 

de tu detestable ejemplo y tienen por lo mismo derecho y facultad para impedir tu temerario acceso a estos

 

lugares? ¿No hay más que violar la tranquila morada de los que Dios ha establecido aquí y colmado de

 

bendiciones?»

 

Y con sonrisa de menosprecio le respondió Satán: «Gabriel en el Cielo tenías fama de perspicaz y como

 

tal te contemplaba yo; pero esas preguntas me hacen dudar de tu buen acuerdo. ¿Hay alguien que viva

 

contento entre suplicios? ¿Hay quién, pudiendo, no anhele evadirse del infierno, aunque esté condenado a

 

 

 

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vivir en él? Por cierto debes tener que a estarlo tú, lo desearías, y atropellarías por todo con tal de hallar s i -

 

tio, por lejano que fuese, libre de tanta penalidad donde esperases trocar el dolor en alegría y en presto al i -

 

vio, y los tormentos en bienestar. Esto es lo que aquí busco, y lo que tú, que nunca has experimentado m a -

 

les, sino venturas, no acertarías a comprender. ¿A qué me pones por delante la voluntad del que nos apr i -

 

siona? Que refuerce con más seguros reparos sus puertas de hierro si ha de tenernos sumidos en sus lóbr e -

 

gos calabozos. Esto es cuanto tengo que responderte: por lo demás, la verdad fe han referido; como ésos te

 

han dicho me hallaron; lo cual, sin embargo, no implica violencia ni exceso alguno.»

 

A estas palabras, dichas en tono desdeñoso, contestó el Ángel guerrero no menos intencionadamente:

 

«¡Oh! ¡qué dechado tan cabal de cordura se perdió el cielo el día que Satán fue arrojado de él! Fue arrojado

 

de él por su insensatez; y llega ahora aquí el fugitivo de su prisión y abrigando la grave duda de si debe o

 

no tenerse por perspicaz al que le califica de temerario en invadir esta región, y traspasar los límites de

 

aquélla a que está condenado en el infierno; tan natural contempla el evadirse de sus tormentos y su castigo.

 

Sigue en su presunción, soberbio, hasta que la cólera que nuevamente suscitas con tu fuga descargue en ti

 

siete veces, hasta que el azote que te haga volver a tus cadenas persuada a tu gran prudencia de que no hay

 

castigo proporcionado a la infinita indignación que semejante culpa provoca. Pero, ¿por qué vienes solo?

 

¿Por qué no te siguen tus huestes infernales? ¿Son los tormentos más llevaderos para ellos que para ti, y por

 

esto no tratan de evitarlos? ¿O es que no cuentas tú con tanto valor para resistirlos? Pues, intrépido caud i -

 

llo, que has sido el primero en librarte de tus tormentos: si hubieras manifestado a tus secuaces la causa de

 

tu evasión al abandonarlos, seguramente no te hubieran dejado venir solo ni fugitivo.»

 

No pudo ya Satán reprimir su ira y exclamó: «Valor más que nadie tengo, ángel insolente, para soportar

 

mis penas. Sobrado sabes que fui yo tu más terrible enemigo en aquella lid en que la fulminante furia del

 

trueno vino tan presto en auxilio tuyo, en auxilio de tu lanza, que por sí no inspiraba temor alguno. Pero tus

 

palabras, tan irreflexivas como siempre, muestran la inexperiencia en que estás de lo que debe hacer un

 

caudillo fiel a su deber y aleccionado por los malos sucesos de su fortuna, que es no exponerlo todo a pel i -

 

grosos trances, sino experimentarlos primero él mismo. Por esto he cruzado yo solo estos desiertos esp a -

 

cios, y venido a reconocer este mundo nuevamente creado, cuya fama no ha podido menos de llegar hasta

 

los infiernos. Espero encontrar aquí morada mas venturosa, y establecer en la tierra o en las regiones aéreas

 

mis potestades proscritas, aunque para conquista tal fuese menester embestir otra vez contra ti y tus bienh a -

 

dadas legiones; que más fácilmente os acomodáis a la servidumbre del Señor entronizado en los cielos, a

 

entonar himnos en su alabanza y a incensarle de lejos, que a la dureza de los combates.»

 

Lo cual, oído por Gabriel, prosiguió en estos términos: «Decir y desdecirse, encarecer primero el mérito

 

de la fuga y desempeñar después el oficio de espía, no es propio de un caudillo, sino de un embaucador.

 

¿Cómo te atreves a suponerte fiel a tu deber? ¡Que así profanes el nombre, el sagrado nombre de tu fidel i -

 

dad! Y, ¿a quién eres fiel? ¿A tu rebelde muchedumbre? ¿A ese tropel de réprobos, dignos de ser mandados

 

por tan digno jefe? ¿Consistía vuestra disciplina, la fe que jurasteis y vuestra obediencia militar en alzaros

 

desleales contra el Poder supremo? Y por otra parte, falso hipócrita, que ahora te vendes por paladín de la

 

libertad, ¿quién más lisonjero, más humilde y servil adorador que lo fuiste tú un día del invencible Rey de

 

los cielos, sin duda con la esperanza de destronarlo así mejor y empuñar su cetro? Pues oye, y haz lo que te

 

prevengo; sal de aquí, y huye al lugar de donde has salido; que si subsistes un momento más en estos s a -

 

grados confines, arrastrando y cargado de hierros te volveré a tu infernal mazmorra, quedarás enclavado

 

allí, de suerte, que no te burles otra vez de las fáciles puertas del infierno, ya que tan débiles te parecen.»

 

Amenazolo así; pero Satán lo oía con indiferencia, y encendido en nuevo furor, repuso: «Cuando sea tu

 

cautivo, querubín orgulloso, háblame de cadenas; ahora disponte a sentir el peso de mi poderoso brazo. J a -

 

más te abrumó otro tal, ni aun cuando el Soberano celeste cabalgaba sobre tus alas, y uncido con otro como

 

tú, acostumbrados al mismo yugo, tirabais de su carro triunfal, y andabais por los caminos del cielo emp e -

 

drados de estrellas.»

 

Mientras esto decía, ardían en enrojecido fuego los angélicos escuadrones, y desplegando en circular ala

 

sus falanges, lo rodeaban, apuntándole con sus lanzas; como cuando en los campos de Ceres, maduras para

 

la siega, se mecen las apiñadas espigas, inclinándose a uno y otro lado, según de donde se agita el viento, y

 

el labrador las contempla con inquietud, temiendo que todos aquellos haces en que cifra su mayor logro, no

 

vengan a convertirse en inútil paja.

 

 

 

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Alarmado Satán en vista de aquella actitud, hizo sobre sí un esfuerzo, y dilató sus miembros hasta adqu i -

 

rir las desmedidas proporciones y fortaleza del Atlas o el Tenerife. Toca su cabeza en el firmamento y lleva

 

en su casco el Horror por penacho de su cimera; ni carece tampoco de armas, dado que empuña una lanza y

 

un escudo. Tremenda lid se hubiera suscitado entonces, que no sólo el Paraíso sino la celeste bóveda h u -

 

biera conmovido en torno, y aun, puesto en grave conflicto todos los elementos a impulsos de choque tan

 

irresistible, si previendo aquella catástrofe no hubiera el Omnipotente suspendido en el cielo su balanza de

 

oro, que desde entonces vemos brillar entre Astrea y el Escorpión. En aquella balanza había pesado Dios

 

todo lo creado; la tierra esférica en equilibrio con el aire; y ahora pesa del mismo modo los acontecimie n -

 

tos, la suerte de las batallas y de los imperios. Puso a la sazón en contrapeso el resultado de la fuga y el del

 

combate, y el segundo subió rápidamente hasta dar en el fiel que lo señalaba; y entonces dijo Gabriel a su

 

Enemigo: «Conozco, Satán, tus fuerzas como tú dices conoces las mías: ni unas ni otras nos pertenecen;

 

Dios nos las ha prestado. ¡Qué insensatez jactarnos de lo que han de hacer nuestras armas, cuando no h e -

 

mos de llegar sino a lo que permita el Cielo! Tu poder es el que El consiente; el mío a la sazón doble, para

 

que yazgas a mis pies, como cieno que eres. Y si de ello quieres una prueba, mira allá arriba y leerás tu

 

suerte en el celeste signo donde se pesa, donde se muestra cuán liviana y débil sería la resistencia.»

 

Miró en efecto Satán, y vio cuán desfavorable le era el movimiento de la balanza. No esperó más; huyó

 

lanzando denuestos, y en pos de él huyeron las nocturnas sombras.

 

QUINTA PARTE

 

ARGUMENTO

 

Comienza a rayar el día, y Eva refiere a Adán su agitado sueño, que él oye con disgusto; pero hace por

 

consolarla, y salen ambos a su trabajo cotidiano, dirigiendo antes a Dios su plegaria de la mañana. Para que

 

el hombre no pueda alegar disculpa alguna, envía Dios a Rafael que le recuerde su obediencia, que le man i -

 

fieste el uso que ha de hacer de su libertad, la proximidad de su enemigo, quién es éste y cuál la causa de su

 

enemistad con todo lo demás que a Adán le importa saber. Baja pues Rafael al Paraíso; pintase su celestial

 

hermosura. Al descubrirle Adán, sale a recibirle, le conduce a su albergue, y le regala con las frutas más

 

sabrosas, que al efecto ha cogido Eva por su mano. Conversan amigablemente entre sí, y Rafael desempeña

 

su comisión hablando a Adán de su estado, de la condición de su enemigo; y satisfaciendo a sus preguntas,

 

le declara quién sea éste y lo que lo induce a obrar así, empezando su relato por la primera rebelión de S a -

 

tán en el Cielo, el origen de ella, cómo se retrajo a las partes del Norte con sus legiones, y las incitó a reb e -

 

larse contra Dios, logrando que le siguiesen todos, excepto el serafín Abdiel que contradice sus razones, y

 

se opone a él, y por último le abandona.

 

Ya la aurora dirigía sus pasos a la región de Levante, dejando en el cielo impresas sus sonrosadas huellas,

 

y sembrando la tierra de orientales perlas, cuando, como lo tenía de costumbre, despertó Adán, cuyo sueño

 

ligero como el aire, favorecido por una pura digestión y por dulces y suaves vapores, fácilmente se disipaba

 

al menor ruido de las hojas de los brumosos arroyuelos a que da movimiento el alba, y de las aves vocingl e -

 

ras que revoloteaban entre los árboles. Pero se sorprendió por lo mismo de hallar a Eva adormecida aún, el

 

cabello descompuesto y encendidas sus mejillas, como por efecto de un sueño desasosegado; e incorporá n -

 

dose medio apoyado sobre su costado, para mejor fijar su amorosísima mirada en aquella hermosura que,

 

dormida o despierta, así le enajenaba con sus encantos, blandamente estrechó su mano; y con una voz tan

 

dulce como la de Céfiro cuando acaricia a Flora, murmuró a su oído estas palabras: «Despierta, hermosa,

 

alma mía, supremo bien que me otorga el cielo, delicia de mi corazón; despierta: mira que alumbra ya por

 

la mañana, que la frescura del campo nos está llamando, y que desperdiciamos estas primicias del día, y no

 

vemos cómo crecen nuestras tiernas plantas, cómo se abren las flores de los naranjos, y la mirra destila su

 

licor, y su bálsamo la caña, mientras la naturaleza se reviste de sus colores, y la abeja extrae de los pétalos

 

sus almibarados jugos.»

 

Despierta Eva al oír esto, mira con asombro a Adán, y apretándolo entre sus brazos dice: «¿Eres tú, co n -

 

suelo mío, colmo de mi ventura, único ser en quien se recrea mi pensamiento? ¡Con qué placer vuelvo a

 

verte y vuelvo a gozar del día! Porque has de saber que esta noche (noche igual no he pasado hasta ahora)

 

he tenido un sueño, si sueño puede llamarse, porque no he pensado en ti como pienso siempre, ni en nue s -

 

tras faenas últimas, ni en las próximas, sino en ofensas y cuidados que hasta esta penosa noche no había

 

sentido mi ánimo; he tenido un sueño en que me parecía que introduciéndose en mi oído, una voz afectuosa

 

 

 

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me invitaba a pasearme. La tomé al pronto por la tuya: «¿Por qué duermes, Eva?» me decía. Esta es la hora

 

del placer, de la frescura y del silencio, silencio solamente interrumpido por el canoro pájaro de la noche,

 

que la pasa en vela modulando sus amorosos trinos; ésta es, la hora en que la luna completamente redo n -

 

deada y en la plenitud de su dulce caridad, ahuyenta la sombra que lo encubre todo; inútiles encantos, si la

 

vista no goza de ellos. El cielo vela también y tiene abiertos sus ojos; ¿sabes para qué? Para contemplarte a

 

ti, prodigio de la naturaleza, a ti cuya presencia alegra, y cuya beldad no puede menos de embelesar a

 

cuantos la ven. «Me levanté, creyendo que eras tú el que me hablaba, mas no te vi; eché a andar deseosa de

 

encontrarte, y atravesé, o tal por lo menos me pareció, multitud de caminos, hasta que de repente me hallé

 

junto al árbol de la ciencia prohibida que se me presentó hermosísimo, más hermoso que durante el día. M i -

 

rándolo estaba maravillada, cuando a su lado noté que había una figura con alas, como las que a menudo

 

vemos bajar del cielo; sus húmedos cabellos estaban rociados de ambrosía. Contemplaba también el árbol,

 

y exclamó: «¡Oh, preciosa planta! ¡Que tan cargada te veas de fruto y nadie, ni Dios, ni hombre, quiera al i -

 

viarte de él ni gustar de su dulzura? ¿Tan despreciable es la ciencia? Si no es por envidia, ¿qué otra causa

 

puede haber para esta prohibición? Prohíbalo quien quiera, nadie me impedirá a mí privarme más tiempo de

 

este placer. De otra suerte, ¿por qué estás aquí?» Esto dijo, y sin más, vacilar, con mano atrevida cogió y

 

gustó. Quedé horrorizada al oír estas palabras, y mucho más viendo la temeraria acción que las acompañ a -

 

ba; pero él, arrebatado de entusiasmo. «¡Oh divino fruto! -siguió diciendo- ¡dulce por extremo y más dulce

 

todavía por ser vedado! Niégasete, sin duda, para que seas alimento exclusivo de los dioses, pues si lo fu e -

 

ras de los hombres los convertirías en divinidades. Y, ¿por qué no han de aspirar a ser dioses los humanos?

 

¿No se acrecienta el bien a medida que se comunica? Lejos de perder en ello su autor, sería objeto de nu e -

 

vas adoraciones. Ven pues, felicísima criatura, Eva, hermosa y angelical; gusta como yo de este fruto, que

 

si hoy eres feliz llegarás doblemente a serlo; gusta de él y serás una nueva deidad entre los dioses y tu i m -

 

perio no se limitará a la tierra, sino que tendrás por mansión el aire, como nosotros, o podrás remontarte por

 

tu propia virtud al cielo, y verás la vida que viven los dioses y tú vivirás como ellos. Y hablando de esta

 

suerte, se acercó a mí, y llevó a mis labios parte del fruto que había arrancado. Su dulce y sabrosa fragancia

 

excitó de tal modo mi apetito que no pude menos de probarlo; y al punto sentí que nos trasladábamos a m -

 

bos a la región de las nubes, desde donde vi extenderse a mis pies la inmensidad de la tierra, magnífico y

 

variado espectáculo; y admirada de mi vuelo, me asombré no menos del cambio que había experimentado y

 

de la incalculable altura a que me hallaba; cuando repentinamente desapareció mi guía, y a mí se me figuró

 

que caía precipitada a la tierra y que llegaba a ella adormecida. ¡Con qué júbilo he despertado y visto que

 

todo ha sido la ilusión de un sueño!»

 

Refirió así Eva el que había tenido durante la noche; y contristado Adán al oírlo, le respondió: «Perfecta

 

imagen y amada mitad de mi mismo; ese desasosiego que ha agitado esta noche tu mente mientras dormías,

 

también ahora me aflige a mí. No sé por qué recelo que ese sueño extraordinario traiga algún mal consigo;

 

pero, ¿de dónde provendrá ese mal? En ti, que tan pura eres ni sombra de él puede darse; pero oye lo que

 

voy a decirte. Hay en el alma varias facultades inferiores sometidas a la Razón como a su soberana. Entre

 

ellas ejerce el principal oficio la Imaginación que de todos los objetos exteriores que perciben los sentidos

 

cuando están despiertos, forma quimeras y visiones aéreas, las cuales agrupa o desvanece la Razón, prod u -

 

ciendo así todo cuanto afirmamos o negamos, todo aquello que distinguimos con el nombre de ciencia o de

 

opinión. Cuando la naturaleza se entrega al reposo, la Razón se retrae también a su más oculto seno; y

 

acontece con frecuencia, que aprovechándose la Imaginación de este retraimiento, como continuamente

 

está en vela, procura imitarla forjándose allí mil trazas y desvaríos; pero ordenando mal los objetos esp e -

 

cialmente durante el sueño sólo produce pensamientos inconexos, y confunde los hechos presentes con los

 

pasados y los remotos.

 

«Así en este sueño que me refieres, juzgo descubrir cierta semejanza con los asuntos de que tratarnos en

 

nuestra última conversación, bien que revestidos de extraños accidentes; por lo que no debe esto causarte

 

sobresalto alguno. Puede introducirse un mal pensamiento en el ánimo tanto del hombre como de los esp í -

 

ritus celestiales, indeliberadamente, y sin que llegue a contaminarlo; y esto me inspira la confianza de que

 

ese sueño que tal aversión te ha inspirado mientras dormías, no consentirás nunca que despierta se realice.

 

Aleja, pues, de ti toda tristeza; que no empañe nube alguna la claridad de esos ojos, más brillante y serena

 

que la que en su primera sonrisa envía al mundo la aurora. Levantémonos, y volvamos nuevamente a nue s -

 

tras dulces faenas, nuestros bosques y fuentes, y al cuidado de las flores que entreabren ahora sus cálices, y

 

exhala los suavísimos aromas que han guardado durante la noche, para que te goces mejor en ellos.»

 

 

 

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Así consoló Adán a su bella esposa, y ella en efecto quedó consolada; pero en medio de su silencio se

 

deslizó de sus ojos una dulce lágrima que enjugó con sus cabellos; y al ver que asomaban otras a sus crist a -

 

linas fuentes, las atajó Adán con un beso, correspondiendo de este modo a aquella tímida demostración de

 

un remordimiento que se alarmaba, con la sola idea de la culpa sin ser culpable.

 

Dando, pues al olvido sus temores, se apresuraron a salir al campo; y apenas traspusieron el umbral de su

 

mansión, a la que servían de techumbre espesos y copudos árboles, y se hallaron al aire libre a la luz del día

 

y del sol, que al aparecer en su carro tocaba con las ruedas la superficie del Océano, y cuyos rayos impre g -

 

nados de rocío y paralelos a la tierra, doraban la vasta región oriental del Paraíso y los fértiles llanos del

 

Edén, se postraron humildemente para adorar a su Criador, comenzando la acostumbrada plegaria que todas

 

las mañanas le dirigían de varios modos, sin que sus himnos careciesen jamás de variedad ni de santo ent u -

 

siasmo, bien fuesen recitados, bien cantados de improviso; pues en sonora prosa o numeroso ritmo fluía de

 

sus labios una elocuencia tan natural, que no necesitaba de los dulces acordes del arpa ni del laúd; y dieron

 

así principio: «Estas Padre del bien Omnipotente Señor, son tus gloriosas obras. Obra es de tus manos esta

 

fábrica del Universo, tan maravillosamente bella; y tú mismo ¡cuán admirable eres! Tu inefable grandeza se

 

encumbra sobre esos cielos invisible para nosotros, confusamente vislumbrada en tus más pequeñas obras

 

en las cuales, sin embargo, se descubre tu bondad superior a toda idea, y tu poder divino. Celebradlo vos o -

 

tros, que podéis hacerlo más dignamente espíritus angélicos, hijos de la luz; vosotros, que lo contempláis de

 

cerca, y que en torno de su trono en la eternidad de un día sin noche, y en concertados coros eleváis cánt i -

 

cos de alegría; vosotros que estáis en el cielo. Unid también vuestras alabanzas, criaturas de la tierra, en

 

torno del que es principio y postre y centro y ser al propio tiempo infinito. Y tú la más brillante de las e s -

 

trellas, última que recorres la vía nocturna si no perteneces más bien al alba precursora del día que con tu

 

fulgente diadema coronas la risueña frente de la mañana: ensálzalo asimismo en tu luminosa esfera a la h o -

 

ra apacible en que asoma la luz de Oriente.

 

«Sol, vista y alma de este anchuroso mundo, ríndele homenaje como superior a ti, y en tu incesante giro

 

proclama sus loores, cuando apareces en el cielo, cuando te ostentas en tu apogeo y cuando te ocultas a

 

nuestros ojos. Luna, que acompañas unas veces al Sol en su oriente y otras te apartas de él, huyendo con las

 

estrellas fijas en su movible órbita; y vosotros planetas errantes en número de cinco, que al compás de a r -

 

mónicos sonidos os movéis en misteriosa danza: publicad la gloria de aquel que de las tinieblas sacó la luz.

 

Aire y los demás elementos que fuisteis los primeros que engendró en su seno Naturaleza; pues vuestra

 

cuádruple virtud recorre bajo innumerables formas un círculo perpetuo, e influís e inspiráis la vida en todo,

 

que vuestro continuo movimiento sirva para tributar al Supremo Hacedor himnos cada vez más nuevos y

 

más variados. Y vosotras nieblas y exhalaciones, que surgís de las montañas o de los vaporosos lagos, n e -

 

gras o cenicientas, hasta que el sol dora con sus rayos la fimbria de vuestros ropajes: surgid para honrar el

 

nombre del magnífico autor del mundo; y ya tapicéis de nubes el incoloro espacio del firmamento, o d e -

 

rraméis vuestra fecunda lluvia en la sedienta tierra, que en vuestra ascensión o vuestro descenso proclaméis

 

siempre sus alabanzas. Alabadlo también con manso murmullo o rugiendo impetuosamente, oh vientos que

 

sopláis de los cuatro ángulos de la tierra; y vosotros excelsos pinos, árboles y plantas de toda especie, incl i -

 

nad vuestras cabezas y agitad vuestras ramas en señal de adoración. Loadlo asimismo al son susurrante de

 

vuestras aguas, fuentes y líquidos arroyuelos. Unid a las demás vuestras voces, criaturas todas vivientes.

 

Aves que cantando os remontáis hasta las puertas del cielo, sublimad su gloria en vuestras melodías, y ll e -

 

vada por vuestras alas; y los que os deslizáis por entre las olas, y los que vagáis por la tierra, ya hollándola

 

majestuosa, ya arrastrando humildemente, sed testigos de que mi lengua no enmudece ni por el día ni por la

 

noche, y de que mi voz resuena en las colinas, en los valles, en las fuentes y en la fresca sombra de las e n -

 

ramadas que de mí aprenden sus alabanzas. ¡Bendito seas Señor del Universo! Que tu bondad, como hasta

 

aquí nos dispense únicamente bienes; y si la noche ha producido o encubierto algún mal, ahuyéntalo como

 

la luz ahuyenta las tinieblas en este instante.»

 

Expresión de su inocencia era plegaria tan fervorosa, terminada la cual recobraron sus ánimos la profu n -

 

da paz y la acostumbrada calma. Apresuráronse a volver a sus faenas campestres de la mañana, por entre

 

prados cubiertos de rocío y de árboles frutales que por su excesivo crecimiento extendían su espeso ramaje

 

más de lo conveniente, y necesitaban que una mano experta reformase su estéril pompa. Acercan también

 

la vid al olmo para unirlos entre sí; la cual, como amante esposa lo ciñe con sus flexibles brazos, y le ofrece

 

en dote sus racimos, y embellece con ellos su inútil hojarasca.

 

 

 

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Viéndolos ocupados de esta suerte el supremo Rey del cielo, se apiadó de ellos, y llamando a Rafael el

 

espíritu amigable que se digno de viajar con Tobías, y favoreció su matrimonio con la doncella siete veces

 

casada: «Rafael», le dijo, «ya sabes la perturbación que, fugándose del infierno y atravesando el tenebroso

 

abismo, ha movido Satán en el Paraíso terrestre, y la iniquidad que ha causado esta noche a los dos hum a -

 

nos que allí viven, proponiéndose con la ruina de ellos, labrar a la vez, la de su descendencia. Ve, pues allá:

 

emplea el resto del día en conversar con Adán, como entre sí conversan los amigos. Lo encontrarás en un

 

sitio sombrío y retirado que le preserva del calor del mediodía, y donde con el alimento y el descanso rep a -

 

ra las fuerzas gastadas en sus diarias fatigas. Háblale de modo que le hagas comprender su dichoso estado;

 

que de su voluntad depende su dicha, de su voluntad, que aunque libre, es también mudable, por lo que d e -

 

be andar precavido y desconfiado, no llegue a perderse por exceso de confianza en su seguridad. Háblale

 

asimismo de los riesgos a que está expuesto, de quién debe recelar, y del Enemigo que por haber sido e x -

 

pulsado poco ha del cielo, procura que los demás se hagan también indignos de tal ventura, no empleando a

 

este fin la violencia que le sería perjudicial, sino el engaño y la seducción. Prevenlo, en suma, de cuanto

 

debe hacer, no sea que, delinquiendo voluntariamente, alegue después que ha obrado por sorpresa, por falta

 

de consejo y de previsión.»

 

Esto ordenó el Padre Eterno con lo que dejó enteramente satisfecha su justicia. No demoró un punto el

 

alado Ministro el cumplimiento de aquel mandato, y de entre la innumerable multitud de serafines en que

 

estaba cubierto por sus grandiosas alas, alzó el rápido vuelo y cruzó por en medio del firmamento. Apárta n -

 

se a uno y otro lado las angélicas legiones para abrirle paso a través del camino del Empíreo, hasta llegar a

 

las puertas del cielo, las cuales se abren de par en par por sí solas, girando sobre sus goznes de oro, que con

 

tan divino arte el sabio Autor de todo las había dispuesto. Desde allí, ni nubes ni astro alguno se interponen

 

a sus miradas, y ve la tierra pequeña como en sí es y semejante a los demás globos luminosos, y ve el jardín

 

de Dios coronado de cedros por encima de las más altas montañas. Así aunque menos distintamente, co n -

 

templa el observador durante la noche por medio de los cristales de Galileo, tierras y regiones imaginarias

 

en lo interior de la luna; y así descubre el piloto como una mancha nebulosa al aparecérsele, las islas de

 

Delos y Sarnos entre las Cícladas.

 

Prosigue el Ángel bajando con acelerado vuelo, y cruza la inmensidad del espacio aéreo, y surca mundos

 

y mundos, seguro de sus fuertes alas, ora impelido por los vientos del polo, ora sacudiendo velozmente el

 

movible aire; hasta que llegando al límite a que pueden las águilas remontarse, mirábanlo todas las aves

 

asombradas como al fénix único en su especie, cuando para depositar sus preciosas cenizas en el fulgente

 

templo del Sol, encaminaba su vuelo a la egipcia Tebas. Descendiendo después sobre la cumbre oriental del

 

Paraíso, recobra su aspecto de alado serafín. Seis alas velan sus divinas formas: las dos que cubren sus a n -

 

chos hombros, le caen sobre el pecho como un magnífico manto real; las dos de en medio ciñen su talle

 

como una estrellada zona, v orlan sus riñones y cintura con menudas plumas de oro y tornasoles copiados

 

de los del cielo; y las otras dos resguardan sus pies, adheridas a sus talones, con plumas esmaltadas del c o -

 

lor del firmamento. Mostrábase semejante al hijo de Maya, y al sacudir sus plumas, llenaba de celestial fr a -

 

gancia el anchuroso espacio que en torno lo circuía.

 

Reconociéronlo al punto las legiones de ángeles que custodiaban el Edén, y lo recibieron con el honor

 

debido no sólo a su dignidad, sino a su misión sublime, porque desde luego adivinaron toda la importancia

 

de la que iba a desempeñar. Pasó por delante de sus esplendentes tiendas, y entró en el bienaventurado

 

campo atravesando odoríferas florestas de mirra y casia, de nardos y de bálsamos que sobrepujaban en du l -

 

zura a todo encarecimiento; porque exuberante allí y risueña como en su primavera, la naturaleza despleg a -

 

ba todos sus encantos juveniles y vertía a manos llenas sus más gratos tesoros, en medio de aquel silvestre

 

espectáculo superior a toda perfección artística.

 

Sentado a la entrada de su fresca gruta, lo vio Adán según iba adelantándose por en medio de la aromát i -

 

ca floresta. Desde su mayor elevación lanzaba directamente el Sol sus encendidos rayos hasta lo más pr o -

 

fundo de la tierra, calor excesivo para Adán; y Eva estaba en lo interior de su albergue, a la hora en que s o -

 

lía, preparando para su comida los sabrosos frutos, que con sólo ser gustados eran deleite del apetito, y al

 

propio tiempo, despertaban la sed del néctar que la leche, el jugo de ciertas frutas, o los racimos de la vid

 

les suministraban. Llamó pues, Adán a su esposa, diciendo: «Ven Eva, corre, verás un objeto digno de

 

contemplarse: a la parte de oriente, entre los árboles, y caminando en esta dirección, viene una figura ¡oh,

 

qué radiante! Parece una segunda aurora que brilla en mitad del día. Algún mandato del cielo nos trae qu i -

 

zá, y se dignará de ser hoy nuestro huésped. Apresúrate a ofrecerle las mejores provisiones que guardes; no

 

 

 

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escasees prodigalidad alguna y recíbela con todo el honor debido a un mensajero celeste. A nuestros

 

bienhechores debemos corresponder con sus propios dones, y mostrarnos liberales de lo que tan libera l -

 

mente se nos concede, ya que la naturaleza multiplica aquí sus inagotables tesoros, y que al desprenderse de

 

ellos para hacerse más fecunda, nos enseña a no ser avaros.»

 

A esto replicó Eva: «Adán mío, a quien Dios ha consagrado como modelo de la tierra que animó El mi s -

 

mo; el cuidado de guardar lo que ha de servirnos para alimento, es inútil aquí donde las estaciones se e n -

 

cargan de proveernos de todo, a no ser aquellos frutos que mejoran reservándose, porque pierden así su

 

humedad superflua. Pero no omitiré solicitud alguna, y juntaré de cada planta, de cada árbol, de cada sabr o -

 

so fruto, lo que más digno me parezca para agasajar a ese angelical huésped, el cual sin convencer, de que

 

Dios ha derramado sus beneficios en la tierra como en el cielo.»

 

Y sin perder más tiempo, se dispone a proceder con la mayor diligencia y a desempeñar sus quehaceres

 

hospitalarios, pensando en cómo escoger lo más delicado, lo que más se acomodase al gusto, sin mezclar

 

cosas extrañas ni de mal aspecto, sino de una agradable variedad que contribuyese a aumentar su agrado.

 

Discurre de un lado a otro, y de los más tiernos tallos arranca cuanto la tierra, madre universal, produce en

 

la India oriental y en la de Occidente, en las orillas del Ponto, en las costas de África o en el país en que

 

reinó Alción; frutos de toda especie, de dura cáscara, de blanda piel, unos lisos, vellosos otros. De ellos h a -

 

ce largo acopio que amontona con mano pródiga; exprime los dorados racimos que le dan un licor inofens i -

 

vo y grato y de simientes y dulces almendras que tritura, saca almibarada crema. No carece de vasos puros

 

que contengan una y otra bebida; y por fin cubre el suelo de rosas y arbustos olorosos que para serlo no h a -

 

bía menester de fuego.

 

Entretanto se adelanta nuestro primitivo padre a recibir a su divino huésped, sin más séquito que sus c a -

 

bales perfecciones, que constituían toda su grandeza incomparablemente mayor que la enojosa pompa que

 

arrastran en pos los príncipes, con tantos corceles ricamente enjaezados y tantos palafreneros cuajados de

 

oro que deslumbran a la multitud dejándola estupefacta. Llegó, pues, Adán a su presencia, y no embarazado

 

de temor, sino con la sumisión y afable respeto que a su superior naturaleza se debía, profundamente, incl i -

 

nándose, le dijo: «Espíritu celestial, pues no es posible que hermosura tanta provenga más que del cielo; ya

 

que descendiendo de los supremos tronos, te dignas de abandonar por breve tiempo aquellas mansiones

 

venturosas para honrar estas otras con tu presencia, haznos a los dos que aquí vivimos, a quienes el Sober a -

 

no del mundo ha otorgado la posesión de la morada tan espaciosa, haznos la merced de reposar en este u m -

 

brío albergue tomando asiento y gustando los más sazonados frutos de este jardín, hasta que ceda el calor

 

del mediodía, y más benigno el sol vaya declinando.»

 

Y el Ángel con la mayor dulzura le respondió: «A esto he venido Adán. Tal como has sido creado, y

 

dueño de una mansión como la presente, bien puedes invitar aun a los mismos espíritus celestiales a que

 

con frecuencia te visiten. Llévame pues a ese apartado recinto cubierto de sombra; tengo para estar contigo

 

desde esta hora del mediodía hasta que comience la noche. «Y se encaminaron ambos a la campestre v i -

 

vienda, que como el asilo de Pomona se cobijaba entre fragantes flores. Allí estaba Eva, sin otra gala ni

 

adorno que ella propia, más encantadora que la Ninfa de los bosques y que la más bella de aquellas tres

 

diosas que en el monte Ida sostuvieron desnudas la competencia de su hermosura; estaba para servir al d i -

 

vino huésped, y no necesitaba de otro velo ni defensa que su virtud, sin que ningún pensamiento impuro

 

alterase la calma de su semblante. «¡Salve!», le dijo el Ángel, empleando la santa salutación que después se

 

dirigió a la benditísima María, segunda Eva. «¡Salve, madre del género humano! Tu fecundo seno dará al

 

mundo más hijos que los frutos con que los árboles del Señor colman esa mesa.» La mesa era un alto y e s -

 

peso césped cercado de asientos de muelle musgo y sobre su ancha y cuadrada superficie se extendían las

 

producciones todas del otoño, aunque allí otoño y primavera se daban la mano. Entablaron los comensales

 

su plática reposadamente, sin temor de que se les enfriasen los manjares; y nuestro padre empezó diciendo:

 

«Plázcate divino extranjero, gustar de estos regalos, que nuestro Hacedor, de quien sin tasa ni medida pr o -

 

cede todo perfecto bien, ha mandado a la tierra que nos ceda para nuestro alimento y nuestro placer; manj a -

 

res insípidos quizá para naturalezas espirituales; mas yo únicamente sé que el Padre celeste alimenta a t o -

 

dos.»

 

A esto replicó el Ángel: «Pues lo que El, alabado sea perpetuamente, lo que El da al Hombre, que en

 

parte es también espiritual, bien puede ser manjar agradable para los espíritus más puros; que la inteligencia

 

 

 

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de éstos necesita de alimento como vuestra razón, pues una y otra llevan en sí las facultades subalternas de

 

los espíritus, como son oír, ver, oler, tocar y gustar; y el gusto depura. digiere y asimila las sustancias co n -

 

virtiendo las corpóreas en incorpóreas. Ello es indudable que todo lo creado ha menester de alimento con

 

que sostenerse y repararse: entre los elementos, el más grosero mantiene siempre al más puro, la tierra al

 

agua, la tierra y el agua al aire, y el aire a los etéreos fuegos, empezando por la luna, que como más vecina

 

de la tierra, presenta en su redonda faz esas manchas que son vapores todavía impuros que no se han tran s -

 

formado en sustancias; mas no por eso deja la luna de desprender de su húmedo continente alimento para

 

otras esferas superiores. El sol, que comunica su luz a todos los astros, recibe de ellos sus acuosas exhal a -

 

ciones y absorbe durante la noche el licor del Océano. Aunque los árboles de vida que tenemos en el cielo

 

nos den frutos de ambrosía, y las vides destilen néctar, y aunque al amanecer extraigamos melifluo rocío de

 

entre las hojas, y el suelo ofrezca granos de perlas a nuestras plantas, de tal manera ha prodigado aquí Dios

 

sus bondades en la variedad de los placeres de que gozáis, que bien puede esta mansión compararse con el

 

cielo; y así no creas que deje de quedar mi gusto satisfecho.»

 

Sentáronse, pues, y fueron comiendo de las viandas, y el Ángel no en la apariencia ni figuradamente,

 

como es común opinión de los teólogos, sino con todo el incentivo de un verdadero apetito; así que el calor

 

digestivo transformó los manjares en su sustancia angélica, y la parte redundante salió a través de la esp i -

 

ritual por medio de la transpiración. Ni esto debe causar asombro, cuando por medio del carbón ardiente,

 

trueca o cree posible trocar el empírico alquimista la escoria más vil en el oro más puro cual si saliese de la

 

mina. Desnuda Eva, hacía oficios de sirviente y. apuradas las copas las coronaba de nuevo con licores a c u -

 

ál más grato. ¡Oh inocencia digna del Paraíso! Nunca como entonces hubieran tenido disculpa los hijos de

 

Dios en enamorarse de la hermosura; pero en aquellos corazones no cabía el amor impúdico ni se compre n -

 

dían los celos, infierno de los amantes ofendidos.

 

Una vez satisfecha mas no ahíta, tanto en manjares como en bebidas, la necesidad de la naturaleza, co n -

 

cibió de pronto Adán el deseo de no perder la ocasión que con tan importante conferencia le brindaba para

 

saber qué más había en el mundo superior al suyo, qué seres poblaban el cielo cuya existencia tanto sobre

 

la suya se distinguía, cuyas esplendentes formas eran una emanación de la Divinidad y cuyo envidiable p o -

 

der en tanto grado excedía al del Hombre; y con respetuosa prudencia se insinuó así: «Veo, conciudadano

 

de Dios hasta dónde llega tu bondad por el honor que nos has dispensado, dignándote de visitar nuestra

 

humilde morada y de probar los frutos de la tierra, que no son manjar digno de los ángeles; mas los has

 

aceptado de tal modo, que no parece puedas mostrarte más complacido al tomar parte en el celestial ba n -

 

quete; y sin embargo ¡qué comparación cabe!»

 

Y el divino Mensajero repuso: «Hay, Adán, un Ser Omnipotente de quien proceden todas las cosas, y en

 

quien refluye todo aquello que no viene a estado de depravación. Todo lo creó perfecto en su origen, con

 

variedad de formas, con diversos grados de sustancia y vida en los vivientes; pero todo se completa y esp i -

 

ritualiza y depura a medida que más se aproxima a El o a aquella esfera de acción que a cada cosa está d e -

 

signada, hasta que los cuerpos llegan a espíritus en la proporción debida a cada especie. Así, de la raíz de

 

una planta nace esbelto su verde tallo, y de éste las hojas más delicadas, y de las hojas, en fin, la flor prim o -

 

rosamente esmaltada que exhala aromáticas esencias. Y así las plantas y los frutos que dan alimento al

 

Hombre, siguiendo una escala gradual, se transforman en espíritus vitales, o animales, o intelectuales, que

 

armonizados entre sí, producen la vida, el sentimiento, la imaginación, y la inteligencia de donde el alma

 

adquiere la razón; la razón que constituye su esencia ya proceda discursivamente, ya por medio de la intu i -

 

ción. El discurso suele ser más propio de vosotros, los humanos; la intuición, de nosotros los celestiales;

 

diferimos en el grado de razón, mas no en cuanto a su naturaleza, que es siempre idéntica. No te admires,

 

pues, de que yo haya aceptado los alimentos que Dios ha hecho a propósito para ti, porque, como tú en la

 

tuya, los convierto yo en mi, sustancia propia. Tiempo vendrá quizás en que los hombres lleguen a partic i -

 

par de la dignidad angélica, y que gusten del manjar celestial juzgándolo adecuado a su subsistencia; en que

 

vuestros cuerpos, así sustentados, se despojen un día de todo lo que no es espiritual y se remonten alados a

 

la región etérea como nosotros, y puedan habitar libremente aquí o en la celestial morada, si dais entonces

 

muestras de ser obedientes y conserváis entero, inalterable y fiel el amor que debéis al que os ha hecho

 

progenie suya. Entretanto gozad de cuantos dones os concede vuestro dichoso estado; que por ahora en v a -

 

no aspiraríais a más.»

 

 

 

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«¡Cuán bien generoso espíritu y benigno huésped», repuso el patriarca de la raza humana, «cuán bien nos

 

has trazado el camino que puede conducirnos a nuestra enseñanza, y la escala de la naturaleza que recorre

 

desde el centro a la circunferencia, y cómo la contemplación de los cosas creadas basta para elevarnos de

 

una en otra hasta la majestad de su Creador! Pero dime: ¿qué has querido dar a entender con lo de «si dais

 

muestras de ser obedientes»? ¿Es posible que no lo seamos, que nos olvidemos del amor a Aquel que nos

 

ha sacado del polvo, estableciéndonos aquí y colmándonos de cuantos bienes puede concebir o apetecer el

 

anhelo humano?»

 

Y el Angel le replicó: «Hijo del Cielo y de la Tierra, escucha. A Dios eres deudor de toda tu felicidad,

 

pero el proseguir disfrutando de ella, de ti depende, es decir, de tu obediencia en la cual debes mantenerte

 

fiel, porque es la prenda de tu ventura; tenlo presente. Dios te ha hecho perfecto, pero no inmutable; te ha

 

hecho bueno pero te deja árbitro de perseverar o no en esta bondad; te ha dotado de un albedrío libre por su

 

naturaleza, no sujeto al misterioso hado ni a la inflexible necesidad. Por eso el homenaje que exige es v o -

 

luntario y no forzoso, pues de ser arrancado por la fuerza ni lo aceptaría, ni sería homenaje. ¿Cómo un c o -

 

razón esclavizado ha de mostrar que se somete voluntariamente a su servidumbre, si cohibido por el dest i -

 

no, carece de toda elección posible? Nosotros también y cuantas angélicas legiones asisten al trono de Dios

 

ciframos nuestro estado de bienaventuranza como vosotros el vuestro en la obediencia; que no tenemos otra

 

seguridad. Libremente servimos, porque libremente amamos; de nuestra voluntad depende el amar o no, y

 

en ella por consiguiente estriba nuestra elevación o nuestra ruina. Por incurrir en la desobediencia cayeron

 

algunos desde los cielos al profundo abismo. ¡Oh!, ¡Y qué caída! ¡En qué miserable extremo, y desde qué

 

gloria tan sublime!»

 

A lo cual respondió nuestro primer padre: «Con la mayor atención he escuchado tus palabras, divino

 

maestro, y me han deleitado más que los armónicos acentos de los vecinos montes, cuando repiten por la

 

noche los cantos de los querubines. Ni se me oculta que hemos sido creados libres, tanto para querer como

 

para obrar; y no olvidaremos nunca el amor que debemos a nuestro Hacedor y la obediencia a su único

 

mandamiento, que tan justo es en efecto, pues así me lo persuado y ha persuadido siempre mi reflexión. P e -

 

ro lo que dices que ha ocurrido en el cielo me hace dudar de mí mismo y me inspira el deseo de oír, si te

 

dignas de referirlo, la relación completa del caso que debe ser muy extraño y digno de escucharse con rel i -

 

gioso silencio. Aún tenemos día sobrado; que apenas ha llegado el sol a la mitad de su carrera, y comenz a -

 

do la otra mitad en el ancho círculo del cielo.»

 

A este ruego de Adán condescendió Rafael, después de una breve pausa diciendo: «En arduo empeño me

 

pones, padre de los hombres, arduo y triste a la vez; porque ¿cómo representar al sentido humano las inv i -

 

sibles hazañas de los espíritus guerreros, y cómo referir sin pena la ruina de tantos gloriosos seres, y tan

 

perfectos mientras guardaron fidelidad? ¿Cómo, por fin revelar los secretos de un mundo que quizá no es

 

lícito descubrir? Mas por tu bien debe permitirse todo. Pondré al alcance de tu comprensión lo que es sup e -

 

rior a ella, dando a lo espiritual formas corpóreas por donde mejor se entienda; pues si la tierra es una so m -

 

bra del cielo ¿qué extraño que se asemejen más de lo que es posible imaginar las cosas de acá abajo a las

 

celestiales?

 

«No existía este mundo aún, y reinaba el lóbrego caos donde hoy giran las célicas esferas, donde la tierra

 

se asienta ahora equilibrada sobre su centro, cuando un día (porque el tiempo, no obstante, la eternidad,

 

aplicado al movimiento mide cuanto es capaz de duración por medio de lo presente lo pasado y lo futuro),

 

cuando un día, digo, de los que completan el grande año celeste, fueron por mandato supremo convocadas

 

todas las angélicas legiones, y acudiendo desde los más apartados ámbitos del Empíreo rodearon el trono

 

del Omnipotente, presididas por sus gloriosos capitanes. Enarbolábanse allí mil y mil enseñas, banderas y

 

estandartes, que entre las primeras filas y la retaguardia ondeaban al aire, sirviendo para distinguir las dif e -

 

rentes jerarquías, órdenes y grados, o para ostentar en los blasones de sus brillantes campos sagrados r e -

 

cuerdos y memorables hechos de virtud y amor. Y cuando acabaron de formar un círculo de inconmensur a -

 

ble extensión, incluyéndose una rueda en otra, el Infinito Padre, a cuyo lado se sentaba el Hijo en el seno de

 

su bienaventuranza, cual desde una montaña de ardiente fuego que no deja ver su cima por la excesiva cl a -

 

ridad que luce en ella pronunció estas palabras: «Oíd todos vosotros, ángeles, hijos de la luz, tronos, dom i -

 

naciones, principados, virtudes y potestades; oíd mi decreto que ha de ser para siempre irrevocable.» En

 

este día he engendrado al que declaro mi único Hijo, y sobre este santo monte acabo de consagrarlo. A mi

 

diestra lo tengo; vedlo. Desde hoy será, vuestro superior pues por mí mismo he jurado que todas las rodillas

 

 

 

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se doblarán en el cielo ante El, y que lo reconocerán todos por soberano. Vivid unidos, como una sola alma

 

bajo el imperio de este representante de mi grandeza, y sed perpetuamente dichosos; que el que lo desob e -

 

dezca, me desobedecerá a mí, romperá los vínculos que nos unen, y desde aquel día, apartado de Dios y de

 

su visión beatífica caerá en las más hondas tinieblas en el profundo abismo, donde tiene reservado un lugar

 

que ocupará sin fin y sin esperanza de redención.

 

«Así habló el Señor Todopoderoso, y todos parecieron acoger dócilmente sus palabras, aunque en real i -

 

dad no todos sentían lo mismo. Aquel día, como uno de los más solemnes, se pasó en cánticos y danzas en

 

torno del sagrado monte; místicas danzas, que la estrellada esfera de los planetas y los astros fijos imita

 

antes que otra alguna en sus intrincados, excéntricos y revueltos laberintos, tanto más regulares, sin emba r -

 

go, cuanto mayor es su irregularidad en la apariencia; y de sus movimientos procede armonía tan divina y

 

tan dulce en sus mágicos acordes, que el mismo Dios los escucha embelesado.

 

«Acercábase entretanto la noche (que también nosotros tenemos mañana y tarde, no porque nos sean n e -

 

cesarias, sino porque su variedad es más agradable), y terminadas las danzas, sentimos el deseo de regala r -

 

nos con dulcísimos manjares; y puestos en círculos como estábamos, aparecieron las mesas llenas de ang é -

 

licos alimentos, de líquidos rubíes y néctar, fruto de las deliciosas vides que cultiva el cielo, rebosando en

 

vasos de perlas, diamantes y macizo oro. Recostados sobre flores y coronados de guirnaldas comían allí y

 

bebían, y en dulce consorcio se henchían de inmortalidad y júbilo, mas sin llegar a hastiarse, porque la pl e -

 

nitud es allí el límite del exceso, hallándose en Presencia del Bondadosísimo Señor, que al otorgarles tantos

 

dones a manos llenas toma parte en su regocijo. Entretanto la ambrosía de la noche, exhalándose entre n u -

 

bes desde el alto monte de Dios, fuente de la luz como de la sombra, había trocado la faz del fulgente cielo

 

en un crepúsculo agradable, pues nunca extiende allí la noche más tenebroso velo, y un blando rocío iba

 

adormeciendo todos los ojos excepto los de Dios, siempre vigilantes. Diseminados poco después los ejé r -

 

citos angelicales por la llanura del cielo, mucho más extensa que la de la tierra, si aplanase su superficie,

 

que tales son los divinos atrios, se dispersaron en legiones y curias, acampando a orillas de arroyos cristal i -

 

nos y entre árboles de vida; y bajo innumerables e improvisados pabellones como en otros tantos tabern á -

 

culos, gozaban los celestiales espíritus del sueño, arrullados por los frescos céfiros; gozaban del sueño t o -

 

dos, menos los que durante el transcurso de la noche se empleaban en cantar melodiosos himnos alrededor

 

del trono del Señor.

 

«Pero no velaba con este objeto Satán, que así se llama ahora, porque su primitivo nombre no se oye en

 

el cielo. Satán, uno de los primeros, si no el más distinguido de los arcángeles, grande por su poder, su f a -

 

vor y su dignidad, que envidioso del puesto a que el Padre Omnipotente elevaba aquel día a su Hijo, pr o -

 

clamándole por Mesías y ungiéndolo por Rey, no podía reprimir su orgullo indignado de que así se le po s -

 

tergase. Cediendo pues a su malevolencia y a su soberbia, no bien, mediada la noche, llegó la hora en que

 

la oscuridad era mayor y en que por lo mismo brindaba más al sueño y al recogimiento, determinó alejarse

 

con todas sus legiones, dando aquella muestra de menosprecio a la supremacía de Dios, de cuyo culto y

 

obediencia se separaba desde aquel momento; y despertando al que lo seguía en autoridad, llevolo aparte y

 

le dijo así: «¿Tú también compañero mío, estás durmiendo? ¿Es posible que pueda el sueño cerrar tus pá r -

 

pados? ¿No te acuerdas ya de lo que se decretó ayer, el decreto que hace tan poco pronunciaron los labios

 

del señor del Cielo? Tú tienes por costumbre no ocultarme ninguno de tus pensamientos, como acostumbro

 

yo a confiarte también los míos. Y si despiertos tu y yo somos uno mismo, ¿por qué el sueño ha de hacer

 

que nos desunamos? Ves que se nos imponen nuevas leyes; dictadas éstas por un poder soberano, pueden

 

producir en nosotros sus vasallos, nuevos propósitos, nuevos consejos para tratar de eventualidades que

 

acaso sobrevendrán; pero no es conveniente discurrir aquí más sobre este punto. Congrega a los jefes de los

 

millares de huestes que acaudillamos; diles que por superior mandato antes que la oscura noche haya ret i -

 

rado sus sombrías nubes, debo, juntamente con los que tremolan sus banderas bajo mis órdenes, encam i -

 

narme con apresurado vuelo a las regiones que poseemos en el norte, y disponer allí lo necesario para rec i -

 

bir dignamente a nuestro Rey, el gran Mesías, y ejecutar lo que tenga a bien mandarnos, porque en breve

 

aparecerá triunfante, en medio de todas las jerarquías celestes, a las cuales impondrá sus leyes.

 

«Mientras el pérfido arcángel hablaba así, iba inspirando malignas prevenciones en el incauto ánimo de

 

su compañero, que conforme le había prescrito, llamó a la vez, a unos tras otros, a los principales a quienes

 

mandaba; indicoles que se le había ordenado trasladar a otro punto el gran pendón que los distinguía, antes

 

de que la sombría noche abandonase el cielo; y para tomar el tiento a su lealtad, les insinuó el motivo de

 

 

 

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aquella marcha con ciertas vaguedades y reticencias, propias para agriar y torcer sus ánimos. Obedecieron

 

todos, como lo tenían de costumbre, la señal y superior mandato de su gran adalid, que bien merecía el

 

nombre de grande siendo tanta en el cielo su dignidad; seducíalos su esplendor, como seduce a los astros

 

que lo siguen el de la estrella de la montaña, y la impostura de que se había valido arrastró en pos de sí a la

 

tercera parte de las celestiales huestes.

 

«Entretanto los ojos del Eterno, cuya mirada penetra los más recónditos designios, descubrieron desde la

 

cima del santo monte, alumbrado de noche por las lámparas de oro que arden en su presencia, pero, sin n e -

 

cesitar de luz, la rebelión que se preparaba; vieron cómo iba cundiendo entre aquellas lúcidas cohortes, y la

 

resistencia que su innumerable muchedumbre se aprestaba a hacer a su voluntad suprema; y sonriendo, d i -

 

rigió a su único Hijo estas palabras: «¡Hijo mío, en quien veo resplandecer la plenitud de mi gloria, hered e -

 

ro de mi omnipotencia! Pues se va a atentar contra ésta, impórtanos pensar cómo defenderla y con qué a r -

 

mas hemos de sostener el derecho que poseemos a la divinidad y al imperio de todo lo creado. Un enemigo

 

se alza, que pretende erigir un trono igual al nuestro, allá en las vastas regiones del Septentrión; y no co n -

 

tento con esto, medita cómo aventurar al trance de una batalla nuestro poder y nuestro derecho. Preparém o -

 

nos, pues, y en tan temeroso riesgo armémonos prontamente de cuantas fuerzas podamos disponer, e m -

 

pleándolas en defendernos, no sea que por desprevenidos caigamos de nuestra sublime altura de nuestro

 

santuario de la cima de nuestro monte.

 

«A lo que con reposado, puro, inefable y sereno aspecto radiante de divinidad, respondió el Hijo: «O m -

 

nipotente Padre que con razón haces desprecio de tus enemigos, y que contemplándote seguro, te burlas de

 

sus vanos intentos y de su inútil cuanto tumultuosa audacia, con esto acrecentarán mi gloria; su odio redu n -

 

dará en loor mío, cuando vean que el soberano poder que se me ha otorgado aniquila todo su orgullo, y e x -

 

perimenten la habilidad de mi brazo en subyugar a los que se rebelan; y entonces dirán si debo ser consid e -

 

rado como el último de los cielos.»

 

«Mientras hablaba así el Hijo, caminaba Satán en apresurado vuelo con sus secuaces; ejército más inn u -

 

merable que las estrellas de la noche o las matutinas gotas de rocío que, como relucientes perlas engasta el

 

sol en las plantas y las flores. Atraviesan una y otra región, los poderosos reinos de los serafines de las p o -

 

testades y de los tronos en sus triples grados; comparados tus dominios, Adán, con aquellas regiones, serían

 

lo que tu jardín con respecto a toda la tierra a los mares todos al globo entero, desplegado en toda su long i -

 

tud. De esta suerte llegan por fin a las extremas partes del norte, y Satán a su mansión regia, fabricada en lo

 

más alto de un monte, que se divisaba a lo lejos como una montaña sobrepuesta a otra, con pirámides y t o -

 

rres hechas de agramilado diamante y de rocas de oro; que era el palacio del célebre Lucifer, según en su

 

lenguaje llaman los hombres a esta clase de construcciones; pues para afectar mayor igualdad con Dios,

 

imitando el nombre de la montaña en que acababa de proclamarse al Mesías rey de los cielos, él llamó a la

 

suya montaña de la Alianza. Y convocando en torno de ella a todos sus secuaces con pretexto de que así se

 

le ordenaba para consultarlos sobre el ostentoso recibimiento que habían de hacer a su Soberano luego que

 

se presentase, y valiéndose del arte con que sabía fingir el acento de la verdad cautivó su atención dicié n -

 

doles:

 

«Tronos, dominaciones, principados, virtudes y potestades, títulos magníficos, si no son vanos desde el

 

momento en que por un decreto se ha concedido a otro tan gran poder, que nos eclipsa a todos al ser cons a -

 

grado por rey supremo. El es la causa de la atropellada marcha que esta noche hemos traído; él la de que

 

aquí estemos congregados de improviso, con el único objeto de acordar cómo más dignamente hemos de

 

recibir y qué honores nuevos hemos de rendir al que viene a imponernos un tributo de genuflexión, una

 

humillación servil, que hasta ahora no se nos había exigido. Postrarnos ante uno, era demasiado: ¡cuán duro

 

no debe sernos este doble culto ofrecido no sólo al que es superior, sino al que se nos dice ahora que es su

 

imagen! Y, ¿qué acontecería si despertasen nuestros ánimos a mejor acuerdo, y se determinasen a sacudir

 

tal yugo? ¿Humillaréis las frentes, y doblaréis temblando vuestras rodillas? No tal: creo conoceros bien; y

 

asimismo os reconoceréis vosotros como naturales e hijos de este cielo, que antes no ha poseído nadie; y si

 

no todos somos iguales, todos somos libres, igualmente libres, porque la diferencia de clases y dignidades

 

no se opone a la libertad. que, por el contrario se concilia con ellas. ¿Quién, pues, ni razonable ni just a -

 

mente podrá alzarse con la monarquía sobre los que de derecho son iguales suyos, si no en poder y esple n -

 

dor al menos en libertad? ¿Quién se atrevería a dictarnos leyes ni mandamientos, cuando por estar exentos

 

de crimen, no necesitamos de ley alguna? Y menos debiera atreverse a hacerlo el que no puede ser nuestro

 

 

 

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soberano ni exigir que lo adoremos sin vilipendiar la regia dignidad en virtud de la cual estamos destinados

 

a gobernar, y no a ser siervos.»

 

«Escuchaban todos su audaz discurso sin contradecirlo, cuando levantándose el serafín Abdiel, celosís i -

 

mo adorador de la divinidad y dócil cual ningún otro a sus mandatos inflamado en santa indignación, atajó

 

así aquel furioso torrente:

 

«¡Oh blasfemo insolente y falso! No era de esperar que se oyesen semejantes palabras en el cielo y m e -

 

nos proferidas por ti, ingrato, que tan encumbrado te hallas sobre tus iguales. ¿Cómo puede tu sacrílega

 

astucia condenar ese justo decreto promulgado y jurado por el Señor? Ordena que ante su único Hijo, que

 

por derecho propio empuña el cetro regio, doblen todos los que habitan el cielo la rodilla, y honrándolo

 

como es debido, lo confiesen por legítimo Soberano; y, ¿esto dices que es injusto, porque no es reducir con

 

leyes a los libres, y lo es que uno solo impere sobre sus iguales y obtenga un poder que nadie puede heredar

 

después? ¿Pretendes dictar leyes a Dios? ¿Vas a disputar sobre los fueros de la libertad con el mismo que te

 

ha hecho lo que eres, y que al crear conforme a su voluntad las potestades celestes ha imitado las condici o -

 

nes de su existencia? Harto experimentada tenemos su bondad; harto sabemos con cuánta solicitud procura

 

nuestra dicha y nuestra grandeza, y que lejos de empequeñecernos, quiere, por el contrario, sublimar nue s -

 

tro venturoso estado uniéndonos más estrechamente bajo una misma cabeza. Y, puesto que, como afirmas,

 

fuera injusto que el que es igual reine como monarca sobre sus iguales, ¿osas tú por grande y glorioso que

 

seas y aunque cifrases en ti solo el esplendor de las angélicas naturalezas, igualarte a ese unigénito Hijo,

 

por quien, como Verbo suyo, el Padre Omnipotente lo creó todo, y te creó a ti mismo, y a todos esos esp í -

 

ritus celestes, coronados de gloria en diferentes grados y glorificados con los nombres de tronos, domin a -

 

ciones, principados, virtudes y potestades, potestades que constituyen nuestra esencia? No nos humillará su

 

reinado, antes acrecerá nuestro lustre, porque siendo nuestro príncipe, no podrá menos de identificarse con

 

nosotros; sus leyes serán las nuestras, y cuantos honores le tributemos vendrán a recaer en nosotros mi s -

 

mos. Desiste pues, de tu insensato encono; no perviertas a los que te escuchan, y apresúrate a calmar la c ó -

 

lera del Padre y la cólera del Hijo, que no es difícil obtener el perdón cuando se implora a tiempo».

 

…Con este fervor se expresaba el Ángel, mas era inútil su celo, que se tenía por extemporáneo, por poco

 

digno y propio de espíritus apocados; de lo que lisonjeándose el Apóstata más ensoberbecido que antes, le

 

replicó:

 

«¿Que fuimos creados dices, y que como producto de segunda mano, el Padre transfirió este cuidado a su

 

Hijo? ¡Idea peregrina y nueva! Bueno fuera saber de quién has aprendido esta doctrina. ¿Cuándo se efectuó

 

esta creación? ¿Recuerdas tú cuándo saliste de la nada, y cómo te dio el ser ese tu Hacedor? Porque nos o -

 

tros no conocemos tiempo alguno en que no hayamos sido lo que somos, ni nada que nos haya precedido.

 

Engendrados fuimos por nosotros mismos y elevados por nuestra propia virtud vivificadora, cuando llegado

 

el momento fatal, adquirieron las cosas su complemento, y nosotros, frutos ya sazonados tuvimos por patria

 

al cielo. Nuestro poder de nosotros únicamente procede, y nuestro brazo ejecutará tales empresas que

 

muestre bien si hay otro que se le iguale. Entonces verás si tenemos necesidad de recurrir a súplicas, y si

 

rodeamos el trono del Omnipotente como adoradores o como agresores. Y ahora lleva, refiere estas nuevas

 

a tu ungido Príncipe; y apresura el vuelo antes que un funesto obstáculo te lo impida».

 

…Dijo, y aquellas innumerables huestes aplaudieron sus palabras con un ronco murmullo, parecido al que

 

en el hondo mar forman las olas; mas no por eso perdió su intrepidez el flamígero Serafín, pues aunque

 

solo y cercado de enemigos, se sintió con sobrado aliento para añadir:

 

«¡Oh espíritu apartado de Dios, espíritu maldito, contrario a toda virtud! Veo inminente tu perdición, y

 

veo a tu desventurada grey, envuelta en tus pérfidos amaños participar a un mismo tiempo de tu crimen y tu

 

castigo. No, no te inquiete ya el deseo de sacudir el yugo del Divino Mesías; no abrigues más confianza en

 

las leyes de la indulgencia; otras serán las que contra ti se lancen, y leyes irrevocables. Ese cetro de oro a

 

que pretendes sustraerte se trocará en azote de hierro que quebrante y reduzca a la nada tu inobediencia.

 

Seguiré el consejo que me has dado mas no por temor a tus advertencias y amenazas, sino para huir de estas

 

inicuas tiendas, que la inminente cólera del Señor abrasará en repentino incendio, sin distinguir de inoce n -

 

tes ni de culpables. Teme tú el trueno que va a estallar sobre tu cabeza, y el rayo devorador que te consuma.

 

Gimiendo entonces conocerás al que te ha creado, porque no podrás menos de conocer al que te aniquile».

 

 

 

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…Estas palabras pronunció el serafín Abdiel, único dechado de fidelidad entre aquella multitud de infi e -

 

les, único que conservaba su fe, su amor y su celo, y que se mostraba firme, resuelto, inaccesible a toda s e -

 

ducción y a todo temor contra la rebeldía que se fraguaba. Ni el número ni el ejemplo fueron poderosos a

 

hacerlo abjurar de la verdad, ni aun viéndose solo, a que decayera su constante ánimo. Largo trecho anduvo

 

entre las legiones, sufriendo los improperios con que al paso lo zaherían; pero sobreponiéndose a sus i n -

 

sultos y menospreciando sus amenazas, abandonó con desdeñosa indiferencia aquellas altivas torres que en

 

breve habían de derrumbarse.»

 

SEXTA PARTE

 

ARGUMENTO

 

Prosigue Rafael su narración, y refiere cómo fueron enviados Miguel y Gabriel a combatir contra Satán y

 

sus ángeles. Descríbese la primera batalla, de resultas de la cual, y a favor de la noche se retira Satán con

 

los suyos; convoca un consejo, e inventa unas máquinas infernales, con que en nuevo combate empeñado al

 

siguiente día, consigue introducir algún desorden en las legiones de Miguel; pero éstas, por fin arrancando

 

de su asiento montes enteros, sepultan bajo ellos a las huestes satánicas y sus máquinas. No logran sin e m -

 

bargo acabar con la rebelión y al tercer día envía Dios al Mesías, su Hijo, a quien había reservado la gloria

 

de aquel triunfo. Preséntase éste en la plenitud del poder que le ha concedido su Padre, y ordenando a sus

 

legiones que se mantengan inmóviles a sus lados, lánzase con su carro, fulminando rayos en medio de sus

 

enemigos que incapaces de resistirlo se ven perseguidos hasta los postreros atrincheramientos del cielo;

 

abierto el cual, caen precipitados con estrepitosa confusión al abismo, que de antemano estaba preparado

 

para servirles de castigo; con lo que el Mesías vuelve victorioso al seno de su Padre.

 

«Continuó el Ángel intrépido caminando toda la noche; sin que nadie lo persiguiese y atravesando los

 

vastos campos del cielo, hasta que despertada la Aurora por las Horas que marchan circularmente, abrió

 

con sus rosadas manos las puertas de la luz.

 

«Hay en lo interior de la montaña santa y próxima al trono de Dios, una gruta que en perpetua alternativa

 

ocupan la luz y las tinieblas, cuya agradable sucesión forma lo que puede llamarse el día y la noche del

 

cielo. Auséntase la luz, y por la puerta opuesta entra mansamente la oscuridad, hasta que el momento de

 

extenderse por los celestes ámbitos, bien que su mayor sombra pudiera tenerse aquí meramente por un cr e -

 

púsculo. Ahora se acercaba la mañana circuida del empíreo esplendor con que brilla en la región suprema,

 

y la Noche huía ante ella acosada por los rayos que despedía el Oriente; cuando a los ojos de Abdiel apar e -

 

ció la inmensa llanura cubierta de fúlgidos escuadrones agrupados en orden de batalla, de carros, de armas

 

resplandecientes, de fogosos bridones que reflejaban su brillo unos en otros; señales todas de guerra pero de

 

guerra que iba a estallar en breve porque todos sabían ya las nuevas que él pensaba comunicarles.

 

«Introdújose gozoso entre aquellas amigas falanges que lo recibieron con júbilo y ruidosas aclamaciones,

 

como al único de tan inmensa muchedumbre de criminales que se había preservado de su perdición; y co n -

 

duciéndolo al compás de sus aplausos a la santa montaña, lo presentaron ante el supremo trono de donde, y

 

de lo interior de una nube de oro, salió una voz que pronunció estas dulces palabras:

 

«Siervo de Dios, has obrado bien; bien has combatido por la más noble causa defendiendo la de la verdad

 

solo contra multitud tanta de rebeldes, y haciéndote más temible con tus palabras que lo son todos ellos con

 

sus armas. Para dar testimonio de la verdad, has menospreciado el baldón universal, más difícil de sobrell e -

 

var que todas las violencias, cuidando sólo de hacerte grato a los ojos de Dios, y sin temor a que te calific a -

 

sen de perverso. Fácil es ya el empeño en que vas a verte auxiliado de toda una hueste amiga, y habiéndote

 

con contrarios a cuya presencia volverás con tanta mayor gloria, cuanto más te vilipendiaron al separarte de

 

ellos. Someterás por la fuerza a los que no quieren admitir la razón por ley, siendo como es tan justa, ni al

 

Mesías por soberano, cuando reina por el derecho de sus propios méritos. Apréstate, Miguel, príncipe de

 

los ejércitos celestiales, y tú Gabriel, que lo igualas con ardor bélico; guiad uno y otro al combate mis i n -

 

vencibles legiones; poneos al frente de mis ejércitos santos. Que congregados por millares y por millones,

 

lleguen a competir en número con los de esa muchedumbre rebelde y falta de Dios. Aprestad fuego y armas

 

mortíferas: dad sin temor en ellos; y persiguiéndolos hasta la extremidad del Empíreo, arrojadlos de la pr e -

 

sencia de Dios, de la mansión bienaventurada al lugar de su tormento, a los abismos del Tártaro, que abren

 

ya su inflamado caos para que en él acabe su ruina».

 

 

 

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«Esto dijo la soberana voz, y al punto empezaron las nubes a agolparse sobre la montaña, y la espesa

 

humareda con cuyos lóbregos remolinos luchaban furiosas llamas, anunciaba la ira que iba a estallar en

 

breve. Con estruendo no menos espantoso resonó en la cumbre el penetrante acento de la trompeta aérea,

 

que apenas oída de las celestes potestades, se agruparon en irresistible masa moviéndose silenciosas aqu e -

 

llas brillantes legiones al compás de armónicos instrumentos, poseídas de heroico ardor, digno de un alto

 

empeño, y siguiendo a los inmortales caudillos que defendían la causa de Dios y de su Mesías. Marchan

 

con inquebrantable firmeza, sin que basten a desordenar sus filas angostos valles, empinadas lomas, bo s -

 

ques, ni ríos; que no es el suelo obstáculo a sus plantas, y los aires parecen ayudar a su veloz ímpetu. Y

 

como cuando las aves de todo género cruzaban sucesivamente el aire y posaban su vuelo sobre el Edén, p a -

 

ra que a cada cual impusieses tú su nombre, así iban atravesando los varios espacios del cielo y una y otra

 

región diez veces más anchurosas que la tierra toda.

 

«Por fin, al término del horizonte y a la parte del septentrión, se descubrió en todo su extenso ámbito una

 

lengua de fuego que semejaba un ejército en orden de batalla, y a menor distancia un bosque erizado de

 

enhiestas lanzas, cubierto de yelmos y escudos varios, en que se veían pintados emblemas ostentosos. Eran

 

los escuadrones de Satán, que se movían con precipitada furia, imaginándose que aquel día, bien por fuerza

 

de armas, bien por sorpresa, habían de enseñorearse de la montaña del Eterno y sentar en su trono al sobe r -

 

bio competidor, envidioso de su grandeza. Mas el resultado mostró cuán insensatos y vanos eran sus prop ó -

 

sitos.

 

«Extraño nos pareció al principio que unos ángeles moviesen guerra a los otros, y que, viniesen a desc o -

 

munal batalla los mismos que asociados de continuo en unánime concierto de paz y amor, como hijos de un

 

mismo y augusto Padre. entonaban loores al Rey Eterno; pero sonó el grito de guerra y el rumor fragoroso

 

de la lid ahuyentando todo otro pacífico pensamiento.

 

«Descollando sobre todos los suyos y exaltado como un dios, mostrábase el Apóstata en su refulgente c a -

 

rro aparentando majestad divina, cercado de ardientes querubines y escudos de oro. Bajó de su pomposo

 

trono, a tiempo que entre una y otra hueste mediaba ya limitado trecho, tan limitado como terrible, y que

 

puestas frente a frente, se dilataban en formidable línea, prontas a acometerse; mas antes de llegar a este

 

trance, adelantase Satán con resueltos e inmensos pasos a su sombría vanguardia, alto como una torre, y

 

ciñendo su armadura de diamante y oro. No pudo verlo Abdiel sin indignación: estaba entre los campeones

 

más insignes, determinado a los más valerosos hechos; y alentóse a sí propio exclamando:

 

«¡Oh cielo! ¡Qué tal semejanza guarde aún con el Altísimo quien no conserva ya ni fe ni respeto alguno!

 

¿Por qué donde falta la virtud, no han de faltar asimismo la fuerza y el ardimiento, y por qué el más audaz

 

bien que parezca invencible no ha de ser también el más débil? Confiado en la ayuda del Omnipotente, he

 

de poner a prueba la fuerza de ese cuya insensatez y falacia he probado ya, porque justo es que el que con

 

la verdad ha triunfado, con las armas triunfe del mismo modo venciendo en ambos combates; que cuando la

 

razón lucha con la fuerza, por más que sea empresa ardua y temeraria, la victoria debe estar de parte de la

 

razón.»

 

«Así discurriendo, sale de entre sus compañeros armados, se encuentran a pocos pasos con su altivo

 

enemigo, a quien aquella demostración enfurece más y lo provoca resueltamente diciéndole:

 

«Temerario, aquí te esperamos. ¿Presumías llegar a la eminencia a que aspiras sin que nadie se te opusi e -

 

se? Presumías hallar indefenso el trono de Dios, y que lo hubiéramos abandonado temerosos de tu poder o

 

aterrados por tus amenazas? ¡Insensato! No conoces cuán vano empeño es armarse contra un Señor Tod o -

 

poderoso, que del más leve grano puede a cada momento sacar innumerables ejércitos, que destruyan tus

 

maquinaciones, y que con sólo extender su mano a inconmensurables límites lograría, sin otro auxilio, al

 

menor impulso, anonadarte a ti y confundir en tenebrosos abismos a tus legiones. Ya ves que no todos s i -

 

guen tu ejemplo, y que todavía hay quien abrigue fe y amor en su Dios, lo cual no veías cuando en medio

 

de los tuyos, fascinados por su error, era yo el único que disentía de todos. Contempla ahora si tengo imit a -

 

dores, y aunque tarde, convéncete de que son pocos los que aciertan y muchos los que desvarían.»

 

 

 

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«A quien el protervo Enemigo, lanzando una mirada desdeñosa contestó de este modo: «En mal hora p a -

 

ra ti, en buena para mi sed de venganza, eres el primero a quien encuentro después que huiste de mi prese n -

 

cia, ángel sedicioso. Vienes así a pagar tu merecido, a sufrir el rigor de la cólera que has provocado, porque

 

tu lengua fue la primera que por espíritu de contradicción se desató en injurias contra la tercera parte de los

 

dioses congregados para defender sus derechos, que no cederán a nadie por grande que sea su omnipote n -

 

cia, mientras se sientan animados de su virtud divina. Te has adelantado sin duda a tus compañeros, amb i -

 

cioso de obtener alguna ventaja sobre mí, para que este triunfo les hiciese confiar en mi vencimiento. He

 

suspendido mi venganza, porque en no replicarte, parecería que me obligabas a guardar silencio, y porque

 

es bien te convenzas de que para mí libertad y cielo son una misma cosa, tratándose de espíritus celestiales,

 

no de los que se avienen mejor con la servidumbre, espíritus abyectos entretenidos en cánticos y festines.

 

Estos son los que tú has armado, mercenarios del cielo, que siendo esclavos, intentan pelear contra la l i -

 

bertad; pero hoy han de ponerse en parangón los hechos de los unos con los de otros.»

 

«Y Abdiel le replicó con entereza estas breves palabras: «¡Apóstata! No desistes de tu error, ni te verás

 

libre de él, porque cada vez se alejan más tus pasos de la verdad. En vano infamas con el nombre de serv i -

 

dumbre el homenaje que prescriben Dios o la Naturaleza, pues Dios y la Naturaleza mandan que impere el

 

que sea más digno, el superior a aquellos a quienes gobierna. Servidumbre es obedecer a un insensato, al

 

que se rebela contra quien tanto puede, como es la de los tuyos al obedecerte. Ni tú mismo eres libre, sino

 

esclavo de ti propio, y nada importa que lleves tu insolencia hasta el punto de escarnecer nuestra sumisión.

 

Reina pues, en los infiernos, que serán tus dominios, mientras yo sirvo en el cielo al Señor, por siempre

 

bendito, y obedezco sus supremos mandatos, como deben todos obedecerlos. Pero en el infierno te agua r -

 

dan no coronas, sino cadenas; y ya que según has dicho, he venido huyendo hasta aquí, reciba tu arrogancia

 

estas albricias con que te saludo.»

 

«Y al decir esto, había ya descargado un vigoroso golpe, que no quedó en amago, sino que cayó de

 

pronto como una tempestad sobre la orgullosa frente de Satán, el cual ni con la vista, ni con la rapidez del

 

pensamiento, ni menos aún con su broquel, pudo repararlo, antes le obligó a retroceder diez largos pasos y

 

a doblar una rodilla sosteniéndose apenas en su robusta lanza; al modo que los vientos subterráneos o las

 

desbordadas aguas arrancan de su asiento una montaña y la dejan medio inclinada con los pinos que cubren

 

su superficie. Asombrados, o más bien furiosos, vieron los rebeldes tronos aquella humillación del que

 

creían tan invencible; al paso que los nuestros prorrumpieron en un grito de alegría, presagio de su victoria

 

e indicio del anhelo con que ansiaban el combate. Al punto ordena Miguel que suene la trompeta del arcá n -

 

gel, y pueblan sus ecos la vasta extensión del cielo, y el ejército fiel entona el Hosanna al Omnipotente.

 

«Mas no se contentaron las huestes contrarias con permanecer en inacción, sino que se precipitaron f u -

 

riosas a la lid. Levantóse horrendo clamoreo, cual nunca se había oído en el cielo hasta el presente, forma n -

 

do asperísima discordancia el choque de las armas y las armaduras, y el crujir de los carros de bronce y los

 

ardientes ejes de sus ruedas. ¿Quién podrá describir el tremendo choque? Volaban las flechas encendidas,

 

silbando horriblemente sobre nuestras cabezas, y cubriendo ambos ejércitos con una bóveda de fuego, y

 

bajo ella se lanzaba uno contra otro con fragoroso ímpetu e inextinguible rabia. Tronaba el cielo todo, y de

 

haber existido la tierra, entonces se hubiera conmovido hasta sus últimos cimientos. Mas, ¿qué mucho si de

 

una y otra parte batallaban millones de ángeles denodados, de los cuales el más débil hubiera bastado por sí

 

solo a conturbar los elementos, y a armarse de la fuerza con que prevalecen en sus regiones? ¿Qué poder

 

les estaba negado a aquellas falanges innumerables que entre sí luchaban, para llevar por dondequiera el

 

espanto y la asolación de la guerra? Hubieran trastornado, ya que no destruido, hasta su mansión nativa, si

 

el Eterno y omnipotente Rey desde sus altos alcázares del cielo no hubiera puesto freno y límites a sus

 

fuerzas. Cada legión de por sí equivalía a un numeroso ejército; cada guerrero representaba en fuerza una

 

legión; y en tan atroz refriega el caudillo era soldado, el soldado capaz de alzarse a caudillo; que cada cual

 

sabía bien cuando había de avanzar, cuando mantenerse a pie firme, o cambiar de batalla; o abrir y estr e -

 

char las temerosas filas sin que en ninguno cupiese la resolución de la fuga o la retirada, ni demostración

 

alguna por donde parecer medroso, sino que cada uno confiaba en sí propio, cual si él solo dispusiese de la

 

victoria.

 

«Y ¡qué de hazañas dignas de eterno nombre se consumaron! Por ser tantas no son para referidas. Oc u -

 

paba el combate infinito espacio, variando en cada momento en multitud de trances; y tan pronto luchaban

 

los invictos guerreros en terreno firme, como alzaban el vuelo y se acometían suspendidos de los contrast a -

 

 

 

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dos aires, que semejaban voraz hoguera. Mantúvose largo tiempo indecisa la batalla, hasta que Satán, que

 

aquel día desplegó una fuerza maravillosa, no hallando quien pudiera contrarrestarlo, y desbaratando las

 

filas de los serafines, revueltos en lo más enconado de la pelea, divisó por fin la espada de Miguel, que

 

deshacía, segaba escuadrones enteros de un solo golpe.

 

«Asía el Arcángel su terrible arma con ambas manos, blandiéndola a todas partes con incontrastable

 

fuerza: donde asestaba su filo todo era devastación y ruina. Salióle Satán al paso para poner coto a tan

 

grande estragó, y se cubrió con el vastísimo círculo de su escudo reforzado hasta por diez láminas de di a -

 

mante. Al verlo, el insigne Arcángel suspendió el belicoso empeño, y lleno de júbilo, como quien esperaba

 

terminar la guerra con la derrota de su Enemigo y encadenarlo a sus plantas, el rostro encendido y con air a -

 

do ceño, empezó dirigiéndole estas palabras:

 

«Recréate en el mal de que eres autor y a que has dado origen con tu rebeldía, pues hasta su nombre era

 

en el cielo desconocido, y míralo propagarse aquí gracias a una guerra que si a todos es odiosa, será funesta

 

para ti y para tus secuaces. ¿Qué has hecho de aquella bendita paz de que gozábamos, trocando nuestro e s -

 

tado natural en este tan miserable, producido por tu criminal soberbia? Y ¡que así hayas contaminado a

 

tantos millones de ángeles, tan puros y fieles en otro tiempo y hoy tan henchidos de envidia y deslealtad!

 

Pero no creas turbar la paz de esta mansión dichosa: el cielo te arrojará lejos de sus dominios, que como

 

reino que es de bienaventuranza no tienen cabida en él los malévolos ni los perturbadores. Huye, pues, y en

 

pos de ti vaya el mal que has abortado; y tú y tus perversas falanges sumíos en el infierno, que es vuestra

 

funesta morada y da allí rienda suelta a tus furores, sin aguardar a que mi vengadora espada anticipe tu ca s -

 

tigo, ni a que más ejecutiva aún la cólera del Señor, apresure los horrores de tu suplicio.»

 

«Y a esto respondió Satán: «No con vanas amenazas pretendas intimidar a quien no has podido. ¿Quién

 

de los míos ha huido de tu presencia? Y si a tus golpes ha caído alguno, ¿no se ha recobrado al punto sin

 

darse por vencido? Pues, ¿cómo se promete tu arrogancia triunfar más fácilmente de mí, y que yo abandone

 

esta empresa? No desvaríes, porque no ha de terminar así un empeño que tú llamas criminal y que nosotros

 

contemplamos como glorioso. Venceremos sí o convertiremos este cielo en el infierno que tú has invent a -

 

do; y si no reinamos aquí, seremos siquiera libres. Esto te digo; y que no he de huir de ti aunque apuradas

 

tus fuerzas, venga en auxilio tuyo ese que se apellida Omnipotente. De lejos o de cerca quiero pelear cont i -

 

go.»

 

«Ambos enmudecieron; ambos se aprestaron a un combate indescriptible. ¿Cómo referirlo, ni aun con la

 

lengua de los ángeles? ¿Con qué compararlo de lo que conocemos en la tierra? ¿Qué imaginación humana

 

podrá encumbrarse hasta las maravillas del poder divino? Porque dioses parecían; y en sus movimientos, en

 

su reposo, en figura, en acciones y el manejo de sus armas, dignos de conquistar el imperio de todo el cielo.

 

Giraban sus fulminantes espadas en el aire describiendo tremendos círculos y sus escudos, uno enfrente de

 

otro, relumbraban como dos grandes soles. Todo permanecía en expectativa, todo embargado de espanto.

 

Apartáronse a entrambos lados los ejércitos angélicos dejando libre el espacio en que antes medían sus a r -

 

mas, porque hasta la conmoción que los combatientes imprimían al aire era peligrosa. Tal (valiéndome de

 

imágenes pequeñas para pintar cosas sublimes) tal, una vez trastornada la armonía de la naturaleza y pue s -

 

tas en guerra las constelaciones, veríamos dos planetas de siniestro aspecto lanzarse uno contra otro y ch o -

 

car furiosos en medio del firmamento, confundiendo en una sus enemigas esferas.

 

«Levantaban a la vez ambos campeones sus temibles brazos, cuya fuerza era sólo comparable a la del

 

Omnipotente, y ambos ideaban asestar un golpe que fuese el postrero y pusiera término a la lid. Competían

 

en vigor, en destreza y agilidad, mas la espada de Miguel, sacada de la armería de Dios, era de tan acerado

 

temple, que nada podía resistir a su cortante filo. Paró con ella un furioso tajo de la de Satán rompiéndola

 

en dos partes; y no bastando esto, tiróle una estocada, que penetrándole en el costado derecho, le abrió una

 

enorme herida. Por primera vez sintió Satán el dolor, y comenzó a agitarse en horribles contorsiones, que el

 

acero le destrozaba las entrañas; pero su etérea contextura no daba lugar a mayor estrago y se repuso en su

 

ser, saliendo de la herida copiosos borbotones de licor purpúreo de sangre, tal como puede animar los esp í -

 

ritus celestiales, que manchó toda su armadura, poco ha tan resplandeciente.

 

«De todas partes acudieron a socorrerlo sus más denodados ángeles, poniéndose en su defensa, mientras

 

otros lo trasladaban en los paveses hasta su carro distante un buen trecho del campo de batalla. En él lo d e -

 

 

 

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positaron haciendo extremos de dolor y rabia, avergonzados de ver que no era tan invencible como creían,

 

postrada su soberbia con tal desastre, y desvanecida la confianza en que estaban de que su poder era igual

 

al poder divino. Sanó empero muy pronto, porque los espíritus, en quienes todo es vida, existen por co m -

 

pleto en cada una de sus partes, no como el frágil hombre en el conjunto, de sus entrañas, de su corazón, o

 

su cabeza, del hígado o los riñones; no pueden morir sin reducirse a la nada; no es posible que el líquido de

 

sus tejidos reciba una herida mortal como no es posible que la reciba la fluidez del aire; con todo corazón,

 

todo cabeza, y ojos y oídos y sentidos e inteligencia; y a medida de su voluntad mudan de miembros, de

 

color, de formas y de apariencia reduciéndose o dilatándose, según conviene mejor a sus deseos.

 

«Llevábanse al propio tiempo a cabo memorables hechos por el lado en que combatía Gabriel, el cual

 

con sus brillantes enseñas, se entraba resueltamente por las espesas legiones que acaudillaba Moloc. En v a -

 

no lo perseguía este soberbio príncipe, jurando que había de arrastrarlo encadenado a las ruedas de su carro,

 

y, blasfemando con impía lengua de la sacrosanta divinidad de Dios: quedó hendido de un mandoble desde

 

la cabeza a la cintura, y lanzando rabiosos ayes, desapareció con su destrozada hueste. Otro tanto acaecía

 

en los dos extremos de la batalla, donde Uriel y Rafael triunfaban de sus orgullosos enemigos, Adramalec y

 

Asmodeo a pesar de sus gigantescas fuerzas y sus diamantinas armaduras, viéndose ambos tronos castig a -

 

dos cuando más prepotentes se creían, y caídos de su altivez, sin que sus armas y defensas los . preservaran

 

de huir cubiertos de horribles heridas. Ni se mostró Abdiel más remiso en escarmentar a la descreída m u -

 

chedumbre, cayendo a impulsos de sus repetidos golpes Ariel y Arioc y Ramiel, que se distinguían por su

 

violenta ferocidad. «Pudiera referirte las proezas de muchos millares de ángeles para perpetuar en la tierra

 

la memoria de sus nombres; mas estos bienaventurados se contentan con la gloria que disfrutan en el cielo,

 

y no han menester las alabanzas de los hombres. Y en cuanto a los adversarios bien que no les neguemos su

 

poder y esfuerzo bélico, ni la fama que ambicionaban merecedores como se hicieron de la maldición que el

 

cielo echó sobre ellos, dejémoslos yacer entre las tinieblas del olvido; porque la fuerza que se aparta de la

 

verdad y de la justicia no es digna de estimación y loa, sino de reprobación y de menosprecio; aspira a la

 

gloria por medio de un vano orgullo, y a la reputación valiéndose de la infamia: quede pues condenada a

 

silencio eterno.

 

«Rendidos los principales caudillos, comenzó el combate a declinar, multiplicándose los desastres, y c o -

 

menzaron la derrota y la confusión. Veíanse aquellos llanos cubiertos de despojos y armas despedazadas;

 

los carros hechos trizas, los conductores y los caballos amontonados y envueltos en humo y en vivas ll a -

 

mas. Los pocos que subsistían en pie retrocedían azorados y comunicaban su desaliento a los ejércitos de

 

Satán, que apenas acertaban a defenderse, que por primera vez sentían la debilidad del temor y los dolores

 

del sufrimiento y que huían ignominiosamente, avergonzados de verse reducidos a tal extremo por mal de

 

su pecado y su rebeldía. Hasta entonces ignoraban lo que era miedo y cobardía y angustia.

 

«¡En cuán diferente situación se hallaban los santos inviolables! ¡Cuán firme, cuán entera avanzaba su

 

falange igual en sus filas, indestructibles, segura de su victoria! Debía esta ventaja a su inocencia, que tan

 

superior la hacía a sus enemigos. No había incurrido en el pecado de desobediencia y se mantenía animosa

 

en la confianza de quedar incólume aun cuando la violencia de la refriega turbase a veces el orden de sus

 

legiones.

 

«La noche entretanto comenzó su curso, y esparciendo su oscuridad por el cielo, dio tregua e impuso s i -

 

lencio al odioso estrépito de la guerra. Vencidos y vencedores se guarecieron bajo su tenebroso manto; M i -

 

guel y sus ángeles permanecieron en el campo de batalla, en torno del cual velaban multitud de querubines

 

con antorchas encendidas; en la parte más lejana Satán, rodeado de sus rebeldes huestes y oculto entre pr o -

 

fundas tinieblas; y no pudiendo reposar un punto, luego que entró la noche, convocó a consejo a sus pote n -

 

tados y sin muestra alguna de desaliento les habló así:

 

«Los peligros que habéis arrostrado, queridos compañeros, la destreza de que habéis dado pruebas sin ser

 

vencidos, os hacen merecedores, no ya de la libertad que es galardón mezquino, sino de bienes que tenemos

 

en más estima del honor, el dominio, la gloria y el renombre. Todo un día habéis estado sosteniendo un

 

combate dudoso; y lo que en un día habéis hecho ¿por qué no poder hacerlo durante una eternidad? Ha

 

echado el Señor del cielo de cuanto poder disponía contra vosotros; de su mismo trono ha sacado las fue r -

 

zas que creyó suficientes para someteros a su voluntad; pero ¿lo han conseguido? No; y en esto debemos

 

hallar la prueba de que no es tan previsor de lo futuro ni tan omnisciente como lo creíamos. Cierto que la

 

 

 

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inferioridad de nuestras armas nos ha perjudicado en parte, y ocasionándonos dolores que antes no con o -

 

cíamos; pero una vez conocidos, los hemos menospreciado. Tenemos ya el convencimiento de que nuestra

 

naturaleza empírea no está sujeta a trance mortal alguno, de que es imperecedera, pues aún debilitada por

 

las heridas sana muy pronto de ellas, y vuelve a cobrar su vigor nativo. A tan leve mal, fácil es aplicar r e -

 

medio. Con más poderosas armas, con instrumentos más impetuosos que para la lid próxima dispongamos,

 

mejoraremos de fortuna y empeoraremos la de los enemigos o por lo menos se igualará la disparidad que

 

seguramente no ha puesto entre ellos y nosotros la naturaleza. Y si otra causa ignorada les ha concedido esa

 

superioridad, pues conservamos enteros nuestros ánimos y cabal nuestra inteligencia, veamos, e invest i -

 

guemos los medios de descubrirla.

 

«Dijo y se sentó. Próximo a él estaba en la asamblea Nisroc, cabeza de los Principados que había salido

 

del combate acribillado de heridas y con las armas abolladas y hechas pedazos. Mostraba gesto sombrío, y

 

le respondió:

 

«Tú que nos libras de nueva servidumbre para procurarnos el pacífico goce de los derechos que como

 

dioses nos son debidos, no dejas de comprender que siendo tales hemos de lamentar doblemente el vernos

 

expuestos a dolorosas heridas, y forzados a pelear con desiguales armas contra un enemigo impasible e i n -

 

vulnerable. De esta contrariedad necesariamente ha de provenir nuestra ruina; porque ¿de qué nos sirve el

 

valor, ni de qué esta fuerza tan vigorosa, si uno y otra ceden al dolor, que lo rinde todo y deja desmayado al

 

más poderoso brazo? Podríamos muy bien renunciar quizás al goce de todo placer, y no prorrumpir en

 

quejas, y vivir tranquilos que es la más dulce de las vidas; pero el dolor es el colmo de la miseria, el peor de

 

los males, y cuando se hace excesivo, no hay paciencia que baste a soportarlo. Si alguno de nosotros acierta

 

a inventar una arma que produzca dolorosa lesión en nuestros enemigos, invulnerables todavía, o una d e -

 

fensa tan eficaz como lo es la suya, nos prestará un servicio no menos digno de gratitud que el que debemos

 

al que nos procura la libertad.»

 

«A lo que con estudiada compostura respondió Satán: «Pues ese invento desconocido aún, y que con r a -

 

zón estimas tan importante para nuestro triunfo, lo tengo ya. ¿Quién de nosotros, al contemplar la brillante

 

superficie de este mundo celeste en que moramos, de este vastísimo continente; ornado de plantas, de fr u -

 

tos, de flores que exhalan ambrosía, de perlas y oro, puede ver con indiferencia maravillas tantas, y no c o -

 

nocer que nacen allí en lo interior de profundos senos, entre negras y crudas masas, de una espuma espir i -

 

tuosa e ígnea, hasta que tocadas y vivificadas por un rayo del cielo, se animan de pronto y exponen sus e n -

 

cantos a la influencia de la luz? Pues esos mismos gérmenes nos ofrecerá el abismo en su natural inercia y

 

provistos de una llama infernal; los cuales, comprimidos en tubos huecos redondos y prolongados, con sólo

 

aplicarles fuego por una de sus extremidades, se dilatarán ardiendo, y estallarán por fin con el estruendo del

 

trueno, esparciendo entre nuestros enemigos tal estrago, que despedazándolos y destruyendo cuanto a su

 

furor traten de oponer, temerán que hemos desarmado al Tonante de sus rayos, única arma terrible para n o -

 

sotros. No será larga nuestra faena, y antes que asome el día veremos cumplidos nuestros deseos. ¡Animo,

 

pues, nada temáis! Considerad que la habilidad y la fuerza reunidas no hallan cosa difícil, y menos cosa de

 

qué desesperar.»

 

«No bien pronunció estas palabras, reanimáronse los semblantes y se abrieron los corazones a la espera n -

 

za. Admiración causó en todos semejante invento, extrañado cada cual que no se le hubiese ocurrido a él:

 

tan fácil parece una vez descubierto lo que antes de descubrirse se hubiera tenido por imposible. Quizás en

 

los futuros siglos, si la perversidad de tu raza llega a tanto, no faltará alguno de tus descendientes, que con

 

ánimo dañino o por sugestión diabólica fragüe una máquina parecida, y en castigo de sus crímenes destruya

 

a los hijos de los hombres al moverse guerra y atentar mutuamente contra sus vidas.

 

«Terminado el consejo, aprestáronse los rebeldes a la obra sin más tardanza. Nadie opuso reparo alguno,

 

y todos dieron ocupación a sus manos. En un momento levantan la superficie del celeste suelo, descubren

 

debajo las materias elementales de la naturaleza en su primitivo origen, hallan la espuma sulfurosa y nítr i -

 

ca, mezclan ambas entre sí y calcinándolas diestramente, las reducen a negros y menudos gramos, de que

 

hacen provisión copiosa. Rompen unos las ocultas venas de los minerales y de las rocas, que existen en el

 

cielo semejantes a las de la tierra, y forjan tubos y balas que llevan consigo la destrucción; otros fabrican

 

dardos incendiarios, que abrasan instantáneamente cuanto tocan; y antes que se acerque el día, durante el

 

 

 

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secreto de la noche, dan cima a sus trabajos, y con gran previsión disponen todo lo necesario a su disimul a -

 

da empresa.

 

«Apareció por fin en el oriente del cielo la risueña aurora, y se levantaron los ángeles vencedores al toque

 

de la trompeta que los llamaba a las armas, formándose en breve las espléndidas falanges, que ostentaban el

 

áureo fulgor de sus brillantes cotas. Desde las colinas que recibían los primeros rayos del sol, espiaban a l -

 

gunos el espacio que en torno se dilataba, mientras, desempeñados otros el oficio de exploradores, recorrían

 

ligeramente armados todos los puntos, para averiguar a qué distancia se hallaba el enemigo, dónde estaba

 

acampado, si había emprendido la fuga, si se ponía en movimiento o se conservaba inmóvil y apercibido

 

para el combate. Descubriósele por fin ya cercano que avanzaba a paso lento, pero resueltamente formando

 

una sola y espesa haz y desplegando al viento sus estandartes; a tiempo que Zofiel el más veloz de los al a -

 

dos querubines, retrocedía a toda prisa, gritando desde lo alto de los aires: «¡A las armas guerreros! ¡A las

 

armas, y a combatir! ¡Ahí tenéis al enemigo! Los que creíamos que se habían fugado vienen a evitarnos la

 

molestia de perseguirlos. No temáis que por fin se salven. Una nube parece su espesa multitud, y que cam i -

 

nan animados de funesta resolución y de confianza. Que cada cual ciña su cota de diamantes, y ajuste bien

 

su casco y embrace fuertemente su ancho escudo para poder manejarlo como convenga, pues a mi juicio no

 

va a ser hoy día de menuda lluvia, sino de gran tormenta, que fulminará rayos abrasadores.»

 

«De esta suerte preparó a los que estaban ya prevenidos; y puestos en orden, desembarazados de imp e -

 

dimentos, y viendo tranquilos que se acercaba el instante de pelear, se movieron resueltamente. Ya se avista

 

el enemigo. Avanzaba con largos y lentos pasos, formando un inmenso cuadro, dentro del cual llevaba sus

 

infernales máquinas rodeadas de apiñados escuadrones que impedían se descubriese el engaño. Al divisa r -

 

se, se detuvieron los dos ejércitos; mas de repente apareció Satán al frente de los suyos y en altas voces se

 

expresó así:

 

«¡Vanguardia! ¡A derecha e izquierda! Desplegad de frente, para que cuantos nos odian puedan ver cómo

 

ofrecemos paz y buena avenencia, y con qué sinceridad de corazón estamos dispuestos a recibirlos si ace p -

 

tan nuestra propuesta y no nos vuelven la espalda por pura perversidad, que es lo que sospecho. Pero pongo

 

al cielo por testigo… Ya ves, ¡oh cielo! con qué lealtad obramos. ¡Ea, pues! Los que al efecto estáis dest i -

 

nados, desempeñad vuestro oficio, haced lo que dejo indicado, y bien recio para que todos puedan oírlo.»

 

Al oír estas palabras falaces y sarcásticas, los que formaban el frente se dividieron a derecha e izquierda,

 

retirándose por ambos flancos, y descubrieron nuestros ojos un espectáculo no menos nuevo sobre ruedas y

 

hechas de bronce, de hierro o piedra que extraño: una triple fila de columnas tendidas (que en efecto c o -

 

lumnas parecían, o más bien troncos huecos de encina u otros árboles despojados de sus ramas y cortados

 

en los montes), pero horadadas en toda su longitud, ofrecían sus bocas algo de siniestro, que revelaba ins i -

 

diosos planes. Al lado de cada columna veíase un serafín, cuya mano blandía una pequeña vara que desp e -

 

día fuego. Esto notábamos, y no sin sorpresa, perdiéndonos todos en conjeturas; mas no duró mucho la i n -

 

certidumbre, porque apenas aplicaron ligeramente y todos a la vez las varas a unos agujeros imperceptibles

 

de las columnas, iluminó de pronto el cielo una explosión de fuego, vomitaron las cavernosas máquinas t o -

 

rrentes de humo, y con horrible estruendo que ensordeció los aires, desgarrando sus entrañas, lanzaron la

 

infernal, indigesta masa que contenían, con fragorosos truenos y una abrasadora lluvia de ardientes globos.

 

Iban asestados contra las filas del ejército vencedor, y era tal su furioso ímpetu que dando en medio de

 

ellas, no pudieron resistir su golpe los que se mantenían como firmes rocas, y cayeron ángeles y arcángeles

 

a millares revueltos entre sí y en el mayor desorden. Ni sus armas les fueron de provecho alguno; que a no

 

serles más bien embarazosas, fácilmente hubieran podido, como espíritus que eran, condensarse o esparci r -

 

se, y ponerse en salvo; pero ya sólo les quedaba la mengua de su derrota y total dispersión, tanto más seg u -

 

ra, cuando más extendían sus filas. ¿Qué remedio intentar? Si avanzaban se exponían a ser rechazados de

 

nuevo y más vergonzosamente, añadiéndose al desastre el mayor ludibrio de los enemigos, que ya se prep a -

 

raban a descargar sus máquinas segunda vez: huir amedrentados era indigna resolución.

 

«Veíalos Satán lleno de regocijo en aquel trance y burlándose de ellos, decía a los suyos: «¿Qué es eso?

 

¿Por qué no se acercan más vuestros animosos vencedores? ¿Qué se ha hecho del denuedo con que acom e -

 

tían? Pues, ¿no les ofrecemos recibirlos con los brazos y el corazón abiertos? (¿puede hacerse más?) Y les

 

proponemos términos de avenencia, y ellos, cambiando de opinión, toman el portante y nos hacen ridículas

 

contorsiones, como si se propusieran armar una danza. Aunque para danzar creo que se muestran un tanto

 

 

 

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atolondrados y bulliciosos; bien que será la alegría que les han causado nuestros pacíficos ofrecimientos; de

 

modo que si se los repetimos podemos prometernos completo éxito»

 

«Y en tono no menos burlón añadió Belial: «Los términos caudillo nuestro, en que se los hemos hecho

 

son de tanto peso y tan difíciles de entender, y con tan irresistible fuerza de raciocinio los hemos expuesto,

 

que no es mucho estén todos esos guerreros algo pensativos y desconcertados. No es posible enterarse bien

 

de ellos, sin que le ocupen a uno de pies a cabeza; y por lo menos esta ocupación tiene la ventaja de ind i -

 

carnos que no andan muy derechos nuestros enemigos.»

 

«Con semejantes chanzonetas los denostaban, creyéndose en su desvanecimiento superiores a todas las

 

veleidades de la victoria. Estimábanse ya con su invención iguales en poderío al Eterno, y se burlaban de

 

sus rayos y de sus legiones los breves momentos que duró su estrago, que no se prolongaron mucho, po r -

 

que, encendida en ira la divina hueste, echó mano de armas que bastasen a desbaratar el infernal invento. Y

 

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fue así que de pronto (admira el vigor la fuerza maravillosa que Dios ha puesto en sus fieles ángeles) arr o -

 

jan las armas, vuelan a las alturas, que con mil deliciosos valles alternan en el cielo como en la tierra, y

 

raudos cual otros tantos rayos asen de las montañas, las mueven y desarraigan de sus cimientos con todo el

 

peso de sus rocas y bosques, y torrentes, y cogiéndolas por sus cimas, las voltean entre sus manos.

 

«Hubieras entonces presenciado el asombro y terror que se apoderó de los rebeldes, viendo que las mo n -

 

tañas, invertida su base se les venían encima, y que bajo ellas quedaban aplastadas con su triple fila las

 

maldecidas máquinas, y todas sus esperanzas sepultadas entre tan inmensas moles. Sobre ellos al propio

 

tiempo llovían peñascos y promontorios enteros, que al caer oscurecían la luz, y entre cuyos escombros d e -

 

saparecían legiones, armas y defensas; y las armas eran ya instrumentos de nuevo daño, porque al romperse

 

herían a los que las empuñaban, ocasionándoles acerbos dolores e imponderables tormentos: y sólo se oían

 

desesperados ayes y horrorosos gritos, pugnando cada cual por librarse de la estrecha prisión que le sujet a -

 

ba, pues el pecado privaba a aquellos espíritus de la sutil fluidez y esencia, que poco antes constituían su

 

ser.

 

«Pero los que quedaban ilesos se aprovecharon del ejemplo, y apelando al mismo recurso arrancaron los

 

montes circunvecinos. Comenzaron pues a volar por los aires, chocando unos con otros. Jamás pudo pr e -

 

verse lucha tan espantosa. ¡Con qué infernal rabia se combatía en los estrechos huecos que quedaban, y a

 

pesar del pavor que aquellas tinieblas infundían! Las más cruentas guerras comparadas con la presente h u -

 

bieran parecido un mero entretenimiento. El estruendo engendraba nueva confusión; la confusión producía

 

mayor frenesí y estrago. Amenazaba desquiciarse el cielo, y seguramente se hubiera consumado aquel día

 

su ruina si el Padre Omnipotente, cercado de esplendor en el incontrastable trono de su celestial santuario,

 

pesando los acontecimientos y previendo aquella iniquidad, no la hubiera permitido para realizar sus ine s -

 

crutables fines de glorificar a su consagrado Hijo, vengándolo de sus enemigos y declarar que transfería en

 

él su omnipotencia; por lo que, como asesor que era suyo, le dijo así:

 

«Destello de mi gloria, Hijo amado, Hijo en cuya faz aparece visible lo invisible que como Dios yo te n -

 

go: tu mano, partícipe de mi omnipotencia, realizará lo que tengo decretado. Dos días han transcurrido, dos

 

días según en el cielo los computamos, desde que Miguel y sus Potestades han ido a subyugar a esos rebe l -

 

des. Tremendo ha sido el combate como no podía menos de serlo armándose uno contra otro semejantes

 

enemigos. Yo los he dejado entregados a sí propios; y ya sabes que al crearlos los hice iguales, y que no

 

hay entre ellos más desigualdad que la del pecado, bien que ésta no se haya hecho sensible, porque no he

 

fulminado aún mi condenación; de suerte que se perpetuaría esa lucha encarnizada, sin que llegara a decirse

 

su resultado. La guerra fatigosa ha dado ya de sí cuanto puede dar; se ha soltado el freno a la más desesp e -

 

rada contienda; se han empleado los montes como armas arrojadizas, cosa ingrata para el cielo y perjudicial

 

a la naturaleza. Dos días pues han transcurrido; el tercero te pertenece a ti porque a ti lo he destinado. Todo

 

lo he consentido para que tuvieses tú la gloria de dar fin a esta cruda guerra, que nadie más que tú puede

 

terminar. Yo he infundido en ti tal virtud y gracia tan eficaz, que los cielos y el infierno se prosternarán

 

ante tu poder incomparable. Tú has de sujetar esa perversa rebelión de modo que todos confiesen ser tú el

 

más digno de entrar en la herencia universal, en la herencia que de derecho te corresponde como Rey que

 

has recibido la unción sagrada. Ve, pues, tú, poseedor del mayor poder de tu poderoso Padre; asciende a mi

 

carro; guía sus rápidas ruedas de suerte que hagan temblar el cielo hasta sus cimientos; lleva mis armas t o -

 

das, mi arco, mi irresistible trueno; suspende mi espada de tu cintura augusta, para que persiguiendo a esos

 

 

 

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hijos de las tinieblas, los arrojes de todos los límites del cielo a los más hondos abismos; y allí podrán m e -

 

nospreciar según les plazca a su Dios, y al Mesías; su ungido Rey.»

 

Al pronunciar estas palabras inundó completamente en rayos de luz a su Hijo, cuya inefable faz recibió

 

toda la efusión del Padre; y lleno de su filial divinidad le respondió:

 

«Padre mío, superior a todos los celestes tronos, el primero, el más alto, el más santo y el mejor por e x -

 

celencia: tu designio constante es glorificar a tu Hijo, como yo te glorifico también a ti según es justo. Toda

 

mi gloria y grandeza, toda mi felicidad consisten en que complaciéndote en mí, veas satisfecha tu voluntad,

 

y yo cifraré en cumplirla el colmo de mi ventura. Acepto como dones tuyos tu cetro y tu poder, de que haré

 

dejación mucho más complacido cuando vengan los tiempos en que todo tú estés en todo, y yo en ti para

 

siempre, y en mí todos aquellos que te sean amados. Pero yo odio a los que tú odias, y puedo armarme de tu

 

terror como me armo de tus misericordias, dado que soy tu imagen en todo. Ministro de tu poder, libraré en

 

breve a los cielos de esos rebeldes, que caerán precipitados en la lóbrega mansión donde los aguardan c a -

 

denas, tinieblas y perpetuos remordimientos; porque ellos renegaron de la obediencia que te es debida,

 

cuando el obedecerte a ti es la felicidad suprema. Separados entonces tus inmaculados santos de los ángeles

 

impuros, y rodeando tu montaña santa, y yo su caudillo, entonaremos sinceros cánticos, himnos de la más

 

alta alabanza.»

 

«Dijo, e inclinándose sobre su cetro, se levantó del asiento de gloria que ocupaba a la diestra del Señor, a

 

tiempo que la tercera aurora sagrada comenzaba a esparcir por el cielo sus resplandores. De repente, y con

 

un ruido semejante al fragor impetuoso del huracán, se lanzó el Carro de Dios Padre fulminando espesas

 

llamas. Tenía sus ruedas unas dentro de otras, y no se movía por impulso ajeno, sino por el instinto de su

 

propio espíritu, yendo escoltado por cuatro custodios con aspecto de querubines. Cada uno de éstos mostr a -

 

ba cuatro rostros maravillosos, y sus cuerpos y alas estaban sembrados de innumerables ojos, refulgentes

 

como estrellas; ojos que asimismo brillaban en las ruedas, las cuales despedían centellas; y sobre sus cab e -

 

zas se alzaba un firmamento de cristal en que se veía un trono de zafiro matizado de purísimo ámbar y de

 

los colores del arco iris.

 

«Cubierto con la celeste armadura del radiante Urim, obra divinamente labrada, ocupa el Mesías su carro.

 

A su derecha lleva la Victoria que extiende sus alas de águila, y al costado del arco el carcaj divino lleno de

 

rayos de triples puntas. Envuélvenlo en torno airados torbellinos de humo, de entre los cuales brotan las

 

llamas ardientes exhalaciones. Diez mil

 

millares de ángeles lo acompañan y lo rodean veinte mil carros de Dios (yo mismo oí contarlos), que

 

anuncian desde lejos su llegada. Sublimado sobre el firmamento de cristal y sostenido en alas de los quer u -

 

bines, veíase en su trono de zafiro; mas los suyos los descubrieron los primeros y se sintieron henchidos de

 

inefable júbilo al divisar ondeante en los aires y tremolado por ángeles el estandarte del Mesías, que era la

 

enseña del cielo. Bajo él congregó Miguel al punto sus legiones, extendidas en dos alas, que en breve r o -

 

dearon al supremo caudillo formando un solo cuerpo.

 

«Ya el divino poder le había preparado el camino del triunfo: a su mandato, retiráronse las montañas a su

 

primitivo asiento; oyeron su voz y le obedecieron; el cielo recobró su serena faz; los valles y las colinas se

 

cubrieron de nuevas flores. Y vieron todos estos prodigios, sus desventurados enemigos, y persistieron en

 

su obstinación reuniendo sus huestes para empeñar otro combate. ¡Insensatos, que de la desesperación s a -

 

caban su confianza! ¡Que tal perversidad quepa en ánimos celestiales! Pero ¿hay prodigios que basten a

 

humillar a los soberbios, ni fuerza que pueda ablandar sus corazones endurecidos? Lo que más debiera

 

convencerlos aumenta su pertinacia; enfurécense doblemente al ver la gloria del Unigénito y su magnif i -

 

cencia despierta en ellos mayor envidia. Su única aspiración es adquirir tanta grandeza, y vuelven a col o -

 

carse en orden de batalla, confiados en triunfar por la fuerza o por la astucia, y en vencer finalmente a Dios

 

y su Mesías; y cuando no, hundirse para siempre en universal ruina; que no es dado a su altivez huir ni ret i -

 

rarse ignominiosamente, sino provocar el postrer combate. Por lo que el Hijo de Dios, dirigiendo su voz a

 

uno y otro lado, habló así a sus cohortes:

 

«Permaneced, ¡oh santos!, en vuestra gloriosa actitud, y vosotros, ángeles, continuad armados; hoy de s -

 

cansaréis de vuestras fatigas. Habéis probado ya vuestra fidelidad y mostrados adeptos a Dios, defendiendo

 

 

 

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su justa causa y ostentando a fuer de invencibles los dones que habéis recibido de él. Pero el castigo de esa

 

maldecida grey queda reservado a otro brazo, porque la venganza corresponde al Señor o a aquel a quien la

 

confía. Lo que hoy ha de suceder no será obra que lleven a cabo el número ni la muchedumbre; y si estáis

 

atentos, contemplaréis cómo me hago yo ministro de la indignación divina contra esos impíos; que no os

 

han ofendido a vosotros, sino a mí haciéndome objeto de su envidia. En mí tienen puesto su encono, porque

 

el sumo Hacedor, de quien es el poder y la gloria de este imperio, me ha elevado a esta grandeza por efecto

 

de su voluntad; y a mí, por lo tanto, me ha encomendado su castigo. Desean que cada cual probemos en

 

nueva batalla nuestro poder, ellos contra mí solo, y yo solo contra todos ellos; y pues la fuerza es su único

 

recurso, y no ambicionan otro timbre ni reconocen mayor virtud, sea la fuerza la que decida.»

 

«Al acabar de decir esto, revistióse su faz de un aire tan sombrío, que infundía terror, y dando rienda

 

suelta a su cólera, se precipitó sobre sus enemigos. Cubriéndolo al mismo tiempo con sus alas incrustadas

 

de estrellas, que hacían más pavorosas las tinieblas de alrededor, los cuatro querubines que sostenían su c a -

 

rro. Ya giran las ruedas de éste con un estruendo parecido al de un torrente de un ejército numeroso, y arr e -

 

batado de su ardiente ímpetu, y formidable como la noche, vuela hacia sus contrarios. Conmovíase a su p a -

 

so el tranquilo Empíreo de uno a otro extremo, y todo retemblaba y vacilaba, excepto el trono de Dios.

 

Presto se vio entre ellos, y empuñando en su mano diez mil rayos que arrojó delante de sí, quedaron acrib i -

 

llados de heridas los rebeldes. Llenáronse de pavor; perdieron todo aliento, toda esperanza de resistencia;

 

cayéronseles las armas de las manos. Alfombra de sus plantas fueron los escudos y yelmos y aceradas

 

frentes de todos aquellos tronos, potestades y serafines que derribadas ahora de su soberbia, hubieran d e -

 

seado ver otra vez sobre sí el peso de las montañas, para no ser blanco de tan implacable encono.

 

«De los ojos de los cuatro querubines y de los innumerables, que cubrían también las animadas ruedas,

 

salían por todas partes rayos abrasadores. Un mismo espíritu los dirigía; cada uno de aquellos ojos era un

 

horno encendido que fulminaba fuego contra los malvados, los cuales faltos ya de fuerzas y del vigor que

 

antes los animaba, caían vencidos, medrosos, confusos y aniquilados. Y sin embargo, no apuró el Hijo de

 

Dios su rigor con ellos, contentándose con desatar a medias el trueno de su venganza, dado que no se había

 

propuesto destruirlos, sino expulsarlos de la celestial morada; y así les permitió reponerse de su postración

 

y los ahuyentó como un rebaño de tímidas ovejas reunidas por el miedo. El terror y las furias los aguijaban;

 

y al llegar a la muralla de cristal, que formaba los límites del cielo, abrióse éste de par en par, y puso ante

 

su vista la inmensa sima del infinito abismo que los aguardaba.

 

«¡Qué espectáculo tan espantoso! El horror los hizo retroceder pero mayor era aún el que los impelía h a -

 

cia adelante. Ellos mismos iban precipitándose al llegar al borde de la celestial orilla, y la maldición eterna

 

los empujaba para más apresurar su ruina. Oyó el infierno aquel fragoroso estrépito, como si se derrumbase

 

el cielo del cielo mismo, y hubiera huido amedrentado, si el inflexible Destino no hubiera ahondado bien

 

sus negros cimientos, ligándolos con cadenas indestructibles.

 

«Nueve días estuvieron cayendo. Rugió trastornado el Caos y sintió diez veces doblada su confusión con

 

el estridente tumulto de aquel estrago, que acumuló tantas ruinas y destrozos. Por fin abrió el infierno su

 

boca, los tragó a todos, y volvió a cerrarla; el infierno, propia morada suya, lugar de dolores y penas, se m -

 

brado de inextinguible fuego. Y el cielo se regocijó, ya pacificado, y unió de nuevo sus muros reduciénd o -

 

los a sus límites.

 

«Quedando vencedor por sí solo con la expulsión de sus enemigos, retiró el Mesías su carro triunfal; y

 

enajenados de júbilo salieron a su encuentro todos los santos, que hasta entonces habían contemplado sile n -

 

ciosos e inmóviles sus admirables hechos. Marchaban rodeándolo con ramos de palmas, y cada una de

 

aquellas brillantes jerarquías entonaba cánticos de triunfo, cánticos al Rey victorioso, al Hijo, al heredero

 

del Padre, al Señor cuyo dominio acataban al más digno de poseerlo. Al compás de estas aclamaciones,

 

atravesó por en medio del cielo hasta el palacio y templo de su omnipotente Padre, sublimado sobre su tr o -

 

no, que lo recibió en el esplendor de su gloria, donde está hoy sentado a su diestra, en inmortal bienavent u -

 

ranza. He aquí cómo asemejando las cosas del cielo a las de la tierra, para satisfacer tus deseos, y a fin de

 

que puedas aprovecharte de las lecciones de lo pasado, acabo de revelarte lo que en otro caso quizás h u -

 

biera ignorado para siempre la raza humana: la discordia y guerra que se suscitó en los cielos entre las a n -

 

gélicas potestades, y la eterna ruina de los que llevados de una desmedida ambición, se asociaron con Satán

 

en su rebeldía. Envidioso de tu felicidad, anhela hoy éste apartarte asimismo de la obediencia a tu Creador,

 

para que desheredado como él de tu dichoso estado, vengas a merecer su castigo y caigas en su perpetua

 

 

 

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miseria. Su mayor venganza, su único consuelo sería poder ultrajar al Altísimo, haciéndote a ti partícipe de

 

su error y de su pena. No des jamás oído a sus tentaciones; prevén esto mismo a tu compañera; ten presente

 

el terrible ejemplo que has oído, el castigo en que incurren los inobedientes. Ellos hubieran podido ser

 

siempre venturosos, y se perdieron. No te olvides de esto, y teme ser contado entre los rebeldes.»

 

SEPTIMA PARTE

 

ARGUMENTO

 

Accediendo a los ruegos de Adán, cuéntale Rafael cómo y por qué fue creado este mundo; que habiendo

 

Dios expulsado del cielo a Satán y a sus ángeles, declaró que le placía crear otro mundo y otras criaturas

 

que habitasen en él; y así envía a su Hijo circundado de gloria y acompañado de angélicos coros, para que

 

en el espacio de seis días realice la obra de la creación. Al compás de sus himnos celebran los ángeles esta

 

nueva maravilla, y la reascensión del Hijo a los cielos.

 

Desciende del cielo, Urania, si es bien que te invoque con este nombre. Siguiendo tu voz divina me r e -

 

monto más allá del Olimpo, sobreponiéndome al cuello de las alas del Pegaso. No me contento empero con

 

invocar tu nombre: invoco tu inspiración, porque ni tú te cuentas entre las nueve Musas, ni moras en la

 

cumbre del antiguo Olimpo. Nacida en el cielo, antes que apareciesen los montes, antes que brotaran las

 

fuentes de sus manantiales, tú conversabas con tu hermana, la divina Sabiduría y con ella te recreabas en

 

presencia del Omnipotente Padre, que se complacía en oír tus celestiales cánticos. Transportado por ti, au n -

 

que habitador terrestre, al cielo de los cielos, he respirado el aire empíreo que para mí templabas. Sosténme

 

también ahora, y vuélveme a mi nativo elemento, no sea que al ímpetu de este desenfrenado bridón en que

 

cabalgo, caiga, como Belerofonte un día, bien que él no penetrase en región tan alta, y dé conmigo en los

 

campos aleyos, para vagar allí desamparado y en completo olvido.

 

Estoy aún a la mitad de mi canto pero reducido ya a límites más estrechos, cuales son los de una divina y

 

visible esfera. He descendido a la tierra, abandonando las regiones allende el polo, y cantaré más seguro y

 

con voz humana, sin temor de que enronquezca ni quede muda, a pesar de habérseme deparado tan aciagos

 

días. ¡Oh!, y ¡qué aciagos, viéndome rodeado de dañinas lenguas, de tinieblas, de peligros y de soledad!

 

Pero no, no estoy solo, que tú me asistes, cuando por la noche cierra mis párpados el sueño, y cuando la

 

mañana ilumina el sonrosado Oriente. Dirige pues mi canto sublime, Urania; dame un auditorio propicio,

 

aunque escaso en número, y aleja al propio tiempo de mí la bárbara disonancia de Baco y su turbulento s é -

 

quito, raza de aquella salvaje horda que en el Ródope despedazó al barco de Tracia, cuando sin respeto al

 

que era encanto de los bosques y de las rocas, ahogó con su feroz griterío los ecos de su voz y de su cítara.

 

No pudo Calíope salvar a su hijo, pero tú, Urania, no abandonarás al que implora tus favores porque ella

 

inspiraba vanos sueños, y tú celestial aliento.

 

Di, ¡oh diosa!, lo que sucedió luego que Rafael, el afable arcángel, previno a Adán que aleccionado por

 

el ejemplo de los apóstatas del cielo, no incurriese en su infidelidad, pues él y su descendencia, a quienes se

 

había mandado que no tocasen al árbol prohibido, se verían sometidos a igual castigo en el Paraíso, si m e -

 

nospreciaban e infringían aquel único precepto, tan fácil de cumplir, en medio de la infinita multitud de

 

objetos que se brindaban allí a sus gustos, por extraños que fuesen y caprichosos.

 

Con profunda atención escucharon Adán y su consorte Eva aquel relato, y quedaron admirados y profu n -

 

damente pensativos al oír cosas tan grandes y tan extrañas, cosas de que no tenían la menor idea, que en el

 

cielo se conociesen odios, y que con semejante confusión anduviesen allí mezcladas la guerra y la paz div i -

 

na; pero el mal había venido a recaer por fin como desatado torrente sobre sus autores, privándolos para

 

siempre de la bienaventuranza. Disipáronse en Adán las dudas que abrigaba su corazón, y nació en él sin

 

otra intención, el deseo de averiguar lo que más inmediatamente le interesaba: cómo se produjeron el cielo

 

y la tierra, todo este mundo visible; cuándo y de qué fueron creados, y por qué causa; y qué era el Edén y

 

cuanto fuera de él existía antes de la época a que alcanzaba su memoria; semejante a aquel que ha saciado

 

su sed del todo, y que sigue con la vista al arroyuelo que se desliza murmurando, y despierta en él nueva

 

sed con el susurro de su corriente. Dirigióse, pues, a su celeste huésped en estos términos:

 

«Admirables cosas que no pueden menos de maravillar por lo diferentes que son de las de este mundo,

 

nos has revelado, divino intérprete. Dios nos ha favorecido enviándote desde el Empíreo para advertimos a

 

 

 

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tiempo de lo que hubiera podido causar nuestra perdición; riesgo que no conocíamos, porque no está al a l -

 

cance de la inteligencia humana. Por ello debemos gratitud eterna a la infinita bondad, recibiendo sus av i -

 

sos con el solemne propósito de cumplir siempre su voluntad soberana, único fin con que aquí existimos.

 

Pero ya que para nuestro aprovechamiento has tenido la dignación de descubrirnos cosas tan superiores a la

 

comprensión terrestre pero, que nos conviene conocer como lo ha dispuesto la suprema sabiduría, ten la

 

bondad asimismo de descender más hasta nosotros y de instruirnos en lo que ha de sernos no menos útil,

 

diciéndonos cómo se formó ese cielo que vemos a tan lejana altura, ornado de los innumerables astros que

 

lo recorren, y eso que llena el espacio, todo ese difuso ambiente que abarca la órbita de la florida tierra; qué

 

causa movió al Creador, en medio del santo reposo de que gozaba, por toda una eternidad, a sacar tan tarde

 

su obra del Caos, y cómo una vez empezada, se terminó en tan breve tiempo. A consentírtelo el Señor, m a -

 

nifiéstanos lo que tanto anhelamos averiguar, no para inquirir los secretos de su eterno imperio, sino para

 

más glorificar sus obras. Réstale aún a la gran lumbrera del día, largo espacio de su curso, aunque va decl i -

 

nando ya; pero suspendiéndolo al oírte, al oír tu poderosa voz, te prestará atención, y retrasará su marcha

 

para escuchar cómo refieres su nacimiento, y cómo el de la Naturaleza, al salir por primera vez del oculto

 

abismo; y mientras la estrella y el astro de la noche se apresuran para oír tu narración, la Noche traerá co n -

 

sigo el silencio; el sueño se pondrá en vela con igual intento, o nosotros le ahuyentaremos hasta que term i -

 

ne tu canto, y podamos despedirte antes que nos sorprenda el brillo de la mañana.»

 

Esta súplica hizo Adán a su ilustre huésped; y el Ángel divino le contestó con estas dulces palabras: «A

 

tan comedido ruego, justo será acceder, pero, ¿qué encarecimiento, qué lengua seráfica bastará a referir las

 

obras del Omnipotente, ni qué espíritu humano a comprenderlas? Lo que sí puedes conseguir, lo que no s e -

 

rá negado a tus oídos, es lo que mejor conduzca a glorificar al Hacedor y más contribuya a labrar tu felic i -

 

dad. Yo he recibido del cielo el encargo de satisfacer tus deseos, como no pasen de ciertos límites; fuera de

 

ellos no indagues más; no desvanes con la esperanza de profundizar misterios ocultos, que el invisible Rey,

 

único que lo sabe todo, ha rodeado de tinieblas tan impenetrables a los que viven en la tierra como en el

 

cielo; y harto te queda en todo lo demás que estudiar y que conocer. Porque el saber es como el alimento;

 

se requiere no menos templanza en la satisfacción del apetito, que en la medida a que debe el espíritu aju s -

 

tarse, pues la excesiva ciencia embaraza con su demasía y convierte la sabiduría en locura, como el exceso

 

de alimento se trueca en vapor inútil.

 

«Ahora bien, ten por cierto que apenas cayó Lucifer (a quien se daba este nombre porque resplandecía

 

entre los ángeles mas que la estrella así llamada entre las estrellas), apenas cayó con sus malditas legiones

 

en medio del abismo que les estaba preparado y volvió vencedor el augusto Hijo con el séquito de sus

 

Santos, contempló el Eterno Omnipotente Padre toda aquella muchedumbre desde su trono, y habló así a su

 

Hijo:

 

«Engañóse por fin nuestro envidioso Enemigo, creyendo que todos habían de seguirlo en su rebeldía y

 

que con su auxilio nos arrancaría la posesión de esta altísima e inaccesible fortaleza, asiento de la suprema

 

Divinidad. Perdióle su confianza, y arrastró en su catástrofe a muchos que han desaparecido fieles en su

 

puesto, que el cielo está todavía poblado, y que cuenta con suficiente número de habitantes para llenar sus

 

reinos, vastísimos como son, y para desempeñar los sagrados ministerios y solemnes ritos de este sublime

 

templo.

 

«Mas, para que su soberbia no se lisonjee de haber logrado esta ventaja, de haber despoblado el cielo y

 

locamente presuma del detrimento que me ha causado, he de reparar la pérdida, si como tal puede consid e -

 

rarse el perderse uno a sí mismo. Crearé al punto otro mundo, y de un hombre produciré una raza de ho m -

 

bres innumerables, que habitarán allí, no en este reino, hasta que elevándose gradualmente por sus méritos

 

se abran y ganen al final esta morada, purificados largo tiempo por medio de su obediencia. La tierra e n -

 

tonces se convertirá en cielo, y el cielo en tierra, porque uno y otra formarán un solo imperio donde reinen

 

alegría y unión perpetuas. Entretanto, celestes potestades, gozad de esta mansión con gran holgura. Y tú

 

Verbo mío, hijo por mí engendrado, por ti se cumple todo esto: habla, y quedará hecho. Contigo envío mi

 

Espíritu, que lo llena todo, contigo mi poder. Parte, pues; manda al abismo que forme el cielo y la tierra

 

dentro de ciertos limites. El abismo no los tiene, porque yo soy quien lleno lo infinito y el espacio no está

 

vacío. Y aunque Yo no reconozco límites en mí mismo, y reduzco y no llevo a todas partes mi bondad, que

 

es libre de obrar o no, ni la necesidad ni el destino influyen nada en mis actos: el hado consiste en lo que yo

 

quiero.»

 

 

 

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«Estas palabras dijo el Omnipotente y su Verbo, su filial Divinidad las realizó al punto. Los actos de

 

Dios son inmediatos, más rápidos que el tiempo y el movimiento, y para hacerlos comprensibles al sentido

 

humano, hay que valerse de la sucesión de las palabras, de la lentitud con que procede la terrestre intelige n -

 

cia. Grande fue el triunfo, extremado el júbilo del cielo, al anunciarse así la voluntad divina. «¡Gloria al

 

Altísimo, decían, y, buena voluntad y paz en la tierra a los futuros hombres! Gloria a Aquél cuya justicia y

 

vengadora cólera ha arrojado a los impíos de su presencia y de la morada de los justos! ¡Gloria y alabanza

 

al Señor, cuya sabiduría ha hecho del mal el bien, y ha destinado a una raza mejor el lugar que ocupaban

 

los espíritus malignos, y difundirá su eterna bondad en los mundos y siglos venideros!»

 

«Prorrumpieron en este himno las celestes jerarquías, y apareció el Hijo, dispuesto a su grande obra, r e -

 

vestido de la Omnipotencia, ciñendo la corona de la Majestad divina. La sabiduría, el amor inmenso, su P a -

 

dre todo reflejaba en él. Asistían en torno de su carro innumerables querubines serafines, potestades, tronos

 

y virtudes, espíritus alados, carros asimismo con alas, sacados del arsenal de Dios, donde existen millares

 

de siglos ha, entre dos montañas de bronce, preparados para los días solemnes; carrozas celestiales, prontas

 

siempre a volar y que ahora se ofrecían espontáneamente, porque estaban animadas de espíritu vital, atentas

 

al mandato de su Señor. El cielo abrió de par en par sus eternas puertas, que al girar sobre los goznes de

 

oro, produjeron un armonioso sonido, para dar paso al Rey de la Gloria, al Verbo poderoso, al espíritu

 

creador de nuevos mundos.

 

«Detuviéronse en el continente del cielo, y desde sus orillas divisaron el vastísimo inconmensurable

 

abismo, tempestuoso como un océano, lóbrego, horrible, impenetrable, agitado de arriba abajo por furiosos

 

vientos y encrespadas olas, que como montañas se elevaban para escalar los cielos y confundir el centro

 

con los polos.

 

«¡Basta, revueltas olas! ¡Y tú, abismo, sosiégate; cesen vuestros furores!», exclamó el Verbo creador. Y

 

no se detuvo más; sino que arrebatado en alas de los querubines, se remontó a la gloria paterna por en m e -

 

dio del Caos y del mundo que todavía no era, porque el Caos oyó su voz. Seguíalo su brillante comitiva p a -

 

ra presenciar la obra de la creación y las maravillas de su poder; y paró de pronto las ardientes ruedas de su

 

carro, y tomó en la mano el compás de oro, guardado, en los eternos tesoros de Dios, para trazar el círculo

 

de este universo y cuantas cosas habían de existir en él; y fijando uno de sus extremos en el centro y vo l -

 

viendo el otro alrededor de la vasta profundidad de las tinieblas: «Aquí, dijo, llegarás, y éstos, ¡oh mundo!,

 

serán tus límites.»

 

«Así creó Dios el cielo y así la tierra, materia informe y vacía. Cubrían el abismo profundas tinieblas, p e -

 

ro desplegando sus alas paternales sobre las tranquilas aguas el Espíritu de Dios, infundió en ellas la virtud

 

y el calor vital a través de la masa fluida; arrojó a lo más profundo las negras y frías heces infernales, co n -

 

trarias a la vida; aunó y condensó cuantas cosas se asimilan entre sí; y apartando las demás a diferentes l u -

 

gares, e introduciendo el aire entre unas y otras, apareció la tierra equilibrándose sobre su centro.

 

«¡Hágase la luz!», dijo, y la luz fue hecha. Brotó súbitamente del hondo abismo la luz etérea, lo primero

 

de todo, la esencia más pura de las cosas, y desde su nativo oriente comenzó a esparcirse por entre las so m -

 

bras aéreas, ciñéndola una nube esférica y radiante, porque el sol no existía aún; y, en este nebuloso tabe r -

 

náculo permaneció algún tiempo. Vio Dios que la luz era buena, y la separó de las tinieblas por medio del

 

hemisferio. Y llamó a la luz día, y a las tinieblas noche; y del espacio que entre uno y otro componen, fo r -

 

mó el día primero. El cual no pasó sin ser grandemente festejado y cantado por los coros angelicales; pues,

 

cuando percibieron la primera luz que asomaba por oriente, rompiendo las tinieblas, en aquel natalicio del

 

cielo y de la tierra, llenaron de vivas y aclamaciones la vasta concavidad del universo, y al compás de sus

 

arpas de oro y sus acordados himnos, ensalzaron a Dios juntamente con sus obras proclamándolo Creador

 

cuando llegó la primera noche y cuando rayó la primera aurora.

 

«Y dijo Dios en seguida: «Que en medio de las ondas se ponga el firmamento y que divida unas aguas de

 

otras.» Y Dios hizo el firmamento, dilatación de un aire fluido, puro, transparente, elemental, que se e x -

 

tiende en redondo hasta la mayor convexidad de aquel anchísimo orbe, división inmutable y segura que s e -

 

para las aguas de la región inferior y las superiores. Porque así como la tierra, estableció Dios el mundo s o -

 

bre reposadas aguas, en medio de un vasto océano de cristal, y alejó de él la tumultuosa irregularidad del

 

 

 

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Caos, para que el contacto de sus violentas extremidades no alterase su estructura. Y dio el nombre de cielo

 

al firmamento; y los coros nocturnos y matutinos cantaron el día segundo.

 

«La tierra estaba formada, pero sumergida como rudo embrión en el seno de las aguas aún no se desc u -

 

bría. Inundaba toda su superficie el grande Océano, y no en balde, porque se infiltraba en todo su globo un

 

templado y fecundo humor que hacía fermentar y concebir a la madre universal, fertilizada por una hum e -

 

dad vivificadora, cuando dijo Dios: «Aguas que os derramáis por los cielos, congregaos en un lugar y ap a -

 

rezca el continente enjuto.» Y salieron de pronto las enormes montañas, que elevando sus cimas hasta las

 

nubes, tocaban con las estrellas. Y tanto como sus hinchadas moles subían, tanto se ahuecaban y hundían

 

sus cóncavos senos para dejar anchos y profundos lechos por donde las aguas se dilatasen. Y por ellos c o -

 

rrían con bulliciosa rapidez sus turgentes ondas, como inflamadas gotas que ruedan sobre el polvo árido.

 

Unas se elevan cual murallas de cristal, otras saltan por encima formando puntiagudos montes; que tan ra u -

 

do movimiento imprimió el imperioso mandato a sus corrientes. Como en los ejércitos de que ya tienes una

 

idea, acuden a sus filas los soldados al oír el llamamiento de la trompeta, así se precipitan una tras otra las

 

olas por donde más fácil camino encuentran, impetuoso torrente en los despeñaderos, mansas y apacibles

 

en las llanuras. Ni les son de obstáculo alguno las rocas o las montañas; hallan siempre salida, ya introd u -

 

ciéndose subterráneas, ya serpenteando por mil rodeos y abriéndose profundos canales en aquellos terrenos,

 

cenagosos que fácilmente se descomponían antes que Dios les mandase quedar secos y endurecidos, menos

 

los destinados a recibir los ríos, que llevan en pos húmedos despojos perpetuamente. A la parte árida llamó

 

el mismo Señor tierra; al ancho receptáculo en que las aguas se acumulaban, mar. Y vio que aquello era

 

bueno; y dijo: «Que la tierra se vista de verde hierba, de plantas que den simiente, y de árboles con frutos

 

de especies varias, que lleven entre sí su propia semilla, para reproducirse sobre la tierra.»

 

«No bien dijo estas palabras, cuando de aquella misma tierra, que hasta entonces se mostraba rasa, árida,

 

desierta, desagradable sin ornato alguno brotó delicado césped con cuyo verdor, se atavió toda su superf i -

 

cie, luciendo en torno su vistoso esmalte. Viéronse allí las plantas, con su infinita variedad de hojas, flor e -

 

cer de improviso, arrebolarse de mil colores y embalsamar el seno de la madre tierra con los aromas dulc í -

 

simos que exhalaban. Apenas abrían sus cálices, provocaba la floreciente viña con sus apretados racimos;

 

redondeábase en sus rastreros tallos la calabaza; mecíanse en sus haces formadas en espesas legiones las

 

huecas cañas, y el humilde arbusto y la punzante zarza enlazaban sus enmarañadas cabelleras. Alzábanse

 

por fin los arrogantes árboles, moviéndose acompasadamente y dilatando sus ramas, unas cubiertas de c o -

 

piosos frutos, otras matizadas de flores. Erguíanse sobre las colinas gigantescos bosques, y espesas arbol e -

 

das sobre las cañadas, a las márgenes de las fuentes y en las orillas de los ríos. ¿Qué le faltaba a la tierra

 

para asemejarse al cielo? Bien podían morar en ella los dioses; y recorrerla embelesados, y reposar al amor

 

de sus umbrías sagradas. Dios no le había enviado aún lluvia que la regase, ni formado al Hombre que h a -

 

bía de cultivarla; pero de sus nuevas entrañas fluía un jugoso vapor que abonaba el suelo y alimentaba las

 

plantas antes de que brotasen, y la menuda hierba antes de verdeguear sus tallos. Y vio Dios que esto era

 

bueno; y la mañana y la noche renovaron los cantos del tercer día.

 

Y volvió a hablar el Altísimo. «Que luzcan astros en el espacio de los cielos para distinguir los días de las

 

noches, y para que marquen las estaciones y los días y el transcurso de los años; y mando que su oficio sea

 

servir de luminares en el cielo y de antorcha para la tierra.» Y así fue hecho. Y puso Dios dos grandes a s -

 

tros, grandes por lo que habían de servir al Hombre, los cuales alternasen, el mayor en presidir al día, y el

 

más pequeño a la noche. Y también hizo las estrellas, poniéndolas en el firmamento de los cielos a fin de

 

que iluminasen la tierra, y regulasen las vicisitudes de los días y de las noches, y diferenciasen la luz de las

 

tinieblas. Y paróse a contemplar su grande obra, y le pareció bien. Porque el primero de aquellos astros fue

 

el sol, cuya inmensa esfera careció en un principio de luz, aunque era de sustancia etérea; y luego formó el

 

globo de la luna y las varias magnitudes de las estrellas, y las sembró por el cielo como en un campo. Y

 

tomando una gran parte de luz de su nebuloso tabernáculo, la trasladó al orbe solar que por sus poros recibe

 

y aspira el brillante líquido, y que con su fuerza retiene la plenitud de sus rayos, siendo a la sazón el gran

 

palacio de la luz. De él, como de su manantial, se mantienen los demás astros, depositando aquella misma

 

luz en sus urnas de oro, y allí abrillanta sus cuernos el planeta de la mañana; mientras ellos iluminados por

 

reflejo acrecientan el fulgor escaso que les es propio, aunque a la vista humana aparezcan tan diminutos por

 

la mucha distancia a que los contempla.

 

 

 

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«Por vez primera apareció en su oriente el glorioso astro, regulador del día, que derramó sus espléndidos

 

rayos por todo el horizonte, ufano al verse recorriendo el sublime cielo en toda su longitud, yendo preced i -

 

do de la aurora y de las pléyades, que en festivas danzas difundían anticipada su benéfica influencia.

 

«Menos brillante que él, en la parte opuesta del occidente y a igual altura, alzábase la luna, que recibía de

 

lleno su claridad, reflejándola como un espejo, no necesitando otra luz en aquella posición y manteniéndose

 

a igual distancia hasta que llego la noche. Asomó entonces por el oriente para dar la vuelta en torno del eje

 

de los cielos, y dividió su imperio con mil astros menores, con mil y mil estrellas que alumbraban a la vez,

 

tachonando la celeste bóveda; con lo que también, por vez primera ornaron el hemisferio, ascendiendo y

 

declinando sucesivamente y coronaron con los encantos de la noche y de la mañana el cuarto día.

 

«Y dijo el Señor: «Que las aguas produzcan reptiles seres vivientes de fecundos gérmenes; y que las aves

 

vuelen sobre la tierra, desplegando sus alas en el libre firmamento de los cielos.» Y creó las ballenas eno r -

 

mes, y todos los seres que viven y nadan, y producen abundantemente las aguas en todas sus especies, y

 

todas las especies también de pájaros alados. Y vio que esto era bueno y los bendijo a todos diciendo:

 

«Creced y multiplicaos, y llenad las aguas de los mares, de los lagos y de los ríos; y vosotras, aves, mult i -

 

plicaos sobre la tierra.» Y por golfos y mares y calas y bahías bullen al punto cardúmenes innumerables,

 

millones de peces que con sus aletas y escamas relucientes se deslizan entre las verdosas ondas, en much e -

 

dumbre tal, que forman a veces inmensos bancos en medio del Océano. Solitarios o en compañía, pacen

 

unos las ovas de que se sustentan, y se pierden entre los enmarañados bosques de coral, o serpentean con la

 

velocidad de un relámpago, luciendo a la luz del sol sus tornasoladas mallas con recamos de oro; otros, r e -

 

posando tranquilos entre sus conchas de nácar, saborean su líquido alimento; otros, en fin, cubiertos de

 

fuertes armaduras, acechan su presa bajo las rocas. Triscan en tanto sobre la tranquila llanura del mar, las

 

focas y los combados delfines; otros, de prodigioso volumen, moviéndose pesadamente, revuelven el

 

Océano como una tempestad; mientras el leviatán, mayor que ningún otro viviente, tendido como un pr o -

 

montorio sobre aquel abismo, dormita o nada y se asemeja a una flotante playa sorbiendo y arrojando alte r -

 

nativamente todo un mar por sus agallas.

 

«En las cálidas grutas, en los pantanos y orillas de las aguas, salen al propio tiempo numerosas bandadas

 

de las infinitas crías encerradas en los huevos, que rompiéndose al ser sazón dan a luz sus desnudas avec i -

 

llas; las cuales tardan poco en vestirse de plumas y en ensayar su vuelo, y se remontan a lo más encumbr a -

 

do del aire, y cantan su triunfo desdeñándose de la tierra, que cubren con su sombra como una nube. Allí,

 

en la cima de las rocas y de los cedros, labran sus nidos las águilas y las cigüeñas. Aves hay que se mecen

 

solas en la región aérea; más cautas otras, viajan unidamente en formación regular y teniendo en cuenta las

 

estaciones, y dirigen sus caravanas por encima de los mares y de las tierras, prestándose mutua ayuda para

 

facilitar su vuelo. Estribando así en los vientos, emprende su viaje anual, la prudente grulla, moviendo y

 

azotando el aire al pasar con sus pobladas alas. Saltando de rama en rama, alegran las arboledas con sus

 

gorjeos los pajarillos, y ejercitan sus pintadas alas durante el día; mas no porque se acerque la noche deja el

 

ruiseñor su solemne canto, antes la emplea toda en exhalar sus sentidos ayes. En los argentados lagos, c o -

 

mo en los ríos, bañan otros el delicado vello de sus gargantas; el cisne enarca su cuello entre las blancas

 

alas, majestuosamente tendidas; luce su pompa haciendo de sus pies remos y cuando abandona el húmedo

 

elemento se lanza en medio de la región del aire; al paso que otros caminan con pie seguro, como el crest u -

 

do gallo, que con su clarín anuncia las silenciosas horas, y el que se gallardea con su rica cola sembrada de

 

los colores del iris y estrellados ojos. Así las aguas se poblaron de peces y el aire de aves; y la noche y la

 

mañana solemnizaron el quinto día.

 

«El sexto y último de la creación comenzó al son de las arpas nocturnas y matinales; a tiempo que el S e -

 

ñor dijo: «Que la tierra produzca las especies de animales vivientes, los que andan en rebaños, y los rept i -

 

les, y las bestias de la tierra, cada uno según su especie.» Y obedeció la tierra, y abrió de pronto sus fecu n -

 

dos senos y dio de una vez a luz innumerables criaturas vivientes, perfectas en sus formas y en sus mie m -

 

bros completamente organizadas. Y como de sus madrigueras, salieron de las entrañas de la tierra las fieras

 

salvajes, y ganaron los bosques, los matorrales, las espesuras y las cavernas, estableciéndose y viviendo en

 

parejas entre los árboles; y los ganados discurrieron por los campos y verdosas praderas, éstos en corto n ú -

 

mero y solitarios; aquellos, en grandes rebaños brotando todos de una vez y pastando juntos. Aquí, de entre

 

el tupido césped nacía la terneruela; allí asomaba el flaco león y se asía de sus garras para dejar libre el

 

resto de su cuerpo, saltando cual si hubiese roto sus ligaduras, y sacudiendo su áspera melena; y la onza, el

 

 

 

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leopardo, el tigre, levantaban la tierra, como el topo escarbando a su alrededor y formando montecillos. El

 

ágil ciervo sacaba de debajo del suelo la enramada de su cabeza y Behemot, el más voluminoso engendro

 

de la tierra, podía apenas desembarazar de la que lo cubría su pesada mole. Balando y vestidas de sus v e -

 

llones, despuntaban, a manera de plantas, las ovejas; y entre el agua y la tierra se mostraban indecisos el

 

caballo acuático y el escamoso cocodrilo.

 

«Bullía a la vez todo cuanto se arrastra por la tierra, insectos o gusanillos, los unos agitando los flexibles

 

abanicos de sus alas y decorando sus diminutos contornos con los pomposos blasones del estío, esmaltados

 

de oro y de púrpura de verde azul; los otros, prolongando como una línea de estrecho cuerpo, y marcando

 

en la tierra su sinuosa huella; y no son éstos los seres más pequeños de la naturaleza. Algunos, de la especie

 

de las serpientes, prodigiosos por su longitud y corpulencia, enroscan sus pliegues anulosos y se añaden

 

alas. Es la primera, la económica hormiga próvida de lo futuro, que en un pequeñísimo pecho encierra un

 

gran corazón, modelo quizá de la perfecta igualdad de algún día y que logra establecer en común sus p o -

 

pulares tribus. Aparece en seguida el enjambre de la abeja hembra, que alimentando con delicioso manjar a

 

su holgazán esposo, construye de cera sus celdillas y deposita la miel en ellas. Los demás son innumer a -

 

bles. Conoces la naturaleza de cada uno, los nombres que tú mismo les has dado, y no tengo necesidad de

 

repetírtelos. Conoces asimismo a la serpiente, el animal más astuto de cuantos se crían en los campos, de

 

desmedida longitud a veces, con sus ojos de bronce y la terrible cresta que lleva por cabellera, aunque lejos

 

de serte a ti nociva, se somete dócilmente a tu voluntad.

 

«Mostrábanse ya en la plenitud de su esplendor los cielos y giraban movidos por el impulso que les c o -

 

municó al principio la mano de su gran Motor; ricamente ataviada se sonreía la tierra contemplándose ya

 

perfecta; veíanse poblados el aire, el agua, la tierna, por las aves, peces y animales, que volaban, nadaban y

 

caminaban; y sin embargo, no estaba aún completo el sexto día. Faltaba la obra maestra, el ser para quien

 

todo aquello se había creado, la criatura que sin encorvarse, sin ser bruta como las demás, dotada de la sa n -

 

tidad de la razón, pudiese erguir su cuerpo, alzar su frente serena, avasallarlo todo y conocerse a sí mismo;

 

pudiese elevarse magnánimo para desde aquí comunicar con el cielo sus pensamientos, y lleno de gratitud,

 

reconocer la fuente de donde todo su bien emana, y con espíritu devoto dirigir su corazón, su voz, y sus m i -

 

radas, adorando y tributando culto al Supremo Dios que hizo de él la primera de sus obras. Por lo que el

 

Omnipotente y Eterno Padre (que, ¿dónde deja de estar presente?) habló así a su Hijo, siendo oído de todo

 

el mundo:

 

«Hagamos ahora al hombre a nuestra imagen y semejanza; y que reine sobre los peces del mar y los páj a -

 

ros del aire, sobre las bestias del campo, sobre la tierra, en fin, y los reptiles que se arrastran por el suelo.»

 

«Y esto dicho, te formó a ti Adán, a ti Hombre, polvo de la tierra, e inspiró en tu aliento el soplo de la v i -

 

da, y te creó a su propia imagen, a imagen del mismo Dios, y quedaste hecho alma viviente. Te creó varón,

 

y para perpetuar tu raza creó hembra a tu compañera. Y bendijo al género humano diciendo: «Creced, mu l -

 

tiplicaos y llenad la tierra. Dominadla y extended vuestro dominio sobre los peces del mar y los pájaros del

 

aire, y sobre todos los seres vivientes que se mueven sobre la tierra, dondequiera que hayan sido creados,

 

pues no se ha dado aún nombre a región alguna.» En seguida, como sabes, te trasladó a esta deliciosa m o -

 

rada, a este jardín plantado con los árboles de Dios, no menos gratos a la vista que al paladar, y libera l -

 

mente te concedió todos sus sabrosos frutos por alimento. Aquí están reunidas, en infinita variedad, cuantas

 

especies hay de ellos sobre la tierra; pero del árbol cuyo fruto lleva en sí el conocimiento del bien y del mal

 

debes abstenerte, porque el día que comas de él, morirás; la pena que tienes impuesta es la muerte.

 

Sé cauto y refrena cuidadosamente tu apetito, para que no te sorprenda el pecado, ni su negra compañera,

 

la muerte. «Aquí terminó Dios su obra, y contempló todo lo que había hecho, y vio que todo era perfect a -

 

mente bueno; y así la noche y la mañana completaron el sexto día; y el Creador, que cesó en su obra no

 

porque estuviese cansado, regresó a su mansión sublime, al cielo de los cielos, a lo más alto, para ver desde

 

allí aquel mundo nuevamente creado, aditamento de su imperio, y qué aspecto ofrecía desde su trono, y

 

cómo en bondad y en hermosura correspondía todo a su grandiosa idea. Y se remontó entre universales

 

aclamaciones al sonoro compás de diez mil arpas que rompieron en angélicas armonías: la tierra y los aires

 

las repitieron (y tú las recordarás, pues las escuchaste); los cielos y las constelaciones todas se hicieron sus

 

ecos, y los planetas detuvieron su curso para oírlas, mientras la brillante pompa seguía ascendiendo, extát i -

 

ca de júbilo.

 

 

 

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«¡Abríos eternales puertas!», iban cantando. «¡Cielos, abrid vuestras vivientes puertas, y entrar el Cre a -

 

dor glorioso que vuelve terminada ya su obra magnífica, su obra de seis días, el Mundo! Abríos de hoy más

 

con frecuencia; que Dios se dignará de visitar a menudo la morada de los hombres justos, y se complacerá

 

en ello, y enviará a ella, con repetidos mensajes a sus alados nuncios, portadores de su suprema gracia.»

 

«Así en su ascensión cantaba el glorioso séquito; y atravesando los cielos, que abrían de par en par sus

 

refulgentes puertas, caminaba el Creador derechamente a la eterna mansión de Dios; suntuoso y ancho c a -

 

mino, en que el polvo es oro y la calzada de estrellas, como las aves en la galaxia o vía láctea que descubres

 

por la noche, a la manera de una zona tachonada de estrellas.

 

«Extendíase entonces por la tierra del Edén la noche séptima, pues el Sol estaba en su ocaso, y asomaba

 

por oriente el crepúsculo precursor de la oscuridad, cuando llegó a la santa montaña, suprema cumbre del

 

cielo, trono imperial de la Divinidad, por siempre firme e incontrastable, el poderoso Hijo, y tomó asiento

 

con su augusto Padre. El también había asistido invisible, aunque sin moverse (que tal es el privilegio de la

 

Omnipotencia) a la ordenada obra, como principio y fin de todas las cosas; y reposando del trabajo, bendijo

 

y santificó el día séptimo, como quien en él descansaba de todo lo hecho; pero no lo santificó en silencio: el

 

arpa cumplió su oficio, y no suspendió sus sones; el tubo dulce y solemne, el órgano con todas sus arm o -

 

nías, con cuantos sonidos salen de la vibrante cuerda o el hilo de oro, acordaron sus suaves tonos, acomp a -

 

ñados de voces ya unísonas, ya contrapunteadas; y las nubes de incienso que se desprendían de los áureos

 

incensarios, velaban la montaña toda. Celebraban la Creación y la obra de seis días.

 

«¡Grandes, ¡oh Jehová!, son tus obras y tu poder infinito! ¿Qué pensamiento puede comprenderte ni qué

 

lengua expresar tu grandeza? Con más gloria vuelves ahora que cuando volviste vencedor de los ángeles

 

gigantes. Tus truenos aquel día mostraron tu poder; pero hoy eres Creador, y el crear es más que destruir lo

 

creado. ¿Quién puede igualarse a ti, Omnipotente Rey, ni poner límites a tu imperio? Fácilmente desvelaste

 

la soberbia de los espíritus apóstatas, y aniquilaste su vano empeño: presumieron los impíos amenguar tu

 

fuerza y apartar de ti los innumerables adoradores; pero el que intenta contrariar tu poder, labra su propia

 

ruina, y sólo consigue realzarlo más; que con sus mismas armas lo castigas, y del exceso del mal haces un

 

bien mayor. Testimonio es de todo, ese mundo, recién formado, ese otro cielo, no distante de las celestiales

 

puertas, fundado a nuestra vista sobre el claro cristal, sobre el transparente mar, de extensión casi infinita,

 

poblado de multitud de estrellas cada una, de las cuales sea quizás un mundo dispuesto para habitarse, au n -

 

que tú solo sepas en qué sazón. En medio se halla la mansión de los hombres, la tierra, con el Océano inf e -

 

rior que la circuye, morada llena de encantos. ¡Dichosos una y mil veces los hombres, y los hijos de los

 

hombres, a quienes Dios tanto ha privilegiado, creándolos a su imagen, para que habiten en esos lugares, le

 

rindan culto, y en recompensa, dominen sobre todas sus obras, sobre la tierra, la mar y el aire, y multipl i -

 

quen la raza de sus santos y justos adoradores! ¡Mil veces dichosos si comprenden su ventura y perseveran

 

en la virtud!»

 

«Esto cantaban, resonando por todo el Empíreo las voces de ¡aleluya! Y así fue solemnizado el sábado.

 

«Creo haberte satisfecho ya en lo que deseabas. Sabes cómo empezó este mundo, el origen de cuanto en

 

él existe, y lo que desde el principio se hizo anterior a tu memoria, para que la posteridad, informada por ti,

 

tenga de todo conocimiento. Si más pretendes saber, con tal que no exceda a la humana capacidad, man i -

 

fiéstalo.»

 

OCTAVA PARTE

 

ARGUMENTO

 

Adán hace algunas preguntas sobre los movimientos celestes, a las que contesta el Ángel con palabras

 

dudosas, aconsejándole que procure informarse de cosas más dignas de saberse. Persuádese de ello Adán;

 

pero deseoso de tener a Rafael más tiempo consigo, le refiere todo lo que recuerda su memoria desde que

 

fue creado, y cómo entró en el Paraíso; su conferencia con Dios respecto a la soledad y, a la compañía que

 

pudiera convenirle; su primer encuentro y su desposorio con Eva; y prosigue discurriendo sobre este punto

 

con el Angel, que después de hacerle algunas amonestaciones, regresa al cielo.

 

 

 

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Suspendió el Ángel su relato, y tan dulce impresión dejaron sus palabras en los oídos de Adán que, por

 

algún tiempo, creyendo estarlo oyendo todavía, permanecía inmóvil y atento; hasta que por fin, como quien

 

de pronto vuelve en sí, le dijo en tono de agradecido:

 

«¿Cómo podré mostrar el debido reconocimiento ni corresponder a la merced que me has dispensado, d i -

 

vino historiador, satisfaciendo cumplidamente el anhelo que tenía de instruirme, y llevando tu amistosa

 

condescendencia hasta el punto de revelarme cosas que jamás hubiera podido adivinar? Con asombro, pero

 

con gran deleite, las he escuchado, y atribuyo al Sumo Hacedor toda su gloria, como es debido. Quédanme,

 

sin embargo, algunas dudas que únicamente tú puedes resolver; porque cuando contemplo esta admirable

 

fábrica, este mundo compuesto de cielo y tierra, y calculo su magnitud, la tierra me parece un grano de ar e -

 

na, un átomo, comparada con el firmamento y todos sus numerosos astros, y que éstos recorren espacios

 

incomprensibles, de lo cual son prueba su distancia y su breve reaparición diurna. Pero, ¿es posible que no

 

tenga otro oficio que difundir la luz alrededor de esta opaca tierra, de este diminuto globo, formando el día

 

y la noche, y que su vasta carrera atienda a objeto tan poco útil? Cuando en esto pienso me maravillo de

 

que la Naturaleza, tan próvida y sabia, incurra en semejantes desproporciones; que con tan pródiga mano

 

haya creado y multiplicado esos sublimes cuerpos, sin otro fin al parecer, y que les imponga tan incesante

 

revolución, que se repite día por día; mientras la sedentaria tierra, que hubiera podido moverse en círculo

 

más estrecho, servida por seres más nobles que ella, realiza su destino sin tanta agitación, y recibe el calor y

 

la luz como un tributo que le presta el incalculable curso de una velocidad que no puede apreciarse, ni hay

 

números que puedan expresarla.»

 

Habló nuestro padre así, y en su aspecto indicaba estar entregado a profundas reflexiones; lo cual adve r -

 

tido por Eva, que aunque un tanto apartada, se hallaba allí presente, se levantó de su asiento con humilde

 

majestad y con una gracia que inspiraba al que la veía deseos de que permaneciese en aquel lugar, y se dir i -

 

gió a visitar los frutos y las flores para ver cómo prosperaban sus tiernas y pomposas plantas; y ellas se

 

abrieron al sentir que se acercaba, y crecieron regocijadas al contacto de su hermosa mano. Mas no se retiró

 

disgustada del discurso que había escuchado, ni porque su inteligencia fuese inferior a tan sublimes cosas,

 

sino por reservarse el placer de que Adán se las repitiese, y de ser ella su solo oyente. Prefería oírlas de b o -

 

ca de su esposo más que de la del Ángel, y dirigirle a él sus preguntas, porque estaba segura de que éste

 

añadiría interesantes digresiones, y de que sus conyugales caricias allanarían cuantas dificultades se les

 

ocurrieran; que de sus labios salía otro encanto tan dulce como el de sus palabras. ¡Oh!, ¿dónde hallaríamos

 

hoy semejante consorcio, unido por el amor y el recíproco respeto? Retiróse pues con la dignidad de una

 

diosa, y no sin el correspondiente séquito; que en su compañía iban las gracias seductoras rodeándola como

 

a una reina, brotando en torno y de todos los ojos destellos del deseo que de continuo incitaba a compl a -

 

cerla.

 

A las dudas propuestas por Adán, respondió Rafael con ingenua benevolencia: «No censuro tu anhelo de

 

saber que el cielo es como el libro de Dios, abierto ante tus ojos, en el cual puedes leer sus obras maravill o -

 

sas, y aprender a distinguir estaciones, horas, días, meses y años. Que sea el cielo el que se mueve, o la ti e -

 

rra, te importa poco, con tal que tus cálculos sean exactos; lo demás, sabiamente ha hecho el supremo Art í -

 

fice en encubrirlo tanto al hombre como al ángel, no divulgando secretos que son para admirarlos más bien

 

que para escudriñarse. A los que gustan de desvanecerse en conjeturas, deja Dios que se pierdan en fútiles

 

cuestiones sobre la máquina de los cielos, quizá para burlarse de sus vanas sutilezas; y cuando pretendan

 

estudiar el cielo, y someter a cálculo las estrellas, ¡qué no inventarán para ajustarlo todo a una forma!

 

Construyendo unas veces, y destruyendo otras, se esforzarán en salvar las apariencias, y rodearán la esfera

 

de curvas concéntricas con sus ciclos y epiciclos, y sus orbes colocados unos dentro de otros. Esto he col e -

 

gido yo de tus razonamientos, y en esto te seguirán tus descendientes. Supones que los cuerpos mayores y

 

más luminosos no pueden estar subordinados a los más pequeños y opacos, ni los cielos girar en tan inme n -

 

so espacio mientras la tierra tranquilamente asentada es la única que goza de su tributo; mas considera, en

 

primer lugar, que ni la magnitud, ni la lucidez son indicios de excelencia, porque si bien en comparación

 

del cielo es la tierra tan pequeña, y no ostenta fulgor alguno, puede poseer riquezas de más cuantía y más

 

preciadas que el Sol, el cual brilla, pero estéril, y cuya virtud es tan ineficaz para él cuanto fructuosa para la

 

tierra. Ella es la primera que recibe sus rayos, que de otra suerte serían inútiles, la que se alimenta de su v i -

 

gor; y todas esas espléndidas luminarias no se han hecho para la tierra, sino para ti, morador terrestre. En

 

cuanto a la vasta redondez del cielo, sobrado alto, proclama la magnificencia del Hacedor, que ensanchó

 

tanto su recinto, para que el Hombre comprenda que no habita en mansión propia edificio por demás a n -

 

 

 

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churoso para él, del cual sólo ocupa una pequeña parte, y el resto está destinado a usos que únicamente el

 

Señor conoce. La rapidez de esos círculos, por más que sean innumerables, debes atribuirla a su omnip o -

 

tencia, que añade a sus sustancias corpóreas una actividad casi espiritual. ¿Qué te diré yo de la velocidad

 

con que camino? Partí del cielo en que Dios reside al rayar el alba, antes de mediodía, he llegado al Edén

 

salvando una distancia que no hay guarismos conocidos con que se indique. Discurro de este modo, adm i -

 

tiendo el movimiento de los cielos, para mostrarte cuán débiles son los fundamentos de tus dudas; pero no

 

lo afirmo, aunque desde la tierra en que vives parezca así. Dios ha puesto los cielos tan distantes de la tierra

 

para que no penetre en sus vías el sentido humano, y para que si los ojos terrestres pretenden alzarse tanto,

 

se pierdan en inútiles esfuerzos por aquellas altas regiones.

 

«Mas ¿y si el sol es el centro del Universo, y otros astros incitados por su fuerza atractiva y la suya pr o -

 

pia, giran en torno de él describiendo varios círculos? Seis de ellos te lo hacen ver en su curso errante, el e -

 

vándose unas veces, descendiendo otras, adelantándose, retrocediendo, o permaneciendo. ¿Y si el séptimo

 

de esos planetas, la tierra, que aparece estable, participase a la vez de tres movimientos imperceptibles, que

 

por otra parte, debieran atribuirse a diferentes esferas obrando en sentido contrario y cruzándose oblicu a -

 

mente? O eximes de semejante faena al Sol, o supones inalterable a ese veloz rumbo que no ves de día ni

 

de noche, que haces superior a todas las estrellas y semejante a una rueda que gira sin cesar; creencia de

 

que puedes prescindir, si la tierra, industriosa de suyo, busca el día encaminándose al oriente, y si por la

 

parte privada de los rayos del sol halla la noche, reflejando la claridad de la luz en su hemisferio opuesto.

 

¿Y qué diremos si esa misma luz enviada por la tierra a través de la atmósfera transparente, fuese como la

 

de un astro para el globo terrestre de la luna, que la iluminase de día, y a su vez fuese iluminada por ella

 

durante la noche? La influencia sería totalmente recíproca siendo cierto que la luna contenga campos y aun

 

habitantes; las manchas que ves en ella semejan nubes; las nubes pueden resolverse en lluvia y ésta prod u -

 

cir en su jugoso suelo frutos que den alimento a los seres allí nacidos. Un día quizás descubrirás nuevos

 

soles que lleven en pos sus lunas, y se transmitan su luz masculina y femenina; sexos ambos, que animan el

 

universo, y que pueden difundir la vida en cada uno de los orbes donde residen. Que esparcidos por el vasto

 

imperio de la naturaleza, privados de seres vivientes, yermos y desiertos, están limitados estos cuerpos a

 

ostentar su luz, y apenas envíen un destello de ella a los demás orbes, atraídos desde tan lejos hacia la r e -

 

gión habitable, que recibe de los mismos su esplendor, será asunto de eterna controversia. Pero que estas

 

opiniones sean o no fundadas; que el Sol predominante en los cielos influya sobre la tierra, o la tierra sobre

 

el Sol; que él dé en el oriente principio a su inflamado curso, o ella emprenda su silencioso camino desde el

 

occidente, adelantando lenta sus inofensivos pasos, y gire sobre sú fácil eje conduciéndote sin sentir con su

 

apacible aire; ideas son con que no debes atormentar tu pensamiento: deja estos secretos a la sabiduría de

 

Dios; pon tu celo en servirle y en temerle. Que disponga El de sus criaturas, dondequiera que estén, según

 

le plazca; y tú goza de los bienes que te ha otorgado, de este Paraíso y tu hermosa Eva. El Cielo está muy

 

sobre ti para que puedas averiguar lo que acaece en él. Sé humilde en tu ciencia; cuida solamente de ti y de

 

lo que te concierne; no sueñes en otros mundos, ni en las criaturas que puedan morar en ellos, o en su est a -

 

do, condición y clase; y conténtate con cuanto te ha sido revelado, no sólo respecto a la tierra, sino al más

 

elevado cielo.»

 

A lo que aclaradas ya sus dudas respondió Adán: «Me has satisfecho plenamente, ¡oh pura inteligencia

 

del Cielo, benigno Angel! Me has librado de incertidumbres, mostrándome el camino más llano de la vida,

 

y enseñándome a no acibarar las dulzuras de mi existencia, que Dios ha preservado de angustiosos cuidados

 

y pesares, siempre que nosotros renunciemos a quiméricos pensamientos y nociones vanas. Pero el espíritu

 

o la imaginación propenden a lanzarse libres de todo freno en errores interminables, hasta que desengañ a -

 

dos o aleccionados por la experiencia, se persuaden de que no consiste el verdadero saber en el profundo

 

conocimiento de cosas inútiles, abstractas e incomprensibles, sino el de todo aquello que está a nuestros

 

alcances y de que hacemos uso todos los días de nuestra vida: lo demás es humo, vanidad, locura, que hace

 

impracticable, que frustra lo que más debe interesarnos, y que empeña más y más nuestra ansiosa solicitud.

 

Descendamos, pues de la altura en que nos hallábamos y tratemos de asuntos tan humildes y provechosos;

 

así tendré ocasión de acertar a dirigirte preguntas que no te parezcan inoportunas, y a que te dignarás repl i -

 

car benévolamente favoreciéndome como hasta ahora.

 

«Te he oído referir todo lo que es anterior a mis recuerdos; permíteme que a mi vez te refiera yo mi hist o -

 

ria que tal vez te sea desconocida. El día no declina aún, y aprovecharé como ves lo que resta en idear a l -

 

gún recurso con que entretenerme, invitándote a que oigas mi narración. Sería una insensatez el creer que

 

 

 

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no he de merecerte respuesta alguna, porque mientras estoy a tu lado me parece hallarme en el cielo. Tus

 

palabras son a mis oídos más dulces que grato es el fruto de la palmera para aplacar el hambre y la sed, a la

 

hora de la comida, después del trabajo; que aquél, aunque sabroso, al fin llega a cansar y produce hartura;

 

pero tus palabras, dictadas por la divina gracia, jamás hastían.»

 

Y le contestó Rafael con celestial agrado: «Tampoco tus labios, padre de los hombres carecen de gracia,

 

ni tu lengua de elocuencia. Dios te ha prodigado, interior y exteriormente, sus dones haciéndote imagen s u -

 

ya, y bien hablando bien permaneciendo en silencio, muestras esa gentileza y bella disposición que aco m -

 

paña a todas tus palabras, y movimientos. En el cielo te consideramos como nuestro compañero de servicio

 

en la tierra, y nos complacemos en observar las miras de Dios con respecto al Hombre, porque vemos

 

cuánto te ha honrado igualándote en el amor con que nos mira a nosotros. Di, pues, cuanto te plazca. Suc e -

 

dió que aquel día estaba yo ausente, ocupado en un viaje arduo y penoso; para hacer una larga excursión a

 

las puertas del infierno. Iba una legión numerosa según se nos había mandado, con el fin de vigilar todos

 

los pasos e impedir que saliesen espías de los enemigos, mientras el Señor estaba en su obra, no fuese que

 

indignado de tal temeridad destruyese lo que había creado; pues bien que nada pudiesen ellos intentar sin su

 

consentimiento, quiso el supremo monarca enviarnos a cumplir sus altos mandatos y probar la prontitud de

 

nuestra obediencia. Llegamos en breve; encontramos cerradas y fuertemente barreadas las pavorosas pue r -

 

tas; pero antes de aproximarnos oímos dentro un rumor que en nada se parecía a los armónicos sones de los

 

cánticos, ni las danzas, sino a los gritos de los tormentos de las lamentaciones y de la furiosa rabia. Volv í -

 

monos alegres a las colinas limítrofes de la luz antes que anocheciese el sábado, así como se nos había o r -

 

denado. Pero comienza ya tu relato, el cual escucharé con el mismo gusto que tú has escuchado el mío.»

 

Esto dijo el divino Nuncio; y prosiguió así nuestro primer padre: «Difícil le es al Hombre decir cómo

 

empezó su vida porque, ¿quién conoce su verdadero origen? Pero el deseo de seguir conversando contigo

 

me animará a hacerlo. Cual si nuevamente despertase del más profundo sueño, me hallé muellemente r e -

 

costado sobre la florida hierba; y cubierto de un balsámico sudor, que tardaron poco en enjugar los rayos

 

del Sol, absorbí aquellos húmedos vapores. Volví en seguida hacia el cielo mis ojos asombrados y estuve

 

un rato contemplando el espacioso firmamento; hasta que levantándome de pronto, por un movimiento in s -

 

tintivo, salté como esforzándome en llegar a él, y me hallé derecho sobre mis pies que me sostenían. Alr e -

 

dedor vi colinas y valles, umbrosos bosques, llanuras bañadas de sol, líquidos arroyuelos, que murmurando

 

se deslizaban, y por doquiera criaturas que vivían y se movían, que andaban o volaban, y aves que gorje a -

 

ban entre el ramaje. Todo se mostraba risueño y mi corazón estaba inundado en fragancia y en alegría.

 

«Reparé entonces en mí mismo, examiné todos mis miembros, di algunos pasos, y me determiné a correr,

 

valiéndome de mis sueltas articulaciones, e impelido por la vigorosa fuerza que en mí sentía; pero ¿quién

 

era yo, dónde estaba, por qué existía? De nada tenía noticia. Probé a hablar, y hablé sin dificultad prestá n -

 

dose a ello mi lengua, y poniendo nombre a cuanto veía; y exclamé: «¡Oh Sol, claridad hermosa, y tú Ti e -

 

rra, que recibes su luz, y que tan lozana te ostentas y tan risueña; montes y valles, ríos, bosques y llanuras;

 

y vosotros, los que gozáis de vida y movimiento, bellísimas criaturas! Decidme, decidme si lo sabéis, de

 

dónde procedo y cómo me encuentro aquí. No procedo de mí mismo sino seguramente de un gran Hacedor,

 

tan grande por su bondad como por su poder. Decidme cómo he de conocerlo, cómo podré adorarlo, pues

 

por él gozo de movimiento y vida y me siento más feliz de lo que yo mismo puedo comprender.»

 

«Y mientras hablaba así, me encaminé sin saber adónde, lejos del sitio donde por vez primera respiré el

 

aire y contemplé esa encantadora luz; y como nadie me respondiese, me senté pensativo en un verde y

 

sombrío ribazo, bordado todo de flores. Por primera vez también me asaltó el delicioso sueño, que con du l -

 

ce opresión y sin alarmarme embargó mis sentidos, bien que temí volver a la insensibilidad de mi primer

 

estado, y disolverme repentinamente. Mas en el mismo punto se apoderó de mi mente un sueño, cuya agr a -

 

dable representación vino a hacerme creer que gozaba aún de mi ser, que vivía aún; y figuróseme que ll e -

 

gaba allí alguien de divino aspecto y que me decía: «Adán tu mansión te llama; levántate, Hombre, destin a -

 

do a ser el primer padre de innumerables hombres. Vengo, llamado por ti, para conducirte al delicioso ja r -

 

dín donde tienes dispuesta tu morada.» Esto diciendo, me asió de la mano, y deslizando por el aire sin dar

 

paso alguno, me transportó por encima de los campos y de las aguas a una selvosa montaña, cuya cima era

 

una llanura, ancho recinto cercado de hermosísimos árboles, de calles y de bosques; que de cuanto hasta

 

entonces había visto en la tierra, nada apenas me parecía tan agradable. Los frutos, que en extremada abu n -

 

dancia, pendían de cada árbol, incitaban primero a los ojos y encendían después el apetito en deseo de c o -

 

 

 

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gerlos y de gustarlos; y en esto desperté, y vi que era realidad lo que con tal viveza el sueño me había pi n -

 

tado. De nuevo hubiera emprendido mi carrera, a no habérseme aparecido entre los árboles la divina pr e -

 

sencia del que en aquel lugar me servía de guía; y lleno de júbilo, pero con respetuoso temor, me prosterné

 

ante sus plantas para adorarle.

 

«Hízome levantar, y con la mayor dulzura me dijo: «Yo soy el mismo que buscas, el autor de cuanto ves

 

encima, debajo y alrededor de ti. Te hago dueño de este Paraíso; tenlo por tuyo para cultivarlo, guardarlo y

 

sustentarte de sus frutos. De todos los árboles que en este jardín crecen come libremente y con corazón al e -

 

gre; no padezcas necesidad; pero del que lleva en sí el conocimiento del bien y del mal, que he plantado en

 

medio del jardín, junto al árbol de la vida, y para prueba de tu obediencia y fidelidad (no olvides jamás este

 

precepto) guárdate de gustar, y evita sus funestas consecuencias. Sabe que el día que comas de él, y qu e -

 

brantes el único mandato que te impongo, morirás infaliblemente, serás mortal desde entonces, perderás tu

 

presente fidelidad, y expulsado de aquí irás a un mundo de desdichas y penalidades.»

 

«El severo tono con que pronunció esta rigurosa prohibición resuena aún con terrible eco en mis oídos,

 

dado que está en mi mano no incurrir en semejante pena; mas en seguida cobró su risueño aspecto y pros i -

 

guió hablándome en estos afectuosos términos: «No sólo este encantador recinto, sino la tierra toda, te doy

 

a ti y a tu descendencia. Poseedla como dueños, con todo lo que vive en ella, en el agua y en el aire, an i -

 

males, peces y aves; en testimonio de lo cual, he ahí a los pájaros y cuadrúpedos, según la especie de cada

 

uno: te los presento para que les impongas sus nombres; y para que con la más sumisa obediencia te rindan

 

homenaje; y lo propio has de entender de los peces, que residen dentro del agua y no comparecen aquí po r -

 

que no pueden abandonar su elemento, ni respirar este aire, sutil para ellos en demasía.» Y mientras así se

 

expresaba, fueron de dos en dos acercándose a mí las aves y los animales, postrándoseme éstos con mansos

 

halagos, y aquéllas descendiendo sostenidas en sus alas. Ibales dando nombre a medida que pasaban e in s -

 

truyéndome en su naturaleza, que de tal penetración me había dotado Dios en aquel momento; pero en ni n -

 

guna de aquellas criaturas hallaba lo que parecía aún faltarme; y así me atreví a preguntar a la celeste v i -

 

sión:

 

«Y a ti, ¿cómo te llamaré? Porque tú eres superior a todos estos, superior al Hombre, a todo lo que es

 

más que el Hombre, y a cuanto pudiera yo nombrar. ¿Cómo podré adorarte, autor de este Universo y de t o -

 

do lo que es un bien para el Hombre, cuya felicidad has labrado tan sin medida, disponiéndolo todo para

 

este fin? Pero nadie participa conmigo de tan gran ventura. ¿Qué dicha hay en la soledad? ¿Qué goce es el

 

que se disfruta a solas? Y aun gozando así de todo, ¿cómo puede uno satisfacerse?»

 

«La presuntuosa resolución con que dije esto sugirió a mi celeste visión una sonrisa que realzó su maje s -

 

tad, y añadió: «¿Qué entiendes por soledad? ¿No están la tierra y el aire poblados de criaturas vivientes,

 

que dóciles a tu voluntad, se muestran contentos con tu presencia? ¿No comprendes su lenguaje y sus in s -

 

tintos? También alcanzan ellos una inteligencia y una razón que no son de despreciar. Recréate con ellos,

 

trátalos como soberano dueño de un vasto imperio.»

 

«Estas palabras del universal Señor me parecieron un mandato; y en tono suplicante, como quien dema n -

 

da indulgencia, repuse: «¡Que no te ofendan mis palabras, Señor Omnipotente y Hacedor mío! ¡Préstame

 

benignos oídos! ¿No te has dignado hacerme aquí tu representante, y disponer que sean inferiores a mí t o -

 

das esas criaturas? Pues, ¿qué sociedad, qué armonía, qué verdadero placer, puede ser común a los que no

 

se consideran entre sí iguales? No hay mutualidad de afecto si no se da y se recibe en la proporción debida,

 

porque en la desigualdad que eleva a unos y rebaja a otros, no puede existir perfecto acuerdo y se establece

 

pronto recíproco desvío. Hablo de la sociedad tal como yo la desearía, en que los placeres razonables han

 

de ser comunes, y no pueden serlo en el consorcio del bruto con el hombre. Cada cual busca solaz en los de

 

su especie, como el león en la compañía de la leona, y por eso tú mismo los has unido en parejas; que no

 

sólo es imposible que se entiendan el pájaro y la fiera, o el pez y el ave, mas ni siquiera el simio con el

 

buey, y menos el hombre con el bruto, por ser esto lo más difícil.»

 

«A lo cual, sin manifestar desagrado, respondió el Todopoderoso: «Veo, Adán, que quieres procurarte

 

una felicidad perfecta y pura en la elección de tus asociados, y que no hallarás placer con encontrarte r o -

 

deado de tantos goces, viéndote solitario. ¿Qué juzgas de mí y de mi actual estado? ¿Crees que yo soy

 

completamente feliz o no? Solo estoy toda una eternidad; no reconozco segundo, ni semejante, y mucho

 

 

 

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menos igual; ¿con quién pues he de comunicarme, sino con los que son hechura mía; inferiores a mí, e inf i -

 

nitamente inferiores a lo que respecto a ti son las demás criaturas?»

 

«A esta pregunta respondí humildemente: «Soberano del mundo, para concebir la alteza o profundidad de

 

tus eternos designios, ¡qué limitado es el alcance humano! Tú eres perfecto por ti mismo y en ti no cabe la

 

menor falta. No es así el Hombre, que se perfecciona gradualmente con el deseo de asociarse a sus sem e -

 

jantes, para hacer más llevaderos, o mejorar sus defectos. Ni en ti hay la necesidad de reproducirte siendo

 

infinito como eres, y, aunque uno cabal en número. El número es lo que manifiesta en el Hombre su impe r -

 

fección individual, y así debe producir el semejante de su semejante, y para multiplicar su imagen, impe r -

 

fecta en la unidad, necesita de un amor mutuo, de una compañía querida, pero tú, aunque solo en tu recó n -

 

dito alcázar, no has menester mejor acompañamiento que tú mismo; no buscas otra sociedad; y si tal quisi e -

 

ses, sublimarías a una de tus criaturas hasta unirla o ponerla en comunicación contigo, hasta divinizarla;

 

mientras que yo no puedo levantar al que se arrastra por la tierra para conversar con él, ni hallar en su trato

 

complacencia alguna.»

 

«Alentado por su bondad, habléle así valiéndome del permiso que me otorgaba; El acogió mi indicación,

 

replicando con su graciosa y divina voz: «Me he complacido hasta ahora en probarte, Adán; y advierto que

 

no sólo conoces a los animales, pues has dado a cada cual adecuado nombre, sino que te conoces a ti mi s -

 

mo. Bien descubres el libre espíritu que en tu interior he puesto, la imagen mía, que no he concedido a los

 

brutos, por lo cual no puedes igualarte a ellos. Razón tienes en considerar extraña su sociedad, y piensa

 

siempre del mismo modo. Antes de oírte sabía que no era conveniente al hombre la soledad; mas la comp a -

 

ñía que entonces viste no es la que te destino; te la mostré únicamente para probar si juzgabas bien de tu

 

conveniencia y de lo que es justo. La que ahora te presentaré ha de agradarte seguramente; será una sem e -

 

janza tuya, un sostén a propósito para ti, un segundo tú, exactamente igual a lo que anhela tu corazón.»

 

«Calló al decir esto, o yo no le oí decir más, porque rendida mi naturaleza terrestre a aquella virtud div i -

 

na, que por tanto tiempo me había tenido remontado a la excelsa altura de su celestial coloquio, como de s -

 

lumbrado y oprimido por una fuerza que embarga los sentidos, no pudiendo vencer mi languidez, recurrí al

 

alivio del sueño, y éste acudió al instante, traído en mi auxilio por la naturaleza, y cerró mis párpados, pero

 

dejó clara mi vista interior, la luz de mi fantasía; y arrebatado como en un éxtasis, me pareció percibir,

 

aunque dormido, el mismo glorioso ser que había tenido despierto ante mis ojos; y vi que descendía hasta

 

mí, y que me abría el costado izquierdo y sacaba de él una costilla teñida toda en sangre del corazón, pri n -

 

cipio y savia de la existencia. La herida era profunda, mas de carne nueva y quedó sanada.

 

«Dispuso la visión creadora y modeló la costilla con sus manos y de ellas salió una criatura semejante al

 

Hombre, diferente sexo, y tan en extremo hermosa que cuanto en el mundo me había parecido bello, dejó

 

de serlo tal desde aquel instante, o más bien lo contemplé cifrado en ella y en el encanto de sus ojos; los

 

cuales llenaron mi corazón de un suave deleite que antes no había sentido, y esparcieron en todo cuanto la

 

rodeaba el espíritu del amor y el más delicioso anhelo. A poco desapareció, privándome de su luz, y de s -

 

perté y corrí en su busca, resuelto a hallarla o a lamentar su pérdida para siempre y renunciar a toda otra

 

felicidad. Y cuando menor era mi esperanza, hela nuevamente a corto trecho de allí, conforme se me había

 

en el sueño aparecido, revestida de todas las seducciones que tierra y cielo podían juntar para hacer su be l -

 

dad más interesante. Llegóse a mí llevada por su creador celestial, que aunque invisible, con su voz, la dir i -

 

gía habiéndola impuesto ya en los deberes de la santidad nupcial y en los ritos del matrimonio. La gracia

 

acompañaba sus pasos, y el cielo reverberaba en sus ojos, y la dignidad y el amor presidían a todos sus m o -

 

vimientos. Enajenado de júbilo no pude menos de exclamar así:

 

«Esta vez colmas mis deseos. Cumpliste ya tu promesa, bondadoso Señor, dispensador de todos los bi e -

 

nes, y de éste en especial, el mayor don que has podido hacerme. ¿Cómo no me lo envidias? Ya veo el hu e -

 

so de mis huesos, la carne de mi carne: en ella me veo a mí. Mujer es su nombre; del Hombre ha sido sac a -

 

da; y por esta causa, el Hombre, dejará a su padre y a su madre para unirse con su mujer; y ambos serán una

 

misma carne, un mismo corazón y una sola alma.»

 

«Ella me oyó; y aunque impulsada hacia mí por una fuerza divina, la inocencia, el pudor virginal, su vi r -

 

tud, la conciencia de su dignidad, que ha de ser requerida antes de conquistada, que no es fácil ni espont á -

 

nea, sino retraída y cauta, para que su incentivo sea mayor, en suma, la naturaleza, bien que exenta de todo

 

 

 

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pensamiento pecaminoso, tan poderosamente obró en ella, que al verme se retiró. Yo la seguí; ella, poseída

 

del sentimiento del honor, con majestuosa condescendencia, aprobó la demostración de mi solicitud; y la

 

conduje al lecho nupcial, arrebolado su rostro con el carmín de la aurora. Los cielos todos, las favorables

 

constelaciones, marcaron aquella hora con su más benigna influencia; congratulóse la tierra; estremeciéro n -

 

se de gozo sus colinas; las aves gorjearon alborozadas, y el fresco ambiente, y los bullidores céfiros difu n -

 

dieron la nueva entre los bosques, derramando sus alas las rosas y perfumes que habían libado en las ar o -

 

máticas florestas; hasta que la enamorada avecilla de la noche cantó aquel himeneo, y dio prisa a la estrella

 

de la tarde, para que iluminando la cima de su colina, encendiese la nupcial antorcha.

 

«Te he dicho, pues, lo que pasó por mí; mi historia te hará ver la felicidad terrestre de que disfruto. Co n -

 

feso que todo me causa placer aquí, pero un placer que, anhelado o involuntario, ni excita en mí cambio

 

alguno, ni produce mayor deseo, como me sucede con la delicada sensación que comunican a mi paladar, a

 

mi vista, y a mi olfato los frutos, las plantas, y las flores, y lo agradables que me son el paseo y el melodi o -

 

so cántico de las aves. Enajenado con cuanto veo, enajenado con cuanto toco, nada es sin embargo comp a -

 

rable con la pasión que experimenté por primera vez. ¡Qué conmoción tan extraña! En todos los demás g o -

 

ces me reconozco superior dueño de mí mismo; en éste solamente, en el poder fascinador que sobre mí

 

ejerce el encanto de la belleza, cedo a la debilidad; y bien porque mi naturaleza no sea bastante fuerte para

 

oponer resistencia a su seducción, bien porque en la merma de mi costado haya perdido más de lo neces a -

 

rio, es lo cierto que esa belleza tiene en sí demasiados atractivos, siendo en su exterioridad tan perfecta,

 

aunque interiormente no lo sea tanto. No se me oculta, que atendido el fin primordial de la Naturaleza, la

 

excelencia del espíritu y de las facultades internas es evidente su inferioridad, y que aun considerada en sus

 

formas, se asemeja menos a la imagen del Creador que nos hizo a entrambos, y no corresponde al sello de

 

predominio que llevamos sobre las demás criaturas; pero cuando contemplo de cerca su beldad, me parece

 

tan seductora, tan acabada en sí misma, que su menor deseo, su menor palabra, juzgo que es lo más cuerdo,

 

lo más virtuoso, lo más discreto, y lo mejor que ocurrirse puede. La ciencia más sublime se da ante ella por

 

vencida; el menor razonamiento al lado suyo queda desconcertado y acaba por parecerme un desvarío; s í -

 

guenla ciegamente la autoridad y la razón, como si hubiera sido ella formada la primera, y no después que

 

yo y accidentalmente: en suma, y para decirlo de una vez, en ella moran y ejercen su supremo imperio la

 

majestad del alma y la nobleza, que la rodean con la aureola del respeto, como custodios angelicales.»

 

A esto con severo semblante replicó el Ángel: «No acuses a la Naturaleza, que ha hecho cuanto en su

 

mano estaba. Haz tú lo propio, y no desconfíes de la sabiduría que no ha de abandonarte mientras tú no te

 

apartes de ella en el momento de necesitarla más, y mientras no des exagerada importancia a lo que la m e -

 

rece menos, como por ti mismo lo puedes ver porque ¿qué es lo que tanto admiras?; ¿qué es lo que de tal

 

modo te enajena? La belleza es sin duda digna de tu afecto, de tu respeto y de tu amor, mas no de rend i -

 

miento tan absoluto. Compárate con ella, y estímate en lo que vales, que a veces nada es tan provechoso

 

como esa estimación de sí mismo bien entendida y puesta en sus justos y razonables límites. Cuanto más

 

procures conocerte a ti, más se persuadirá ella de tu superioridad, y menos se sobrepondrán a la realidad las

 

apariencias. Dios la hizo seductora para que te inspirase mayor agrado, y al propio tiempo majestuosa para

 

que la honrases con tu amor, que si no procede con cordura tardará poco ella en comprenderlo. Pero cuando

 

el deleite de los sentidos, que sirve para la propagación de la especie, absorbe todos los demás placeres, d e -

 

be reflexionarse que ese mismo deleite se ha concedido a los irracionales, los cuales no participarían de él

 

si fuese digno de avasallar el alma humana y de que preponderase en ella esta pasión. Sigue amando los

 

encantos, la ternura, la discreción que hallas en tu compañera; ámala en este sentido, pero no con pasión,

 

porque no consiste en ella el verdadero amor. El amor purifica el pensamiento y engrandece el corazón;

 

lleva a la razón por guía: préciate de juicioso; sirve de escala para remontarse hasta el amor celeste, y no se

 

mancha con el deleite de la carne; por esto no ha sido sacada tu compañera de entre las bestias irracionales.

 

Al oír esto, repuso Adán medio avergonzado: «No es su extrema belleza, aun siendo tan seductora, ni el

 

deseo de la procreación, común a todos los seres (pues tengo más alta idea del lecho nupcial, que miro con

 

misterioso respeto) lo que me enamora en ella, sino la gracia impresa en todas sus acciones, los mil y mil

 

donaires con que acompaña cuanto dice y cuanto hace, y su amorosa y dulce condescendencia; señales,

 

evidentes todas, de la unión que reina en nuestras almas hasta hacer una sola de ambas, y de la armonía en

 

que vivimos los dos esposos, más agradable que la del más armonioso son a nuestros oídos. No es esto lo

 

que me subyuga (nada te oculto de lo que pasa en mí); no estoy ofuscado, porque mis sentidos perciben los

 

objetos conforme a su variedad y a la influencia que ejerce cada uno; me conservo libre para dar la pref e -

 

rencia a lo mejor y para decidirme por lo que prefiero. Tú no me vedas que ame; al contrario, me dices que

 

 

 

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el amor nos sublima al cielo, y que es quien allá nos encamina y guía. Pues bien, permíteme que te pregunte

 

ahora: ¿no aman los espíritus celestiales? Y, ¿cómo expresan su amor? ¿Contemplándose únicamente o por

 

medio de una irradiación mutua, o de un contacto, bien sea virtual, bien inmediato?»

 

A lo que con celestial semblante, que animaba el sonrosado carmín propio del amor, contestó sonriendo

 

el Ángel: «Bástete saber que somos felices, y que sin amor no hay felicidad. Ese puro, aunque corpóreo

 

deleite de que disfrutas, porque tú has sido creado puro, nosotros lo gozamos en sumo grado; no hallamos

 

embarazo alguno en las partes de nuestro cuerpo. Si los espíritus se acercan, se confunden totalmente, más

 

que el aire con el aire, aunándose la pureza de sus esencias, y no viéndose en la precisión de juntar la carne

 

con la carne y el alma con el alma. Y ya no puedo retrasarme más: el sol se aleja, trasponiendo el Cabo

 

Verde de la tierra y las islas Hespérides, que es la señal de mi partida. Persevera en el bien, sé feliz y ama;

 

ama sobre todo a Aquel que cifra el amor en la obediencia, y no olvides su mandamiento. Cuida que la p a -

 

sión no extravíe tu juicio, ni te induzca a hacer nada de lo que repugna a una voluntad libre. En tu mano

 

tienes tu felicidad o desgracia y la de tus hijos; y así procede con gran cautela. En tu perseverancia nos

 

complaceremos no sólo yo sino todos los bienaventurados. Mantente firme; que de conservarte en tu actual

 

estado o para siempre perderlo, tú eres exclusivamente árbitro y responsable; y pues Dios te ha hecho pe r -

 

fecto cuanto es menester para que no necesites de ayuda extraña, rechaza toda tentación que te aleje de tu

 

obediencia.»

 

Levantóse el Angel al decir esto, y Adán lo despidió mostrándole su gratitud en estos términos: «Pues ya

 

es forzosa tu ausencia, ve en paz, huésped celestial, divino nuncio de Aquel cuya soberana bondad adoro.

 

¡Cuán complaciente, cuán amoroso has estado para conmigo! El honor que me has dispensado te agradec e -

 

rá siempre mi memoria. Sigue siendo el protector y amigo del género humano y visítame con frecuencia.»

 

Y de esta suerte se separaron en la umbría floresta el Angel volviendo al cielo, y Adán entrándose en su

 

morada.

 

NOVENA PARTE

 

ARGUMENTO

 

Después de explorar Satán la tierra con la más maligna intención, vuelve de noche al Paraíso introd u -

 

ciéndose en forma de vapor acuoso en el cuerpo de la Serpiente que yacía dormida. Salen Adán y Eva al

 

amanecer para continuar su trabajo, el cual propone Eva que se divida dirigiéndose cada cual a distinto

 

punto; mas Adán no lo aprueba, alegando el peligro que podían correr, y temeroso de que el enemigo co n -

 

tra quien ya estaban prevenidos, no sedujese a Eva al hallarla sola. Picada ella de que no la creyese bastante

 

cuerda o bastante fuerte, insiste en que se separen, deseando además dar pruebas de su firmeza. Cede por

 

fin Adán; la Serpiente halla sola a su Esposa; acércase cautamente; empieza por contemplarla; le dirige la

 

palabra, y con lisonjeros encarecimientos la declara muy superior a todas las demás criaturas. Admirada

 

Eva de oír hablar a la Serpiente le pregunta cómo ha adquirido aquella facultad humana, y la inteligencia de

 

que carecía antes; la Serpiente responde que habiendo probado el fruto de cierto árbol que allí existía, ha

 

adquirido a un mismo tiempo la palabra y la razón, de que hasta entonces no había gozado. Ruégale Eva

 

que la conduzca adonde está el árbol, y al verlo reconoce que es el de la ciencia prohibida; pero más alent a -

 

da ya la Serpiente, la induce con mil instancias y artificios a que pruebe el fruto, y hallándolo de un sabor

 

delicioso, reflexiona un momento si debe o no participárselo a Adán; pero al cabo va a presentárselo y le

 

refiere lo que la ha decidido a comer de él. Queda al pronto consternado Adán; pero considerando que su

 

esposa está perdida, resuelve, llevado de su vehemente amor, perecer con ella, y atenuando su falta, come

 

también del mismo fruto. Efectos que ambos experimentan. Procuran encubrir su desnudez, y acaban por

 

reconvenirse y acusarse mutuamente.

 

Cesen ya las pláticas que Dios o un ángel, huésped del Hombre, sostenían familiarmente con él, como

 

con un amigo, dignándose de sentarse a su lado, de compartir con él su campestre mesa, y de permitirle

 

discurrir sencillamente sin mostrarse con él severo. Una trágica catástrofe sucederá a esta escena: insensata

 

desconfianza, monstruosa infidelidad, desobediencia y rebelión por parte del Hombre; por parte de Dios, de

 

tal manera olvidado, desvío y profundo disgusto, indignación, justísimo rigor y terrible sentencia, que trajo

 

sobre el mundo un cúmulo de males, el pecado y la muerte que le acompaña, y la miseria precursora de la

 

muerte; enojoso empeño, pero asunto no menos sublime y más heroico que la cólera del inexorable Aquiles

 

 

 

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persiguiendo a su enemigo tres veces fugitivo alrededor de las murallas de Troya, y que el furor de Turno al

 

verse privado de Lavinia, su prometida esposa, y la ira de Neptuno y de Juno, tan pertinaz contra los gri e -

 

gos y contra el hijo de Citerea. Y no me será difícil remontar mi canto a tal altura, si logro el auxilio de mi

 

celeste protectora, que sin ser llamada acude a mí todas las noches, y me dicta entre sueños, o me inspira

 

fáciles rimas en que yo no había pensado.

 

Largo tiempo ha que por vez primera elegí este asunto para un canto heroico, pero comencé ya tarde. La

 

naturaleza no me ha dado facilidad para pintar guerras que hasta aquí se han contemplado como el único

 

argumento para la poesía heroica: ¡sublime aspiración realzar a fuerza de largos y repugnantes desastres,

 

hazañas de fabulosos caballeros en batallas también supuestas, y no consagrar un solo canto a la verdadera

 

fortaleza, a la paciencia y heroicidad de los mártires; describir evoluciones y juegos, vistosas empalizadas,

 

escudos relumbrantes de empresas, y blasones bridones encubertados, arneses bordados de oro, y arroga n -

 

tes jinetes entrando en las justas y en los torneos; y luego la suntuosidad de los banquetes servidos en ma g -

 

níficos salones por numerosos pajes y escuderos; primores artificiosos y rutinarios, que no pueden dar justo

 

y heroico renombre ni al autor ni a su poema! Pero a mí, que no he puesto mi arte en el estudio, en estas

 

cosas se me ofrece argumento más sublime, bastante por sí solo a granjearme alta reputación, a no ser que

 

la tardanza del tiempo, el hielo del clima o el de mis años entorpezca mis ya rendidas alas; y no podría m e -

 

nos de suceder así, si esta obra fuese exclusivamente mía y del nocturno numen, que sugiere sus cantos a

 

mis oídos.

 

Hundíase el Sol en el Océano, y con él desaparecía la estrella de Héspero, cuyo oficio es llevar el crepú s -

 

culo a la tierra, sirviendo de medianera entre el día y la noche. Del uno al otro extremo del hemisferio e x -

 

tendía ésta su velo en torno del horizonte, a tiempo que Satán, a quién Gabriel había intimidado con sus

 

amenazas y expulsado del Edén, más diestro ahora en su falacia y malignidad, y más ansioso de la perd i -

 

ción del Hombre, a pesar de que él también a mayor castigo, sin temor se exponía alguno, resolvió penetrar

 

de nuevo en aquellas regiones. Era de noche cuando emprendió el vuelo; a la mitad de ella había acabado

 

de dar la vuelta a la tierra, porque evitaba el día desde que Uriel, que regulaba el movimiento del Sol, lo

 

descubrió al entrar en el Edén, y previno contra sus intentos a los querubines que lo aguardaban. Así expu l -

 

sado y poseído de mortal angustia, siete noches consecutivas anduvo rodando entre las tinieblas: tres veces

 

recorrió la línea equinoccial, y cuatro, atravesando los coluros, cruzó por el carro de la noche de polo a p o -

 

lo. A la octava noche volvió al Paraíso, y en la parte opuesta a la que guardaban los querubines, descubrió

 

una entrada furtiva, que ellos no conocían, Había allí un lugar (ya no existe, y de esta novedad no fue causa

 

el tiempo, sino el pecado), donde el Tigris se precipita en una profunda sima al pie del Paraíso, refluyendo

 

parte de sus aguas hasta formar una fuente junto al árbol de la vida. En aquel precipicio se arrojó Satán,

 

arrastrado por el río, y entre el salto que sus aguas daban subió al jardín, envuelto en su densa niebla Allí

 

buscó un sitio donde ocultarse. Había recorrido mares y tierras del Edén al Ponto Euxino y la laguna Me ó -

 

tides, y más allá de las riberas del Obi, y descendió al polo Antártico, cruzando al Occidente, desde el

 

Orontes al Océano que se ve atajado por el istmo de Darién, y luego a las regiones bañadas por el Ganges y

 

por el Indo. Al escudriñar así toda la tierra con minucioso examen y contemplar con profunda atención t o -

 

das las criaturas, para elegir la que mejor se prestase a sus intentos, halló que la más astuta era la serpiente,

 

y después de prolijas dudas y reflexiones, se convenció de que en ninguna como en ella podría injertar su

 

insidioso espíritu, y en ninguna encubrir mejor sus siniestros odios a la más penetrante vista; porque en la

 

falsedad de la serpiente no había ardid que pareciese impropio, ni cabía sospechar de su natural sutileza y

 

malignidad, al paso que en los demás animales cualquier acto superior a su rudo instinto hubiera podido

 

parecer influencia y sugestión diabólica. Esta fue al cabo su resolución; pero tales y tan desesperados co m -

 

bates traía en su interior que prorrumpió en doloridos ayes, discurriendo así: «¡Oh Tierra! ¡Cuán semejante

 

eres al Cielo, por no decir superior y morada más digna de los dioses, dado que has sido producto de una

 

segunda creación, con la cual se perfeccionó la antigua! Porque ¿hubiera Dios después de hacer una obra

 

perfecta, creado otra peor? ¡Oh terrestre cielo alrededor del cual giran otros que brillan únicamente para

 

comunicarte sus resplandores! Sólo para ti existen al parecer, uno y otro astro, y en ti concentran los pr e -

 

ciosos detalles de su sagrada influencia. Así como en el cielo Dios es el centro que se difunde por dond e -

 

quiera así lo eres tú también con respecto a los demás orbes, que tienes por tributarios. En ti que no en ellos

 

aparecen todas las virtudes conocidas, que producen las yerbas y las plantas, y la estirpe más noble de los

 

seres animados de vida gradual se crecen, sienten y raciocinan, dones todos cifrados en el Hombre. ¡Con

 

qué placer, si de algún placer fuese yo capaz, recorrería tus campos contemplando esa deliciosa alternativa

 

de colinas y valles, ríos, bosques y llanuras; tan pronto tierras, tan pronto mares; aquí una ribera al pie de

 

 

 

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una selva, allá enormes rocas y grutas y cavernas! Pero ninguno de esos lugares me ofrece mansión ni asilo,

 

y cuanto mayores son los encantos que me rodean, más grande es el tormento que llevo dentro de mí, como

 

si fuese yo el odioso objeto de sentimientos tan encontrados. Toda dulzura se convierte para mí en veneno,

 

y hasta en el cielo mi suerte sería tristísima. Y no es que yo quiera vivir aquí, ni aun en el cielo, de no imp e -

 

rar en él como soberano; porque no es la esperanza de llegar a condición menos miserable la que me anima

 

ahora, sino el deseo de hacer a otros tan desdichados como lo soy yo, aunque redunde en mayor desventura

 

mía; que lo que únicamente halaga mi desasosegado anhelar es la destrucción. Si en efecto, logro destruir, o

 

que él propio labre su total perdición, al hombre para quien todo se ha creado, todo ello lo acompañará en

 

su ruina, como identificado que está en su prosperidad o su infortunio. ¡Sea con su infortunio! ¡Perezca

 

cuanto aquí existe! De todas las potestades infernales, yo seré el único a quien quepa la gloria de haber an i -

 

quilado en un día lo que El, el que se llama Omnipotente, ha empleado en crear seis días y seis noches sin

 

interrupción; y ¿quién sabe cuánto tiempo empleara antes en concebirlo? Quizá no tuvo tal pensamiento

 

hasta que yo, en una sola noche, libré de oprobiosa servidumbre casi a la mitad de los que llevan el nombre

 

de ángeles, reduciendo en proporción la multitud de sus adoradores. En venganza de esto, sin duda, y para

 

reponer sus legiones así mermadas, fuese por haber desmerecido de aquella antigua virtud que poseyó al

 

crear los ángeles si fueron creación suya, fuese para humillarnos más, determinó suplir nuestra falta con un

 

ser formado de tierra, elevándole desde tan vil extracción hasta el punto de concederle nuestra dignidad

 

celeste. Como lo resolvió, lo llevó a cabo; y formó al Hombre, y para él labró todo este magnífico mundo, y

 

le dio por mansión la tierra, proclamándolo rey de ella; y ¡oh indignidad! puso a su servicio las alas de los

 

serafines, y por custodios suyos espíritus de fuego, obligados a desempeñar este terrestre ministerio.

 

«Temeroso de su vigilancia, y con el fin de eludirla, me he envuelto en los nebulosos vapores de la n o -

 

che, y deslizándome cautelosamente entre estos matorrales, buscando una serpiente adormecida para intr o -

 

ducirme entre sus escamas, y ocultarme, y ocultar mis tenebrosos planes. ¡Oh indigna degradación! ¡Yo,

 

que he lidiado contra los dioses, queriendo sublimarme sobre todos ellos, verme obligado ahora a transfo r -

 

marme en un reptil, a identificarme con su asqueroso cieno, y embrutecer así la pura esencia que aspiraba al

 

más excelso grado de la divinidad! Pero ¿a qué extremo no son capaces de descender la ambición y la ve n -

 

ganza? El ambicioso, para lograr su fin, debe rebajarse tanto como ha pretendido elevar sus miras, y por

 

encumbrado que esté, humillarse hasta los mas viles empleos. La venganza tan dulce a primera vista, ¡qué

 

amarga es al fin, pues que recae en el vengativo! Pero no importa: recaiga en mí, con tal que descargue el

 

golpe donde lo asesto; y ya que no puede alcanzar al que está más alto, hiera al menos al que provoca más

 

inmediatamente mi envidia, a ese nuevo favorito del cielo, al Hombre formado de barro, hijo del despecho,

 

a quien, para mayor afrenta nuestra, sacó su Hacedor del lodo. No haya más: a ese ensañamiento se respo n -

 

de con la misma saña.»

 

Esto dijo; y rastreando por entre la maleza ya húmeda, ya árida, en forma de negro vapor, prosiguió su

 

nocturna excursión por los sitios donde más fácilmente diera con la serpiente, hasta que la descubrió ado r -

 

mecida, enroscada en la multitud de sus complicados pliegues, y en medio su cabeza llena de astutas m a -

 

quinaciones. No estaba oculta en la siniestra sombra de horrible caverna, sino durmiendo tranquila, ni t e -

 

merosa, ni terrible, sobre la espesa hierba. Introdújose el demonio por su boca, y apoderándose de su brutal

 

instinto, de su corazón, de su cabeza, impregnó en todo su ser su activa inteligencia, mas sin turbar su su e -

 

ño, y esperando la llegada de la mañana.

 

Cuando la sagrada luz comenzó a alborear en el Edén, sobre las húmedas flores, y a exhalar éstas su m a -

 

tinal incienso, cuando todos los seres que respiran elevan al Criador su silencioso homenaje, desde el gra n -

 

de altar de la tierra, con el aroma que le es tan grato, salieron de su mansión nuestros primeros padres y

 

unieron la plegaria de sus labios al coro de las criaturas que carecían de voz; y terminada su oración, r e -

 

creándose unos instantes con la dulzura del ambiente que el aire les enviaba, acordaron el medio de ad e -

 

lantar en sus incesantes trabajos, los cuales requerían mucho más de lo que ellos dos podían hacer en tan

 

vasto terreno; y así ocurriósele a Eva decir a su esposo:

 

«Adán, no debemos aflojar en el cultivo de este jardín, sino cuidar de sus plantas, yerbas y flores, que es

 

la agradable tarea que se nos ha impuesto; pero hasta que vengan más brazos en nuestra ayuda, la obra será

 

menor que el trabajo, y cada vez más desproporcionada a la exuberancia con que crece todo. Las ramas que

 

podamos por superfluas, que enderezamos o sujetamos durante el día, en una o dos noches brotan de nuevo

 

y frustran todos nuestros afanes. Quisiera, pues, que para remediarlo, me dieses algún consejo, u oye el que

 

 

 

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de pronto se ocurre a mi imaginación. Dividamos nuestro trabajo; elige tú el sitio que mejor te parezca, o

 

dedícate a lo que más urgente contemples, ya cubriendo de madreselva esta enramada, ya dirigiendo la y e -

 

dra a las plantas con que deba unirse, mientras yo, alejándome por aquel lado, iré enderezando los tallos de

 

las rosas mezcladas con los mirtos, en lo cual me ocuparé hasta el mediodía. Porque si seguimos corno

 

hasta aquí, trabajando siempre uno al lado del otro, ¿cómo hemos de evitar, viéndonos juntos, que la di s -

 

tracción de una mirada, de una sonrisa, de la conversación a que da lugar un objeto nuevo, interrumpa

 

nuestra ocupación a cada paso y la haga cundir tan poco, que aunque comenzada muy de mañana, esté sin

 

terminar a la hora de la comida?»

 

A lo que con cariñosas palabras replicó Adán: «¡Eva mía, mi única compañera de todas las criaturas v i -

 

vientes, la que más amo, sin comparación alguna! Bueno es tu intento; acertadamente discurres sobre lo

 

que debemos hacer para el mejor desempeño de la tarea que nos ha impuesto el Señor aquí; y no puedo

 

menos de alabar tu celo, porque nada más recomendable en la mujer que el estudio que pone en sus queh a -

 

ceres y en procurar que su esposo trabaje también con fruto. Pero el mandato de Dios no es tan riguroso que

 

nos vede el descanso indispensable, ora se invierta en alimentar el cuerpo o en pláticas sabrosas, que son el

 

alimento del espíritu, o en la dulce distracción de una mirada, de una sonrisa, placeres concedidos a nuestra

 

razón y negados a los brutos, porque son la expresión de nuestro amor, que no debe considerarse como el

 

fin menos noble de nuestra vida; así que, no nos ha destinado Dios a un trabajo penoso, sino al que puede

 

proporcionarnos aquel gusto que es inseparable de la razón. Unidas nuestras manos, no dudes que dejarán

 

fácilmente expeditas las enramadas y veredas que frecuentamos en nuestros paseos, hasta que dentro de p o -

 

co tengamos otros brazos más jóvenes que nos ayuden. Si, después de todo, te molesta el conversar tanto

 

conmigo, consentiré en ausentarme por breve tiempo, que la soledad es a veces, la compañía más agradable

 

y una separación, aunque corta, hace más dulce el placer de volver a verse. Un recelo, sin embargo, me trae

 

inquieto, el riesgo que puedes correr lejos de mí: porque ya sabes lo que se nos ha advertido: sabes que e n -

 

vidioso de nuestra felicidad y desesperando de la suya, un enemigo perverso está acechándonos para co n -

 

sumar nuestra perdición y mengua, y que vigila no lejos de aquí, tal vez ansioso de realizar su anhelo y

 

aprovechar la ventaja de tenernos separados. Mientras estemos juntos no se atreverá a acercarse, dado que

 

en caso necesario, fácilmente nos podremos prestar auxilio bien intente apartarnos de nuestra obediencia a

 

Dios, bien perturbar nuestro conyugal amor, que de todas nuestras venturas es quizá la que más envidia.

 

Sea pues éste su intento, sea que abrigue otro mas funesto, no te alejes de quien te ha dado la vida, de quien

 

te ampara y protege aún. La mujer que se ve amenazada de algún peligro o de algún menoscabo en su ho n -

 

ra, halla su segura confianza en el esposo, que la defiende y se hace participante de todas sus desgracias y

 

sinsabores.»

 

Eva con inocente dignidad, mas con severa dulzura, propia de quien ama y se siente contrariado, pros i -

 

guió así: «¡Hijo del cielo y de la tierra, señor de la tierra toda! Bien sé que tenemos un enemigo que solicita

 

nuestra ruina. Ya me has informado de esto, y lo he oído además de boca del Angel al despedirse, desde la

 

sombría estancia en que me oculté, regresando precisamente a la caída de la tarde, cuando se cierran los

 

cálices de las flores. Pero ¡sospechar de mi fidelidad para con Dios y para contigo, sólo porque un enemigo

 

intenta ponerla a prueba! Nunca supuse en ti semejante duda. ¿Por qué temer tanto su violencia, si inacc e -

 

sibles a la muerte y a las penalidades, hemos al cabo de preservarnos de ellas, y aun rechazarlas cuando n e -

 

cesario fuere? Y si lo que verdaderamente temes es su astucia, ¿qué recelo tienes de que venza ni seduzca

 

mi inquebrantable fidelidad ni mi amor sincero? ¿Cómo han podido albergarse en tu corazón tales sent i -

 

mientos? ¿Cómo pensar tan desfavorablemente de la que tanto amas?»

 

A lo cual, tratando de persuadirla, contestó así:

 

«Hija de Dios y el Hombre, inmortal Eva, porque tal eres, pura de todo pecado y mancha: si pretendo

 

persuadirte a que no te alejes de mi vista, no es por desconfianza que de ti tenga, sino para evitar las as e -

 

chanzas con que nos persigue nuestro enemigo, porque el seductor, aunque trabaje en vano, siempre deja

 

alguna mancha en aquel a quien solicita, dando a entender que su entereza no es tal que pueda resistir a la

 

tentación. Tú misma te enojarías y mostrarías tu indignación contra semejante ultraje, aunque resultase sin

 

efecto; y así no interpretes mal el deseo que tengo de preservarte a ti sola de esta ofensa, pues contra los

 

dos a la vez, bien que su audacia sea grande, no la dirigiría; y si a tanto se atreviese, a mí me acometería

 

primero. Ni son para menospreciadas su astucia y perversidad, que poderosas deben ser cuando logró sed u -

 

cir a los ángeles. No juzgues pues inútil mi auxilio. Al influjo de tus miradas, crecerán en mí todas las vi r -

 

 

 

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tudes; tu presencia me inspirará más cordura, más previsión, más fuerza, si fuese preciso recurrir a ésta,

 

porque la humillación de verme ante ti vencido redoblaría mi vigor al más indecible extremo. ¿Por qué mi

 

presencia no ha de producir en ti un sentimiento igual, ni qué testigo mejor de esta prueba de entereza a que

 

estás resuelta y del triunfo de tu virtud?»

 

Celoso de lo que tanto le interesaba, expresaba así Adán su conyugal amor; pero atribuyéndolo Eva a

 

desconfianza de su firmeza, le replicó de nuevo, dulcificando su voz: «Si nuestro estado es tal, que hemos

 

de vivir incesantemente estrechados por un enemigo violento o pérfido, y si estando separados no hemos de

 

ser cada cual bastante a defendemos, ¿qué tranquilidad nos espera en medio de tan continuo sobresalto? El

 

castigo no puede preceder al pecado: al tentarnos ese enemigo, nos ultraja ciertamente poniendo en duda

 

nuestra integridad, pero de la duda no resulta infamia para nosotros, sino descrédito para él. ¿Por qué pues

 

temerle y huirle tanto? Doble honor será, por el contrario, para nosotros desbaratar sus maquinaciones, y

 

granjearnos así nuestra paz interior, y juntamente el favor del cielo, testigo de nuestra resistencia. ¿Será

 

bien culpar a nuestro sabio Creador de habernos hecho felices tan a medias, que ni juntos ni separados

 

contemos con seguridad alguna? Poco apetecible sería ventura semejante; y, de estar expuestos a un peligro

 

como éste, no merece nuestro Edén tal nombre.»

 

A lo que con mayor vehemencia contradijo Adán en estos términos: «Mujer, Dios lo hizo todo perfecto,

 

que así lo dispuso su voluntad. Nada salió imperfecto ni defectuoso de sus manos creadoras, y mucho m e -

 

nos el hombre y cuanto puede asegurar su felicidad, preservándolo de toda fuerza exterior, pues aunque ll e -

 

va consigo el peligro, lleva también los medios de evitarlo. Contra su voluntad ningún mal puede inferírs e -

 

le, y esta voluntad es libre, como lo es cuanto obedece a la razón. Esta razón, por otra parte obra con rect i -

 

tud, pero Dios la manda que esté siempre vigilante y sobre sí, para que no dejándose deslumbrar por una

 

engañosa apariencia de bien se incline al error, y extravíe a la voluntad de manera que ésta incurra en lo

 

que Dios expresamente tiene prohibido. No es, pues, la desconfianza sino es ternura del amor la que nos

 

prescribe a mí que vele por ti, y a ti que veles por mí igualmente. A vueltas de toda muestra firmeza posible

 

es que nos perdamos, porque no es imposible que cegándonos nuestro enemigo con engaños artificiosos, se

 

olvide la razón de la vigilancia a que está obligada y nos induzca en inadvertido yerro. No te expongas a la

 

tentación; vale más evitaría, lo cual más fácilmente conseguirás si no te apartas de mí; pero el peligro vierte

 

sin ser buscado. Pretendes dar pruebas de tu constancia: dalas antes de tu obediencia. ¿Quién testificará de

 

tu triunfo si no ha presenciado nadie tu combate? Pero si presumes que en el imprevisto trance saldremos

 

más airosos de lo que parece estando unidos, ya vas advertida; aléjate, porque permanecer aquí a la fuerza

 

sería tanto como estar ausente. Aléjate con tu nativa inocencia y cobra fuerzas de tu virtud; empléala toda;

 

y pues Dios ha hecho con respecto a ti lo que debía, haz tú también lo que debes.

 

A estas razones del patriarca del género humano, insistió Eva en replicar; y aunque sumisa, dijo por fin:

 

«Iré, pues, con tu permiso, y sobre todo alentada por la razón que has indicado últimamente; que en un

 

trance imprevisto, quizá nos hallaríamos menos preparados estando juntos. Iré ya más animosa, y sin el r e -

 

celo de que tan fiero enemigo comience desde su agresión por la parte más débil; y si tal intentase, sería

 

doblemente vergonzoso su vencimiento.»

 

Y diciendo esto, retiró suavemente su mano de entre las de su esposo, y como una ninfa de las selvas o

 

dríada, o del séquito de Diana, se encaminó con ligera planta hacia el bosque, sobrepujando en gentileza y

 

gracia a la misma diosa de Delos, bien que no fuese como ella armada de arcos ni flechas, sino de instr u -

 

mentos apropiados al cultivo de los jardines no pulidos aún por el arte ni por la acción del fuego, y tales

 

como los ángeles se los habían suministrado. Asemejábase en su atavío a Pales o Pomona, a Pomona h u -

 

yendo de Vertumno y a Ceres, virgen aún antes de tener fruto de Júpiter en Proserpina. Veíala Adán aleja r -

 

se contemplándola encantado, y fija su ardiente mirada en ella; hubiera sin embargo preferido tenerla a su

 

lado. Una y otra vez la advirtió que regresase en breve, y otras tantas prometió ella volver a su morada al

 

acercarse el mediodía, para disponer lo conveniente a la comida de aquella hora y entregarse luego al rep o -

 

so.

 

¡Oh desdichada Eva! ¡Qué amargo desengaño, qué humillación te espera antes de tu imaginado regreso!

 

¡Oh infame crimen! Desde este momento no hallarás ya en el paraíso ni dulces manjares ni grata tranquil i -

 

dad. Un lazo te está aguardando oculto entre esas risueñas flores y entre esas sombras, donde el odio infe r -

 

nal se prepara a interceptarte el camino y arrebatarte tu inocencia, tu ventura y tu fidelidad.

 

 

 

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Y era así, que desde los primeros albores de la mañana había salido el Enemigo de su escondrijo, disfr a -

 

zado bajo la apariencia de una serpiente, y con la esperanza más que probable de hallar a los dos únicos r e -

 

presentantes del género humano, que en realidad equivalían a todo éste; y eran el anhelado objeto de su

 

venganza. Recorre florestas y descampados, todos los lugares en que el ramaje forma alguna espesura y

 

ofrece sitios más deliciosos y retirados; los busca en las márgenes de las fuentes y en la frescura de los

 

arroyos y las umbrías, pero desea sobre todo hallar a Eva separada de su esposo, aunque no abrigaba la m e -

 

nor esperanza de conseguir tanta ventura; cuando de pronto, realizándose una y otra, la descubre compl e -

 

tamente sola, velada por una fragante nube. Divisábasela a medias entre el espeso valladar de encendidas

 

rosas, que en torno la rodeaban, ocupándose en enderezar los delgados tallos de las flores, que aunque o s -

 

tentaban en toda su viveza brillantes colores de púrpura y azul matizados de oro, se inclinaban lánguidas

 

bajo su peso; y ella las sostenía graciosamente enlazándolas con mirto, descuidada a la sazón de sí misma,

 

flor más delicada y bella que todas las otras, necesitada también de su natural apoyo, del cual estaba tan

 

lejos, cuando cercana la tempestad que la amenazaba. Allí, a poca distancia, por entre las sombrías calles

 

que formaban los más empinados árboles, los cedros, los pinos y las palmeras, la acechabil la Serpiente ya

 

acercándose resueltamente a ella, ya ocultándose y volviendo a aparecer, resguardada por la frondosidad

 

del ramaje y las flores que había Eva plantado por su propia mano: pensil más encantador que los fabulosos

 

jardines del resucitado Adonis, o los del famoso Alción, huésped del hijo del viejo Laertes, y más delicioso

 

que los no fingidos, sino verdaderos, donde el rey, sabio por excelencia, se solazaba con la bella esposa que

 

debía al Egipto.

 

Admirado contemplaba Satán aquel lugar, y mucho más la persona de Eva. Hallábase como el que enc e -

 

rrado largo tiempo en una ciudad populosa, cuyas apiñadas chimeneas y fétidos vapores vician el aire, sale

 

una mañana de estío a respirar ambiente más puro en una granja campestre, halagado por el olor de las mi e -

 

ses, de las eras y de los establos, y por el aspecto y bullicio de los campos; y si por dicha acierta a pasar una

 

beldad virginal, graciosa como una ninfa, todo lo que le rodea adquiera por ella mayor encanto, como si en

 

sus ojos se cifrase todo aquello que lo enajena. Este mismo placer experimentó la Serpiente al contemplar

 

aquel florido vergel, dulce retiro de Eva en medio de la soledad de la mañana. Su celestial belleza es la de

 

un ángel aunque, más delicada como de mujer al fin; su graciosa inocencia, cada ademán y hasta el menor

 

de sus movimientos desconciertan la infernal malicia, y como que la arrebatan algo de la feroz intención

 

que antes la animaba. Así permaneció el malvado unos momentos enajenado del mal que era su esencia y

 

estúpidamente entregado al bien que por entonces le libraba de su enemistad y perfidia, de su odio, de su

 

envidia y de su venganza; mas el fuego del infierno, que interiormente le abrasaba como le hubiera abras a -

 

do aun en el cielo, le sacó en breve de su delicioso éxtasis, atormentándole tanto más, cuanto mayor era la

 

felicidad que allí se respiraba, y de que él estaba privado para siempre; lo que renovándose su furioso enc o -

 

no, y entregándose de nuevo a su perversa intención, se complacía en discurrir así:

 

«¿Adónde me llevas pensamiento? ¿Qué dulce impulso es éste con que me enajenas, hasta el punto de

 

hacerme olvidar el fin con que aquí he venido? No ha sido el amor, sino el odio; no la esperanza de trocar

 

el Infierno en Paraíso, ni la de gozar de ningún placer, sino la de destruir todo goce, excepto el que consiste

 

en la destrucción, pues los demás son para mí extraños. No he de malograr pues la ocasión que ahora me

 

sonríe. Encuentro sola a la mujer, que será dócil a mis sugestiones; mis ojos, de tanta penetración dotados,

 

no alcanzan a ver a su esposo, de cuya superior inteligencia es bien que me recate, porque su fuerza, su a l -

 

tivo denuedo y sus heroicos miembros, aunque formados de deleznable tierra, le hacen un competidor t e -

 

mible. El además es invulnerable, y yo no; que a tal bajeza me ha traído el infierno, y tanto me han hecho

 

mis dolores desmerecer de lo que era en el cielo. Y ¡qué hermosa, qué divina creación es la mujer! ¡Cuán

 

digna es del amor de los dioses, y cuán poco terrible; por más que sean terribles el amor y la hermosura

 

cuando no son objeto de un odio más poderoso aún, doblemente poderoso si sabe encubrirse con la máscara

 

del amor! Esto, que ha de perderla, voy a intentar ahora.»

 

Y con esta resolución, el enemigo del género humano introducido en el cuerpo de la serpiente (¡fatal co n -

 

sorcio!), se dirigió hacia Eva, no arrastrándose por tierra y enroscándose en sí misma, como después lo h i -

 

zo, sino enhiesta sobre su cola, base circular de múltiples anillos que se elevaban unos sobre otros, y que

 

creciendo cada vez más, formaban con sus escamosos pliegues un confuso laberinto. Erguía su cabeza c o -

 

ronada por una cresta; brillaban sus ojos como dos carbunclos; y alzando entre espirales círculos su cuello

 

con mil vistosos cambiantes de verde y oro, mecíase el resto de su cuerpo sobre la hierba. Nada más bella y

 

 

 

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graciosa que su figura. Jamás se conocieron serpientes tan seductoras, ni las que en lliria transformaron a

 

Hermione y Cadmo, ni aquella en que se convirtió el dios adorado de Epidauro, ni las que dieron su forma

 

a Júpiter, Ammón o a Júpiter Capitolino, unida la una a Olimpia, la otra a la que fue madre de Escipión,

 

gloria de Roma.

 

Movióse primero torcidamente, como el que acercándose a otro por temor de importunarle, se vale de r o -

 

deos; como el diestro piloto que al llegar con su nave a la corriente de un promontorio, inclina a un lado y

 

otro el timón, y cambia las velas según el viento. Así variaba la Serpiente de dirección, y con sus tortuosas

 

posturas y estudiados ademanes procuraba atraerse las miradas de Eva. pero distraída ésta en su quehacer,

 

aunque oía el movimiento de las hojas, no prestaba atención al ruido, acostumbrada como estaba al jugu e -

 

teo que por el campo traían en su presencia todos los animales más dóciles a su mandato que a la voz de

 

Circe su rebaño transfigurado.

 

Más confiada ya la Serpiente, púsose delante de ella, sin esperar a que la llamase, y quedó inmóvil de

 

admiración; inclinó repetidas veces su prominente cresta y su esmaltado y brillante cuello con sumisión c a -

 

riñosa, lamiendo la tierra en que había fijado Eva su planta, hasta que tantas mudas demostraciones cons i -

 

guieron por fin su efecto; y satisfecho Satán de haber llamado su atención, valiéndose de la lengua de la

 

serpiente, o por un mero impulso del aire en que iba envuelta su voz, comenzó con insinuante astucia a

 

tentarla así:

 

«No te maravilles de mí, reina del universo, cuando tú eres aquí la única maravilla. No me rechacen con

 

desdén esos ojos, que son todo un cielo de dulzura, ni te ofendas de que yo me acerque a ti y no me sacie de

 

contemplarte, que yo solo soy, yo solo, el que no se ha dejado intimidar por tu majestuoso aspecto, más

 

majestuoso ahora en la soledad. ¡Oh imagen, la más perfecta de tu perfecto Hacedor! Todos los seres v i -

 

vientes se recrean en ti, gloríanse de ser tuyos, y adoran enajenados tu celestial hermosura, cuyo poder es

 

mayor a medida que es objeto de admiración más universal. Y, ¡estar encerrada aquí en este recinto agreste,

 

en medio de salvajes brutos incapaces de contemplarte, incapaces de apreciar todo lo bella que eres, a e x -

 

cepción de un hombre que te acompaña! Y, ¿por qué ha de ser uno solo, cuando merecerías ser tenida por

 

diosa entre los dioses y adorada y servida por multitud de ángeles que a todas horas te rodeasen?»

 

Con tan lisonjeras palabras dio principio a su discurso el Tentador, y halló desde luego cabida en Eva;